La paradoja de la nación libre

Un viejo amigo solía decirme en las tardes marinadas en cerveza, que por aquel entonces eran típicas de los viernes, que algún día daría un golpe de estado. La frase solía estar precedida de alguna discusión amigable sobre los problemas políticos a los que se enfrentaba la sociedad. Cada viernes un problema. Él siempre decía que su sueño era tomar el control del país, poner las cosas en su sitio, despedir a las injusticias y, una vez todo estuviera en orden, restablecer la democracia. Este artículo se propone exponer la tesis de que un incremento en la justicia social va casi siempre acompañado de una merma de las libertades individuales de cada uno. Y viceversa. No es tanto una demostración lo que pretendo reflejar en estas líneas, como el germen de un pensamiento que cada uno puede desarrollar por su cuenta a posteriori.

Nuestro punto de partida debería ser la propia representación de la justicia local, el código civil. En una sociedad democrática, el concepto de código civil (sea cual sea la realidad a la que al final se someta el proceso) es autorestrictivo. Una serie de normas que la propia sociedad se impone a sí misma para definir y defender un cierto concepto de justicia. Yo me comprometo a robar si tu no robas. La sociedad en su conjunto cede su libertad de robar impunemente a cambio de la seguridad (o la justicia) de que no le roben a uno.

En la mayor parte de las leyes estamos todos de acuerdo, vienen definidas por nuestra cultura y nuestra historia. Cuando los ciudadanos no coinciden en si una ley es o no positiva, se pone en marcha la maquinaria de la democracia representativa. El resultado final es análogo. Yo consiento en no fumar en los restaurantes, a cambio de que tú no puedas exhibir en público símbolos que hagan apología del nazismo. Yo restrinjo mi libertad a cambio de que tú restrinjas la tuya, y podamos vivir en una sociedad más apacible.

Aunque les falte profundidad, y no sean más que simplificaciones de una realidad mucho más compleja, estos dos ejemplos ilustran lo que quiero decir al escribir que el código civil es, por definición, un gran opresor de las libertades individuales. Cada ley concebida para protegernos y hacer del mundo un lugar más justo, se come un poquito de nuestra libertad. También hay leyes que garantizan la libertad de todos los habitantes, pero forman parte del espectro del código en el que todos estamos de acuerdo.

En estos tiempos en los que nos ha tocado vivir, en los que el populismo pisa con desdén al diálogo político, la estrategia favorita de la oposición (sea cual sea en cada caso) es acusar a la ley de representar una merma significativa de las libertades individuales. Tenemos que darnos cuenta de que la mayor parte de las veces es verdad, aunque eso no signifique que el argumento sea válido. Por ejemplo, todos entendemos que es razonable que no se pueda cagar en medio de la calle. Eso no significa que, al imponer la ley, no estemos sufriendo una merma de nuestra libertad individual.

Tampoco me parece válida la respuesta maestra a este tipo de ataques: “tu libertad acaba donde empieza la del vecino”. Hay que matizar un poco el verdadero significado de la palabra libertad. Decir que alguien “tiene la libertad de pasear por la calle sin encontrarse defecaciones humanas” es un artificio, y hay que darse cuenta de ello. Que a la gente le dé por llenar la calle de mierda no implica que el ciudadano corriente esté perdiendo la libertad de ver las aceras en su esplendor, significa que está perdiendo la posibilidad. Esta diferencia entre posibilidad (o derecho) y libertad es crucial para comprender el debate político general. Cuando el fumador discute con el no-fumador sobre la posibilidad de fumar en los bares, el primero está exigiendo una libertad, la de fumar, y el otro un derecho, el de no respirar humo. Creo que es razonable reformular la frase hecha más famosa del mundo, y decir, con más conocimiento de causa, que “nuestra libertad acaba donde comienzan los derechos del vecino”.

Por eso creo que debemos cuidar los argumentos que utilizamos para defender nuestras convicciones. Casi cualquier medida polémica que tome un estado va a suponer una reducción de las libertades individuales a cambio de defender los derechos de un cierto sector de la población. Defender u oponerse a la medida en base a cualquiera de esas dos cosas es hablar obviedades. La argumentación no comienza hasta que explicamos por qué el incremento del derecho es preferible a la merma de la libertad, o viceversa. Podemos por ejemplo decir que no se está coartando tanto la libertad del fumador, frente al aumento de calidad de vida de los no fumadores; o que el derecho que adquiere el no fumador es desproporcionado en comparación con la merma de libertad que sufre el fumador. Naturalmente las cosas hay que argumentarlas, pero ese ya es otro tema. También habría que discutir hasta qué punto es razonable defender una convicción, sin planteársela seriamente antes. Así que, limitémonos a lo que estamos diciendo.

Con este lenguaje podemos intentar abordar por encima uno de los problemas clave de los Estados Unidos de América, y entender mejor sus argumentos, antes de criticarlos. Entre la justicia y la libertad arrancan los problemas entre el socialismo moderno y el capitalismo. El capitalismo puro centra su interés en las libertades individuales, mientras que el socialismo moderno avoca en pro de los derechos. Por eso, tenemos que comprender la reacción en contra del sistema de sanidad público de los Estados Unidos como una declaración máxima de libertad. Una libertad extraña para nosotros, pero que en su contexto cultural es importante. A parte de los intereses económicos y políticos que ensucian el capitalismo ideal que estoy usando como ejemplo, hay que tratar de ver el matiz ideológico de preferir utilizar tu dinero como desees, antes de tener garantizada la asistencia médica.

Volvamos a la visión general de las cosas. Estaremos todos de acuerdo en que tanto la justicia como la libertad individual son componentes necesarias en un estado moderno. El problema radica en que es imposible desarrollar una de ellas al máximo sin pisarle la cabeza a la otra.

La justicia plena corresponde a una dictadura razonable, una dictadura ilustrada. Un consejo de sabios que analizan cada línea del código penal para maximizar las oportunidades de cada individuo. Un buen ejemplo es el comunismo cubano. En pro de construir un estado perfecto, se debe garantizar la supervisión de una mente organizadora, un líder que encamine los pasos hacia adelante. La base de cualquier revolución comunista es el líder constructor, que abandona el poder y libera a su pueblo cuando considera que su trabajo está ya hecho. Este proceso, por razones obvias, no tiene fin. La perfección es utópica, y siempre se puede afinar un poquito más. Mientras tanto, se restringen al máximo las libertades de los habitantes, para garantizar que no exista una segunda revolución que pise a la primera.

La libertad, como máximo principio social, equivale a un anarquismo puro. Cada individuo es responsable de sí mismo y lucha por su pan de cada día. El sistema no garantiza nada, y no pide nada. Por eso no se entiende que algunas personas de derechas, poco ilustradas, comparen y agrupen a los comunistas con los anarquistas, tribus contrarias desde la máxima profundidad de su existencia.

Sólo nos queda ir sacrificando lo mínimo posible cada una de las dos almas de la humanidad, hasta encontrar un equilibrio que nos satisfaga a todos. Por eso, construimos nuestras democracias bajo la tutela de la mesura. El estado moderno ha madurado lo suficiente para entender que no se puede extender una justicia plena y garantizar la libertad de los individuos al mismo tiempo. Elegir qué debe primar en cada caso, y cómo minimizar los daños, es sin duda un trabajo oscuro y complejo.

Por eso debe extrañarnos que, en medio de esta tenebrosa inseguridad, se planifiquen leyes que coartan nuestra libertad sin ofrecernos un claro avance en la justicia de los hombres. Me he prometido a mi mismo no entrar en temas de actualidad demasiado polémicos, porque estoy intentando desarrollar una herramienta para juzgar la realidad, y una herramienta usada siempre funciona peor. Por eso animo al lector a plantearse qué leyes se están aprobando por motivos exclusivamente ideológicos.

Es histórica ya esta rivalidad entre la justicia y la libertad. El encanto de comprender que son rivales es otra de las sorpresas que nos da, de cuando en cuando, la mesura. La belleza de nuestros estados modernos es que han aprendido con la historia que casi todos los razonamientos absolutos están condenados a la extinción. En un mundo sin valores palpables, más allá de los creados por y para uno mismo, la realidad política tiene que tender siempre a valores medios, y a no entregarse nunca con pasión a un único ideal.

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