Bin Laden ha…ganado

Para Platón, el ser humano consta de tres almas [1], el alma racional (que posee prudencia y sabiduría), el alma irascible (que tiene las cualidades propias del guerrero) y el alma concupiscible (que dota del gusto por el placer). En los últimos días tengo una lucha entre mis almas racional e irascible, y ya que según Platón debe ser la primera la que domine a las demás para alcanzar la salud del alma, esta batalla no durará mucho. Sin embargo, quiero darle una oportunidad al alma irascible para que exprese sus argumentos.

Cuando me enteré de la muerte, asesinato o ejecución de Bin Laden, mi reacción inmediata no fue alegría, ni tristeza, ni indignación, sino que fue una sensación agridulce que enseguida se convirtió en decepción, en una frase “¿Y esto no podían haberlo hecho antes? ¿Han tenido que esperar y que murieran 40.000 personas en Afganistán?“ [2]. Lógicamente mi alma racional saltó de inmediato, defendiendo con indignación las tesis de la izquierda europea y de la mayor parte de la gente que me rodea: “Esto es un asesinato extrajudicial y es intolerable“. No obstante me duró poco la indignación, sobre todo porque no era nada nuevo, sabía que EE.UU. mataría a Bin Laden en cuanto lo tuviera a tiro, a estas alturas se van a andar con “chiquitas”. Ya que la indignación de los snobs europeos no le afecta lo más mínimo al gran Imperio, ¿para qué perder el tiempo? Y menos “defendiendo“ (como abogado defensor) a un ser como Bin Laden. Ahí es donde entra el alma irascible y partir de ahora es ella la que habla.

“Justice has been done” repite una y otra vez el jefe mundial. ¿Justicia? En esta ejecución yo veo de todo menos justicia. Un tiro en la cabeza es el mejor regalo que le podían haber hecho a este señor ante la muerte. No entiendo de legalidad internacional, pero si se hubiera dado el caso de que hubiese sido juzgado y condenado en EEUU, además de una agónica espera le habría tocado una muerte mucho más terrible, ¡lo que darían los condenados a muerte por inyección letal (asfixia agonizante) [3], por silla eléctrica (indescriptible dolor) o por horca (¿tendré la suerte de romperme el cuello?) por un misericordioso tiro en la cabeza! Osama se ha ido a su “paraíso“ como mártir, pero un mártir no sufriente, no ha tenido que padecer los tormentos que se han llevado a cabo sobre las casi 800 personas en la prisión de Guantánamo [4] después del 11-S. No señor, en esta operación parece que ha sufrido más la persona que supuestamente reveló su paradero después de ser sometida a tortura que el propio ejecutado.
Pero no me malinterpreten, no defiendo la fría y calculadora pena de muerte precedida por una terrible espera en EE.UU. y en otros 24 países del mundo [5]. Sin embargo, dudo que fuese justo que Osama Bin Laden siguiera vivo. Vivo, cobarde y soberbio.

Se ha comentado mucho que esta acción ha sido una venganza, un ojo por ojo. Personalmente creo que de ojo por ojo no tiene nada, no se puede comparar la magnitud del sufrimiento y maldad que esta figura ha sembrado en el mundo con el trato que ha recibido. Para que estuviera igualado habría que haber cogido a este señor, llevarle a algún país de Occidente de los que ha atacado, donde se sintiera “a salvo“ en su rutina diaria, con una familia (una de verdad, nada de acumular mujeres como mercancía), pero no una cualquiera, piensen en sus propias familias y en el afecto que les tienen, démosle una familia así. Que tuviera un trabajo en el que no hiciera daño a nadie, con sus aspiraciones en la vida, con sus problemas y con sus infinitas ganas de terminar el día y reunirse con los suyos. A continuación sometamos al sujeto a una situación como la del 11-S. Que quede inevitable e inmerecidamente atrapado, ya sea en un avión secuestrado, en su propia oficina o en un tren. Pongámosle en las situaciones extremas que tuvieron que vivir todas las víctimas: que se vea enfrentado a una muerte inmediata e inevitable, que tenga que despedirse de sus familiares por teléfono (en el mejor de los casos), que tenga que tomar la dura decisión de saltar por la ventana para evitar una muerte por asfixia o calcinación, que muera aplastado por los escombros, que su cuerpo quede desmembrado por una explosión. Y todo eso mientras al otro lado del mundo cuatro lunáticos se parten de risa viendo la televisión, contentos de su gran hazaña, de su golpe contra el capitalismo y contra el imperio de Occidente. Hasta que no fuera sometido a todo eso, el daño no estaría igualado.

Pero vayamos más allá, terminado el primer juicio el señor Bin Laden tiene otra causa pendiente: Afganistán. La macabra generalización de la clase que tiene que ser castigada por las tonterías del payaso de turno. En este caso 40.000 personas, se dice pronto. Si bien es cierto que no fue su mano la responsable directa de esas muertes y que al perecer esta operación estaba planeada mucho antes del 11-S, no cabe duda que el atentado le proporcionó a EEUU la excusa perfecta y el respaldo nacional e internacional que necesitaba.

Si después de todo esto, de hacerle consciente de todo el daño que ha hecho, de que los puntitos negros que ha matado desde las alturas de su noria no son tales [6], que son personas como usted, si después de todo no muestra un ápice de remordimiento o arrepentimiento, lo siento señor Bin Laden pero no es usted humano y por lo tanto no merece que se le trate como tal. Pero no se preocupe, ha tenido suerte, se le ha sacrificado como a un animal y eso es más de lo que mucha gente podría desear. Enhorabuena, ha ganado.

Referencias

[1] Platón, República, 580e                       
http://www.e-torredebabel.com/Historia-de-la-filosofia/Filosofiagriega/Platon/Alma.htm

[2] Guerra de Afganistán
http://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_en_Afganistán_(2001-presente)

[3] Inyección Letal
http://www.elpais.com/articulo/internacional/34/minutos/agonia/inyeccion/letal/elpepuint/20061214elpepuint_17/Tes
Asfixia química:
http://youtu.be/3l17e6oELl0

[4] Guantánamo en cifras
http://www.es.amnesty.org/contra-terror-justicia/eeuu-y-la-guerra-contra-el-terror/guantanamo-en-cifras/

[5] Países con pena de muerte
http://www.es.amnesty.org/temas/pena-de-muerte/el-largo-camino-hacia-la-abolicion-global/

[6] Escena de la noria de El Tercer Hombre
http://www.uhu.es/cine.educacion/cineyeducacion/analizarguion.htm

Homo corbatus

Cuando hablamos de crisis económicas, desigualdades sociales, gente viviendo en la calle y derivados, a muchos nos viene a la cabeza que los responsables de todo pertenecen a una raza distinta de la nuestra: el “homo corbatus”, una especie resultado de una macabra mutación genética, con traje y corbata pero sin escrúpulos, que sólo piensa en engordar su bolsillo y no le importa enviar a la miseria unas cuantas familias con tal de cobrar las primas multimillonarias de rigor.

Quizá nos hayan afectado demasiado el cine de acción y aventuras para todos los cocientes intelectuales, en el que los buenos somos muy buenos y los malos son manifiestamente malos, no se vaya el espectador a confundir y cogerle manía al personaje equivocado.

Siempre farfullamos sobre esos “ricos” que se llevan nuestro dinero y nos tienen siempre en el hoyo, pero la verdad es que no es blanco y negro, ricos y pobres. Es más tirando a gris. La cuestión es que el clasismo que le otorgamos a los distintos puestos laborales a través de las (excesivas) diferencias salariales se traduce inevitablemente en un clasismo dentro de nuestra sociedad. Todos soñamos con acabar trabajando en algo que nos permita una vida cómoda al menos, pero al mismo tiempo existen muchos empleos que son muy necesarios y que, sin embargo, son considerados de más baja categoría y tienen sueldos bastante más bajos que los primeros. Por ejemplo, empleados de la limpieza, cajeros de supermercado o camareros frente a jueces, diputados o controladores aéreos. Por no hablar de presidentes de grandes empresas: el presidente (CEO) de Walmart gana en sólo una hora lo que un nuevo empleado en una de sus tiendas gana en un año [1]. En España al menos, este desequilibrio genera una sobre-saturación de la enseñanza superior, ya que todo el mundo quiere un título para acceder a un trabajo más digno, pero realmente no parece haber trabajo aquí para tantos titulados (así que emigra a otro país).

¿Son los responsables de este clasismo salarial los grandes banqueros, los engreídos políticos? Yo creo que más bien es algo que está inscrito y asimilado por nuestra sociedad. ¿Somos responsables? Desde luego somos cómplices. ¿Somos culpables? No sé. ¿Acaso existen otras formas de estimular a la gente para que estudie, haga bien su trabajo y asuma posiciones de responsabilidad sin ponerle billetes delante, dentro de una sociedad capitalista?

[1] Walmart CEO Pay: More in an Hour Than Workers Get All Year?, Alice Gomstyn, July 2nd 2010, ABCNews. http://abcnews.go.com/Business/walmart-ceo-pay-hour-workers-year/story?id=11067470

La cultura de lo gratuito

Vivimos en una época en la que estamos acostumbrados a que casi cualquier canción, o película, o capítulo de una serie la podemos obtener y disfrutar por un precio virtualmente nulo, y además sin movernos de casa. Y a los que descargamos y compartimos nos gusta este estatus quo, independientemente de legalidades y Leyes Sinde. Si hoy lo tenemos gratis, mañana no vamos a querer tener que pagar por lo mismo.

Echando el ancla al fondo

Una de las claves está en lo que el estudioso de la “economía conductual” Dan Ariely denomina “ancla” [1]. Eso que nos enseñan en el cole de que los precios están regidos por la ley de la oferta y la demanda es mitad mentira hoy en día. Cuando un tipo de producto sale al mercado, su precio inicial se queda “anclado” en la mente de los consumidores por un tiempo y afecta al valor que el consumidor otorga a ese producto. Y da un poco igual si hay mucho o poco, o si hay mucha más gente que lo quiere: si el café del Starbucks cuesta una verdadera pasta, será porque está más bueno que el de una cafetería normal, ¿no?

Pero es que, además, el ancla del GRATIS tiene mucho poder. En su libro Predictably Irrational [1], Dan Ariely presenta varios experimentos en los que se observa como las personas evaluan los pros y los contras de productos con distintos precios, pero si hay una opción que es GRATIS, escogen mayoritariamente esa, sin pensar demasiado en si realmente es la más provechosa.

¿Tan fuerte es el ancla del GRATIS? Un caso curioso es el del pack de juegos The Humble Bundle. Para los que no lo sepan, The Humble Indie Bundle es un conjunto de juegos alternativillos que se podía comprar a un precio variable fijado por el consumidor, desde 0.01$ hasta lo que uno quisiese. Sorprendentemente, a pesar de que se podía pagar algo tan mísero como un penique para tener acceso a los juegos de buenas, había gente que publicaba los códigos de acceso a los juegos en foros. De entre las razones que se discuten en el estudio que hizo la distribuidora sobre la piratería de su producto [2], yo me quedo con la de que la gente es simplemente vaga y prefiere pulsar un enlace directo en un mensaje antes que pararse a teclear el número de su tarjeta bancaria o sucedáneos. Para paliar este problema vagoncio, las tiendas digitales populares como Amazon tienen un sistema para poder comprar con sólo un par de clics, de forma que no tienes mucho tiempo para pensarte dos veces si realmente quieres ese libro o no.

Otra razón podría ser el llamado “evitar tener que arrepentirse”, prima hermana del “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Si te bajas un juego o una peli gratis y luego no te gusta, no pasa nada, era gratis. Pero si pagas por ello, aunque sea un céntimo, y no te gusta o no funciona, te cabreas. Por esto mismo pienso que un servicio de pelis on-line sólo triunfará realmente si ofrece tarifas planas, porque si no la gente no se quitará el miedo a ver pelis una detrás de otra sin temor a sentirse mal por pagar por algo que ha acabado decepcionándoles.

Mejor que gratis

Estamos entrenados para no desembolsar un euro más si no es para conseguir un valor añadido claro. Lo contrario se considera una cagada nuestra, o una estafa del vendedor. Si puedo escuchar la música de Jamendo sin pagarla, ¿para qué donar dinero al artista? ¿No es esto una especie de mendicidad, donde uno ofrece su trabajo gratis y pide unas moneditas, por favor?

¿Pero qué puede tener mejor relación calidad/precio que la infinita de algo gratuito? Cuentan que el fundador del Starbucks Coffee, Howard Shultz, consiguió que la gente se gastase mucho más dinero en el café “redefiniendo” la experiencia de tomar café, consiguiendo que sus cafeterías fuesen distintas al resto, con cafés de aspecto exótico y ambiente modernillo. Transportado a nuestro contexto, consistiría en crear un nuevo tipo de producto del que la gente aún no tenga “ancla” y sea visiblemente mejor que la alternativa gratuita. Como ejemplo canónico, Spotify con su versión gratuita financiada por publicidad, y la de pago sin.

Señores de la industria del cine: bajarse películas por Internet, buscar los subtítulos y toda la pesca es un rollo y está lleno de publicidad pesada. En vez de impulsar leyes que hagan que los espectadores les miren con mala cara, ayuden a que el Spotify de las películas levante vuelo. Ya verán como les va mucho mejor.

Referencias

[1] Predictably Irrational, Dan Ariely, 2008, Harper Collins.
[2] Saving a penny — pirating the Humble Indie Bundle, Mayo 2010, Wolfire Blog,

¿Libertad individual?

Muchas han sido las reacciones de la población en contra de la nueva medida del Gobierno Español de bajar la velocidad máxima permitida en autovías y autopistas de 120 a 110 km/h. Hay quien dice que esa medida no ahorra combustible (que es precisamente el objetivo de la medida) y la verdad es que si sólo atendemos a la explicación de Rubalcaba nadie podría culparnos por pensar eso. Personalmente no me parece mal este escepticismo, al fin y al cabo haremos bien no fiándonos de todo (o nada de) lo que dicen los políticos y los medios de comunicación sobre un tema del que no son expertos (las risas que nos echamos en casa con los titulares sobre descubrimientos en ciencia y salud…). Sin embargo, la gran mayoría de nosotros tampoco lo somos, así que convendría investigar un poco antes de imponer nuestra lógica de andar por casa, buscando qué opina el Instituto para la Diversificación y el Ahorro de la Energía (IDEA) sobre el ahorro de combustible y emisiones de CO2, para comprobar que efectivamente se prevee un ahorro de en torno al 3% [1]. Otra cosa es que no creamos que el ahorro sea suficiente o que el beneficio económico que pueda producir no compense las posibles incomodidades personales que cada uno sufrirá por rebajar un poquito la velocidad.

Hay otros muchos argumentos en contra, la mayoría con motivación política, en lo cual no me meto, pues ya conocemos todos las reglas del juego. Sin embargo, hay un argumento que me irrita especialmente, y por lo visto también a columnista de Público Isaac Rosa [2] : “Esta medida atenta contra mi libertad individual de ir a la velocidad que me de la gana“. Resulta extrañamente familiar, ¿verdad? Algo así como “A mí no me gusta que me digan no puede ir usted a más de tanta velocidad, no puede usted comer hamburguesas de tanto, debe usted evitar esto y además a usted le prohíbo beber vino. […] Las copas de vino que yo tengo o no tengo que beber déjame que las beba tranquilamente”. Perlita pronunciada por el señor Aznar hace unos 4 años [3]. Y con personajes como este así nos va, que hasta hace bien poco teníamos el dudoso honor de ser el primer país del mundo en donación de órganos gracias a la cantidad de muertes en carretera [4].

Yo me pregunto, ¿y a santo de qué nos creemos que tenemos ese derecho? Sólo porque nos hayamos comprado un coche que corre a 240 y que con impuestos y peajes financiemos las autopistas por la que conducimos, ¿tenemos derecho a ir a la velocidad que nos venga en gana? ¿A poner en peligro vidas humanas y a despilfarrar recursos? ¿En serio nos creemos que por haber pagado ese dinero tenemos más derechos? Pues no señor, el dinero podrá comprar privilegios, pero no derechos y desde luego no debería eximir de obligaciones. Por el simple hecho de vivir en sociedad estamos obligados a cumplir ciertas normas, por el bien común y para una buena convivencia. Si alguien no quiere cumplir con sus obligaciones, que renuncie a sus derechos y privilegios, y con esto me refiero a cosas tan básicas como entrar en un supermercado y comprar un paquete de pasta por 40 céntimos. Este hecho tan cotidiano no sería posible si no viviésemos en sociedad. ¿Creemos realmente que nuestros 40 céntimos están pagando el cultivo del cereal, la manufacturación y el transporte del producto? Really? Pues no estaría mal echarle un ojo a “The Story of Stuff“ [6].

Hay quien ha comparado esta medida con la situación en Cuba, totalmente fuera de lugar, pero sin embargo sí que se podría encontrar una analogía, pero no en la represión sino en la mala comunicación. Estoy pensando en la célebre bloguera cubana Yoani Sánchez [5] y un post que escribió en el que contaba cómo las autoridades habían entrado en su casa para quitar todas las bombillas incandescentes para sustituirlas por bombillas de bajo consumo. Ella, indignadísima, y en un acto de resistencia, se había guardado una bombilla para ponerla cuando quisiera, para disfrutar de su derecho a leer con una „luz bonita“. Ejemplo de lo que se obtiene cuando se impone una medida completamente justificada y lógica pero sin ninguna explicación: un rechazo absurdo.

Si en Cuba sufren de una extremada limitación de la libertad individual, en los países capitalistas pecamos de un ilusorio exceso de ella. Se nos ha creado la ilusión de que sólo por tener dinero, por pagar, tenemos derecho a cualquier cosa, que el dinero puede comprarlo todo. Esta ley de la selva pone como valor supremo la libertad individual, defendida por partidos como P-Lib [7]. Esto es muy tentador, pero en mi opinión, insostenible para la vida en comunidad. Si “mi libertad acaba donde empieza la de los demás“, ¿cómo fijar ese límite? Hay que encontrar un equilibrio entre libertad individual y compromiso con la sociedad, pero no es tarea fácil. Esta apología de la libertad individual por delante de todo nos conduce a un egoísmo exagerado y nos hace olvidar los más fundamentales valores de la vida en comunidad, y ¿por qué no decirlo?, el amor al prójimo.
¿Que por qué hay que amar al prójimo? Pues, ¿no se vive mejor? ¿No es mucho mejor que el funcionario de turno nos atienda con amabilidad en cada una de las etapas del mar de burocracia? ¿No es mejor que el señor frutero nos dé los buenos días y nos recomiende las fresas más jugosas? No es por ir al cielo, no porque lo dijera (o no) Cristo, sino simplemente porque se vive mejor, se vive mejor si entras en un bar y el de al lado no te echa el humo en la cara, se vive mejor si el aire de tu ciudad no está contaminado, se vive mejor si del ahorro de hoy nos beneficiamos mañana, se vive mejor si la sociedad entera no tiene que pagar el precio de tu libertad individual.

Referencias

[1] http://www.escolar.net/MT/archives/2011/02/%C2%BFcuanto-se-ahorra-con-los-110-kmh.html

[2] http://blogs.publico.es/trabajarcansa/2011/03/06/ahorrar-energia-es-cosa-de-pobres/

[3] http://www.elpais.com/articulo/espana/Aznar/Dejame/beba/tranquilamente/elpepuesp/20070503elpepunac_17/Tes

[4] http://www.publico.es/detalle-imagen/355662/?c=http://www.publico.es/ciencias/355662/la-tasa-de-donantes-desciende-al-nivel-de-2001

[5] http://www.desdecuba.com/generaciony/

[6] http://www.youtube.com/watch?v=LgZY78uwvxk

[7] http://www.p-lib.es/ideas-politicas/marco-ideologico/

La paradoja de la nación libre

Un viejo amigo solía decirme en las tardes marinadas en cerveza, que por aquel entonces eran típicas de los viernes, que algún día daría un golpe de estado. La frase solía estar precedida de alguna discusión amigable sobre los problemas políticos a los que se enfrentaba la sociedad. Cada viernes un problema. Él siempre decía que su sueño era tomar el control del país, poner las cosas en su sitio, despedir a las injusticias y, una vez todo estuviera en orden, restablecer la democracia. Este artículo se propone exponer la tesis de que un incremento en la justicia social va casi siempre acompañado de una merma de las libertades individuales de cada uno. Y viceversa. No es tanto una demostración lo que pretendo reflejar en estas líneas, como el germen de un pensamiento que cada uno puede desarrollar por su cuenta a posteriori.

Nuestro punto de partida debería ser la propia representación de la justicia local, el código civil. En una sociedad democrática, el concepto de código civil (sea cual sea la realidad a la que al final se someta el proceso) es autorestrictivo. Una serie de normas que la propia sociedad se impone a sí misma para definir y defender un cierto concepto de justicia. Yo me comprometo a robar si tu no robas. La sociedad en su conjunto cede su libertad de robar impunemente a cambio de la seguridad (o la justicia) de que no le roben a uno.

En la mayor parte de las leyes estamos todos de acuerdo, vienen definidas por nuestra cultura y nuestra historia. Cuando los ciudadanos no coinciden en si una ley es o no positiva, se pone en marcha la maquinaria de la democracia representativa. El resultado final es análogo. Yo consiento en no fumar en los restaurantes, a cambio de que tú no puedas exhibir en público símbolos que hagan apología del nazismo. Yo restrinjo mi libertad a cambio de que tú restrinjas la tuya, y podamos vivir en una sociedad más apacible.

Aunque les falte profundidad, y no sean más que simplificaciones de una realidad mucho más compleja, estos dos ejemplos ilustran lo que quiero decir al escribir que el código civil es, por definición, un gran opresor de las libertades individuales. Cada ley concebida para protegernos y hacer del mundo un lugar más justo, se come un poquito de nuestra libertad. También hay leyes que garantizan la libertad de todos los habitantes, pero forman parte del espectro del código en el que todos estamos de acuerdo.

En estos tiempos en los que nos ha tocado vivir, en los que el populismo pisa con desdén al diálogo político, la estrategia favorita de la oposición (sea cual sea en cada caso) es acusar a la ley de representar una merma significativa de las libertades individuales. Tenemos que darnos cuenta de que la mayor parte de las veces es verdad, aunque eso no signifique que el argumento sea válido. Por ejemplo, todos entendemos que es razonable que no se pueda cagar en medio de la calle. Eso no significa que, al imponer la ley, no estemos sufriendo una merma de nuestra libertad individual.

Tampoco me parece válida la respuesta maestra a este tipo de ataques: “tu libertad acaba donde empieza la del vecino”. Hay que matizar un poco el verdadero significado de la palabra libertad. Decir que alguien “tiene la libertad de pasear por la calle sin encontrarse defecaciones humanas” es un artificio, y hay que darse cuenta de ello. Que a la gente le dé por llenar la calle de mierda no implica que el ciudadano corriente esté perdiendo la libertad de ver las aceras en su esplendor, significa que está perdiendo la posibilidad. Esta diferencia entre posibilidad (o derecho) y libertad es crucial para comprender el debate político general. Cuando el fumador discute con el no-fumador sobre la posibilidad de fumar en los bares, el primero está exigiendo una libertad, la de fumar, y el otro un derecho, el de no respirar humo. Creo que es razonable reformular la frase hecha más famosa del mundo, y decir, con más conocimiento de causa, que “nuestra libertad acaba donde comienzan los derechos del vecino”.

Por eso creo que debemos cuidar los argumentos que utilizamos para defender nuestras convicciones. Casi cualquier medida polémica que tome un estado va a suponer una reducción de las libertades individuales a cambio de defender los derechos de un cierto sector de la población. Defender u oponerse a la medida en base a cualquiera de esas dos cosas es hablar obviedades. La argumentación no comienza hasta que explicamos por qué el incremento del derecho es preferible a la merma de la libertad, o viceversa. Podemos por ejemplo decir que no se está coartando tanto la libertad del fumador, frente al aumento de calidad de vida de los no fumadores; o que el derecho que adquiere el no fumador es desproporcionado en comparación con la merma de libertad que sufre el fumador. Naturalmente las cosas hay que argumentarlas, pero ese ya es otro tema. También habría que discutir hasta qué punto es razonable defender una convicción, sin planteársela seriamente antes. Así que, limitémonos a lo que estamos diciendo.

Con este lenguaje podemos intentar abordar por encima uno de los problemas clave de los Estados Unidos de América, y entender mejor sus argumentos, antes de criticarlos. Entre la justicia y la libertad arrancan los problemas entre el socialismo moderno y el capitalismo. El capitalismo puro centra su interés en las libertades individuales, mientras que el socialismo moderno avoca en pro de los derechos. Por eso, tenemos que comprender la reacción en contra del sistema de sanidad público de los Estados Unidos como una declaración máxima de libertad. Una libertad extraña para nosotros, pero que en su contexto cultural es importante. A parte de los intereses económicos y políticos que ensucian el capitalismo ideal que estoy usando como ejemplo, hay que tratar de ver el matiz ideológico de preferir utilizar tu dinero como desees, antes de tener garantizada la asistencia médica.

Volvamos a la visión general de las cosas. Estaremos todos de acuerdo en que tanto la justicia como la libertad individual son componentes necesarias en un estado moderno. El problema radica en que es imposible desarrollar una de ellas al máximo sin pisarle la cabeza a la otra.

La justicia plena corresponde a una dictadura razonable, una dictadura ilustrada. Un consejo de sabios que analizan cada línea del código penal para maximizar las oportunidades de cada individuo. Un buen ejemplo es el comunismo cubano. En pro de construir un estado perfecto, se debe garantizar la supervisión de una mente organizadora, un líder que encamine los pasos hacia adelante. La base de cualquier revolución comunista es el líder constructor, que abandona el poder y libera a su pueblo cuando considera que su trabajo está ya hecho. Este proceso, por razones obvias, no tiene fin. La perfección es utópica, y siempre se puede afinar un poquito más. Mientras tanto, se restringen al máximo las libertades de los habitantes, para garantizar que no exista una segunda revolución que pise a la primera.

La libertad, como máximo principio social, equivale a un anarquismo puro. Cada individuo es responsable de sí mismo y lucha por su pan de cada día. El sistema no garantiza nada, y no pide nada. Por eso no se entiende que algunas personas de derechas, poco ilustradas, comparen y agrupen a los comunistas con los anarquistas, tribus contrarias desde la máxima profundidad de su existencia.

Sólo nos queda ir sacrificando lo mínimo posible cada una de las dos almas de la humanidad, hasta encontrar un equilibrio que nos satisfaga a todos. Por eso, construimos nuestras democracias bajo la tutela de la mesura. El estado moderno ha madurado lo suficiente para entender que no se puede extender una justicia plena y garantizar la libertad de los individuos al mismo tiempo. Elegir qué debe primar en cada caso, y cómo minimizar los daños, es sin duda un trabajo oscuro y complejo.

Por eso debe extrañarnos que, en medio de esta tenebrosa inseguridad, se planifiquen leyes que coartan nuestra libertad sin ofrecernos un claro avance en la justicia de los hombres. Me he prometido a mi mismo no entrar en temas de actualidad demasiado polémicos, porque estoy intentando desarrollar una herramienta para juzgar la realidad, y una herramienta usada siempre funciona peor. Por eso animo al lector a plantearse qué leyes se están aprobando por motivos exclusivamente ideológicos.

Es histórica ya esta rivalidad entre la justicia y la libertad. El encanto de comprender que son rivales es otra de las sorpresas que nos da, de cuando en cuando, la mesura. La belleza de nuestros estados modernos es que han aprendido con la historia que casi todos los razonamientos absolutos están condenados a la extinción. En un mundo sin valores palpables, más allá de los creados por y para uno mismo, la realidad política tiene que tender siempre a valores medios, y a no entregarse nunca con pasión a un único ideal.

¿Monopolio moral?

Parece que queda lejos la controversia por el establecimiento de la asignatura de Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos (o EpC), allá por el 2006. Según el Real Decreto 1631/2006 por el que fue aprobada, esta asignatura «tiene como objetivo favorecer el desarrollo de personas libres e íntegras a través de la consolidación de la autoestima, la dignidad personal, la libertad y la responsabilidad y la formación de futuros ciudadanos con criterio propio, respetuosos, participativos y solidarios, que conozcan sus derechos, asuman sus deberes y desarrollen hábitos cívicos para que puedan ejercer la ciudadanía de forma eficaz y responsable.» A simple vista, nada podría ser menos controvertido que esta declaración de intenciones, ¿verdad? Sin embargo, todos sabemos cómo fue el debate previo y las consecuencias a largo plazo a medida que se fue implantando la asignatura.

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Planificación Encefalográmica Asistida

Por simplicidad, voy a restringirme a lo local, y a soltar, como el que no quiere la cosa, la siguiente barbaridad: ¡España se hunde!

¡No! ¡No son los catalanes! ¡Ni los gallegos! ¡Ni siquiera los vascos! Es la puta televisión. Bueno, no sólo. Pero pretender abarcar todos los factores que han podrido la estructura interna del pensamiento social es pasarse de listo. Describir, al menos, uno, no debería llevar más de medio artículo. ¡Así que allá vamos!
¡Espera, espera! ¡¿Y el otro medio artículo?! Las consecuencias, naturalmente. Ídem. Recorrer cada una de las consecuencias de nuestra actividad mental roce la línea recta es tan descabellado como absurdo. Además, muchas de ellas son de libre interpretación, y podríamos no estar de acuerdo en juzgarlas de forma positiva o negativa. Y no está el patio para más disgustos y desacuerdos. Me parece suficiente ejemplo el más grave de todos: la política. ¡Buf! ¡Y no querías enemistarte! Take it easy! Hay una cosa en la que sí estamos de acuerdo todos los españoles: la política en este país es una mierda. Con una actitud así, no debería desagradar a nadie… ¡por el momento!

¡Al tajo! ¡Belén Esteban! No nos equivoquemos. Decir que “toda la televisión que ven los que no soy yo es una mierda” es patético, y en general, incorrecto. Pero no entremos en los lares de la discordia. Me parece más interesante comentar algo en lo que todos estamos de acuerdo: el declive. Es delicioso hablar de declives y malignidades crecientes, y en esta industria hay más carnaza que focos. Por poner un ejemplo creciente, ¿cómo puede ser que el único programa de informativos 24 horas de este país que no está subvencionado se haya transformado en… un Gran Hermano 24 horas? ¿Es que a nadie le extraña?

Oh, sí, muy extrañados. Incluso Buenafuente dijo algo sobre eso. Todo culpa de telecinco.

La televisión es un negocio. Los intereses de una compañía tan grande como telecinco no son puramente ideológicos. ¿Alguien se explica por qué pueden Los Simpsons arrojar ácido a los productores de la Fox sin salir cancelados? ¡DINERO! En España, salvo por la caspa, las cosas no funcionan de forma muy diferente. CNN+ lleva varios años sin ser un canal rentable, perdía pasta, como los coches de Vallecas. En realidad, era esperable que cerrara. Lo que impacta es más bien que, en lugar de un canal de noticias más telecinquesco, nos hayan plantado un Gran Hermano en toda la napia. Siguiendo el mismo razonamiento que antes, no le costará mucho imaginar al querido lector, que probablemente esa gente que parece tener tantas monedas haya hecho un estudio detallado sobre el tema, y haya decidido que estaba apostando por la opción más rentable. Más espectadores, en televisión, significa más dinero. Ya sabéis qué ve vuestro vecino antes de irse a dormir.

Este ejemplo es altamente generalizable. El programa ese de Sobera, el 50×15, no se convirtió en “El rival más débil” porque la televisión sea Satanás tridente en mano. Fue porque algún tipo listo pensó que, insultando a los concursantes, tendrían una mayor audiencia. Y tenía razón. Tanta que “El rival más débil” ha acabado convirtiéndose en un concurso en el que al que osa a participar le hacen preguntas comprometidas hasta que se aseguran de que su familia no va a hablarle jamás. Me han contado que el público se lo pasa de puta madre.

Tardes enteras de parrillas repletas de tertulias en las que la gente ha pasado de hablar sobre “cómo llevar una vida sana”, o de “qué niño tiene el perro más relindo”, a la vida privada de una elite del mal gusto que se lo pasa pipa con su trabajo, y aterrizando finalmente en la feliz morbosidad de los insultos y los tirones de pelo. La valoración del espectáculo es mayor cuantas más lágrimas furiosas escupa el invitado. El cinismo es garantía de éxito.

Entre tanto, cuanta más mierda le meten, más mierda el espectador quiere ver. Va transformando su apacible serenidad, y su amabilidad con los vecinos en una oscura mezquindad quejumbrosa, tal y como la televisión parece mostrar que es normal comportarse. Frente al torrente de falsas emociones y sentimientos violentos, la cultura y la música parecen paisajes aburridos. El ciclo de la televisión se completa. Ella nos nutre de alicientes destructivos, y nosotros a ella.

Al español ya no le brillan los ojos cuando, fruto del esfuerzo de toda una generación, un político electo sale hablando en la televisión. No puede competir con el hito periodista de la prensa rosa. Ha llovido mucho desde la transición. Los largos debates políticos y las innecesarias argumentaciones del congreso aburren al espectador. La política seria ya no satisface a nadie.

(Párrafo fabulado) El político, hombre ególatra por definición, se siente ignorado por el país que gobierna, y sólo puede hacer una cosa para recuperar la atención que le pertenece. Se vuelve estúpido. Se vuelve mezquino y arrogante. Adopta las tácticas de Mariñas. Convierte el insulto en su arma y relega a segundo plano las argumentaciones inteligentes, que finalmente, por desuso, deja de plantear. La oposición ya no puede permitirse trabajar hacia adelante en la construcción del país, ya sólo queda la réplica fácil y el criticismo. La palabra “populismo” resuena entre león y león en la carrera de San Jerónimo. Y cuidado, no es que los partidos políticos sean estúpidos. Es que los hemos estupidizado.

Pero ellos, a su vez, nos devuelven el favor. Igual que nadie quiere ver un partido de fútbol sin mostrarle simpatía a ningún equipo, ya que hay insultos en el congreso, el español medio se afilia virtualmente a uno de estos partidos. Como no hay argumentos, se sostiene la posición de forma totalmente irracional. Quizá un día puedas admitir que el portero del PSOE estuvo un poco flojo ese día. Pero es tu equipo y… ¡qué diablos! Y si lo hacen muy mal, te cambias de equipo, que para eso hay dos. Y estés donde estés, todo lo que haga el oponente es falta, y todo lo que diga Belén Esteban es música celestial. Y según dejamos de ser críticos con la política, más se estupidiza.

Y en algún día de Abril del 2012 uno de estos españoles medios recibe una carta del ayuntamiento. Es una confirmación del censo, en la que especifica dónde tiene que ir a votar. Y quizá este español medio, en un momento de lucidez, se olvide de la intoxicación mediática que le posee y se pare un momento a plantearse a quién va a votar. El fanatismo se desvanece por un momento y el español medio se queda solo ante el peligro intelectual. Y es terrible. Se da cuenta de que ya no hay salida, de que eso no va a salir bien. De que España se hunde. Y no es Al Qaeda, ni los vascos. Ni siquiera los catalanes. Al pobre español medio, abatido por la inmensidad de lo que se le viene encima, sólo se le ocurre una solución. Encender un rato la televisión, y desconectar un rato de esos pensamientos tan inquietantes.

Mientras tanto, las estadísticas dicen que hay más de cuatro millones de parados en España. El PIB per cápita ha disminuido un 4% en los últimos tres años Los precios han aumentando un 5.6%.

Menos mal que nos queda el Portugal.

Conectados

Seis de la tarde de un día cualquiera. Cuatro personas están sentadas en una habitación. Silencio, nadie habla. Todos están ensimismados, mirando a las pantallas de su ordenador portátil, tecleando. De vez en cuando alguien se levanta, va al baño y vuelve rápidamente a sentarse y agarrar su ordenador para continuar aporreando las teclas. No es la oficina de una consultora. Es mi casa y somos yo y mis compañeros de piso.

¿Te suena? Esta situación no es ni mucho menos rara. Cada vez la tecnología inunda más nuestras vidas y es difícil pensar que hoy alguien esté más de 24 horas sin mirar su email o su Facebook. Ya no pedimos el teléfono a las chicas que nos gustan, sino que las buscamos en las fotos de la fiesta y las añadimos a nuestra lista de amigos. Internet ha cambiado nuestra forma de comunicarnos pero, ¿cómo nos está afectando? ¿Estamos perdiendo facilidad para relacionarnos cara a cara?

Perdidos en el ciberespacio

Todos hemos caído alguna vez en tildar de “virtual” a lo que pasa en Internet. La percepción de que existe una dualidad virtual/real podía tener su tirón en el pasado, cuando empezaron a surgir los primeros mundos virtuales en Internet, donde uno creaba un avatar y construía su casa e interaccionaba con el resto de avatares; en definitiva, una especie de juego de rol por ordenador. Pero hoy en día hemos integrado la informática en nuestras relaciones sociales de tal forma que se ha convertido en una vía más de comunicación. Igual que nadie diría que llamar a una persona por teléfono es una relación virtual, no podemos pensar que escribir en el chat no es real. No sólo es que exista una estrecha relación entre el mundo virtual y real, sino que son el mismo [1]. Salvo casos contados, las personas con las que podemos chatear o enviarnos mensajes existen físicamente, y es precisamente este hecho el que da sentido a nuestras interacciones en la red.

Internet es simplemente otro medio de comunicación, una herramienta más y no un mundo cibernético virtual y paralelo pero, ¿cómo afecta esta tecnología a nuestras relaciones? Es evidente que no nos comportamos igual por Internet que cuando lo hacemos cara a cara. De hecho, lo verdaderamente extraño sería que si que fuese así: imaginad a alguien hablando al mismo ritmo que se escribe en los chats o que hablase contigo mientras ojea una revista, escucha una canción, discute con su madre y hace un trabajo para clase, todo al mismo tiempo. Pero esto no es algo nuevo; lo mismo pasa con las cartas, el teléfono o los SMS.

Hay varias cosas que hacen especialmente atractivas las herramientas de comunicación online. La primera es que se puede interactuar de una forma más cómoda, semi-instantáneamente: al chatear con una persona, el flujo de información es relativamente lento, de forma que puedes pensar bien lo que escribir, o incluso mirar en la Wikipedia dónde está ese país del que te están hablando (y así no quedar como un ignorante). No tienes que prestar toda tu atención a una sola cosa, a una sola persona, sino que se asume que estás haciendo varias cosas a la vez y, por lo tanto, puedes tardar un tiempo en responder y evitar tener que mantener el (quizá fingido) interés en la conversación, que por lo demás te da la (falsa) sensación de ser algo improvisado.

Para la gente algo tímida o a la que le cuesta mantener conversaciones con gente con la que no tiene mucha confianza, la comunicación por Internet es una gran ayuda en este sentido. Es algo parecido a lo que menciona Sherry Turkle en relación a los SMS y las llamadas telefónicas: “entonces pasó muy rápidamente que los adolescentes comenzaron a preferir enviar SMS en lugar de hablar por teléfono, ya que hablar supone demasiada información para ellos, demasiada tensión, demasiada incomodidad. Les gusta la idea de un medio de comunicación donde no exista esa incomodidad. Te marchas antes de que te rechacen” [2].

El precio que hay que pagar por evitar esta incomodidad es que la conversación pierde muchas veces en riqueza y cercanía. ¿Quién no ha tenido alguna vez problemas por un malentendido en un email o una conversación de chat? Hay que tener cuidado de no perder el norte y entender cuándo algo es mejor tratarlo cara a cara, como puede ser dejar a tu pareja.

Tienes un mensaje nuevo

El uso normal que hacemos de Internet implica una atención dividida. Cuando utilizamos el ordenador estamos sometidos a múltiples interrupciones y esto está mermando nuestra capacidad de focalizar nuestro pensamiento por un tiempo en una cosa única y, por lo tanto, profundizar en ella [3]. Los posts largos son difíciles de leer de un tirón sin comprobar tres o cuatro veces de forma compulsiva si tenemos emails nuevos o si han escrito algo en Facebook. Incluso podemos tener problemas para realizar una sola cosa a la vez sin estar conectados, como puede ser dibujar o incluso estudiar. Seguro que conocéis a alguien que estudia con el ordenador al lado con el Facebook o hasta el chat en la pantalla (y no le cunde una mierda, claro), y también a gente que dice que se va a la biblioteca a estudiar ya que en casa no se concentra porque tiene el ordenador. “La llamada del ordenador”, esta adicción a estar conectados con todo el mundo siempre, estar al tanto de lo último que ocurre en nuestro círculo social y más allá, esa sensación de poder inigualable.

Con la llegada de BlackBerrys, smartphones y demás tecnología móvil con conexión permanente esta adicción a la distracción se ha intensificado. He vivido la situación de estar con una persona comiendo y que ésta mirase su iPhone cada dos minutos para leer los tweets y los emails. Sherry Turkle entrevista a niños que se quejan de que sus padres no les escuchan muchas veces porque están ensimismados con su BlackBerry [2]. Hay gente que comprueba su iPhone hasta en entierros. ¿Realmente son tan importantes estos mensajes que necesitamos estar siempre conectados y alerta? ¿Tanto tenemos que decir?

Una experiencia más compartida de lo que creías

En Estados Unidos, Facebook ya gana a Google en número de visitas. El formato de Facebook es realmente eficaz, porque te permite de un vistazo saber qué tienes de nuevo tú personalmente y además las últimas cosas que han hecho tus amigos. Ese permitirnos acceder a los rincones “privados” de las personas sin tener que hablar con ellas y, sin que nadie se entere, sacia nuestra sed de cotilleo a la vez que nos sentimos conectados con los demás. No es raro saber que alguien ha cambiado de novio o que se ha ido de viaje sólo porque has visto sus fotos en Facebook. Es como el famoso cotilleo de los pueblos elevado a la enésima potencia.

Pero estos espacios “privados” no son algo construido exclusivamente por nosotros mismos, es muy complicado controlar realmente lo que sucede en tu pequeño rincón de Facebook porque se basa también en aquello que quieran poner los demás sobre ti, creando una dependencia entre los usuarios de permanecer activos y comentándose unos a otros.

Además, escribir sabiendo que casi todo el mundo podrá leerlo y además con un límite de caracteres afecta al contenido del mensaje. Escribimos simplificando nuestras ideas y con ganas de que mucha gente diga “me gusta” (aunque sea que has suspendido un examen). De hecho, para algunos ha dejado de ser una herramienta más de comunicación y se ha convertido algunas veces en un fin. Hay cosas hechas exclusivamente para ser colgadas. ¿Quién no ha oído expresiones como “foto tuenti”?

De todas formas, no hay que olvidar que Facebook es una base de información increíblemente poderosa. Gracias a su estrategia “win to win”, consistente en proporcionar información y vías de interacción con sus usuarios a terceras partes, cada vez es una plataforma más completa [4]. Puedes mostrar tus actualizaciones de fotolog, de tu blog, importar contactos o simplemente decir que te gusta una página web con un clic. Te ponen increíblemente fácil el volcar tu vida entera en tu muro. Y no olvides que todo lo que cuelgas deja de ser tuyo y queda almacenado. Incluso asusta un poco la primera vez que te conectas por las suposiciones cada vez más acertadas que el sistema hace de quienes son tus amigos. Aunque hayas intentado mantenerte aparte de Facebook, con sólo unas pequeñas pistas te sitúa perfectamente dentro de tu red social.

Por esto cada vez más gente tiene nombres no reales (o ligeramente modificados) dentro de estas redes para evitar ser fácilmente localizable, especialmente por empresas donde te gustaría trabajar. Eric Schmidt, CEO de Google, comentó hace casi un año en una entrevista [5] que piensa que en el futuro todos nos tendremos que cambiar el nombre después de la adolescencia para borrar las huellas que hayamos dejado en nuestro pasado, o no encontraremos trabajo. No tan relajado ni virtual como parecía, ¿verdad?

Referencias

[1] Ten Years of (Everyday) Life on the Screen: A Critical Re-reading of the Proposal of Sherry Turkle. Julio Meneses Naranjo.

[2] Entrevista a Sherry Turkle. PBS, Digital Nation.

[3] Is Google Making us Stupid? Nicholas Carr, The Atlantic

[4] La estrategia Win to Win de Facebook. Sociología y redes sociales.

[5] Google and the Search for the Future. Holman W. Jenkins Jr. The Wall Street Journal