Roles de género y libertad sexual: hacia la abolición del género psicológico

Los roles de género son estereotipos que describen el comportamiento esperado de cualquier individuo perteneciente a uno de los dos grandes colectivos de la humanidad: los bosones y los fermiones. Los bosones son más fuertes y brutos que los fermiones. A los fermiones les gustan las muñecas y cocinar. A los bosones les gustan los deportes y los coches y llevan pantalones y el pelo corto. Los fermiones son coquetos, presumen de sus enormes melenas y verdaderamente les encantan los zapatos.

Todas estas tonterías irracionales están tan taladradas en nuestros pobritos cerebros que a veces es difícil pensar en un bosón vestido de rosa y un fermión vestido de azul. Digo que son tonterías porque no me parece que haya nada intrínsecamente femenino (en el sentido biológico) en vestir de color rosa. Las únicas diferencias intrínsecamente indiscutibles entre bosones y fermiones son de origen fisiológico. Algunas saltan a la vista, otras son más sutiles y sólo pueden observarse a base de microscopio. Pero no hay nada más allá de la fisiología que no haya sido impuesto por la cultura implacable en la que estamos sumergidos. La gran pregunta sobre los roles de género es, entonces, ¿qué parte del estereotipo cultural está basado en comportamientos reales derivados de las diferencias fisiológicas? ¿Tiene algo la testosterona que hace que a los bosones nos guste más el azul que el rosa, los deportes más que la peluquería, arreglar el tejado más que cocinar?

Puede que me equivoque, y la verdad es que no puedo ofrecer pruebas que respalden mi opinión, pero yo creo que no. Yo creo que, salvo una lista diminuta de pequeñas diferencias a nivel de comportamiento y que son sólo observables de forma local (por ejemplo, la testosterona impulsa a los bosones a ser competitivos durante cortos períodos de tiempo, pero el efecto es transitorio y el bosón recupera control sobre sus impulsos después de “un ratito” (existe un delta de té tal que…)). Por tanto me inclino a pensar que es nuestra cultura y no nuestra naturaleza intrínseca (y aquí hay que andar con cuidado, porque la cultura humana es, al fin y al cabo, el resultado de integrar nuestra naturaleza libre a lo largo del tiempo y de las circunstancias naturales del pasado; la distinción es, pues, importante no en cuanto a “qué es intrínsecamente humano” si no en cuanto a “de qué comportamientos y estereotipos podemos deshacernos si coartan nuestra libertad”) la que es responsable de la vasta mayoría del contenido de los roles de género. Puesto en palabras más analíticas, me parece que si un colectivo humano creciera completamente aislada de nuestros prejuicios de género, no observaríamos grandes diferencias entre el comportamiento, gustos o inclinaciones de bosones y fermiones (i.e. las diferencias entre los dos sexos no serían mayores que las diferencias entre individuos del mismo sexo). Por supuesto esta opinión, aunque controvérsica, no introduce nada nuevo. Y el propósito de este artículo no es intentar convencer a nadie de que los roles de género son los padres.

El propósito de este artículo es analizar la reformulación del género que se han llevado a cabo los colectivos que sí son partícipes de la opinión de que los comportamientos de género son una consecuencia de la herencia cultural. El fenómeno es un poco similar al período de relajación moral que sigue al nihilismo: una vez que nos damos cuenta de que los roles de género no nos definen como personas (es decir, que porque sea un bosón no tiene ni que gustarme el deporte ni el azul ni leches), tratamos de llenar el vacío de forma apresurada y fallamos a la hora de lavarnos el cráneo de unos prejuicios de género que siguen, aunque lo neguemos, taladrados en el fondo de nuestros hipotálamos. Y esa actitud dual del género-no-existe-pero-sí-existe es la que nos ha llevado, me parece a mí, a describir a humanos de formas tan grotescas (y perdón por la crudeza) como “un bosón en el cuerpo de un fermión”, o viceversa. Si los roles de género son un engendro cultural y prejuicioso, lo único que diferencia al bosón del fermión es el cuerpo, puesto que incluso las diferencias a nivel de comportamiento tienen un origen hormonal y por lo tanto fisiológico. Un fermión no puede estar, de ninguna de las maneras (a única excepción de los contadísimos casos en los que la fisiología no cae en ninguna de las dos categorías biológicas), en el cuerpo de un bosón: un fermión es fermión en tanto a que su cuerpo es un cuerpo de fermión y lo demás son pamplinas. Lo que realmente se quiere decir con que alguien es “un fermión en el cuerpo de un bosón” es que ese alguien es un bosón cuyos gustos, y/o preferencias, y/o actitudes, y/o sentimientos, están más cerca del estereotipo de fermión que del estereotipo de bosón. El abuso del lenguaje de la expresión “bosón en cuerpo de fermión” no hace más que reconfirmar el estereotipo irracional y dañino del que intentamos despegarnos. Esa misma dualidad se observaba en el comportamiento de (y todavía se observa en las expectativas hacia) los homosexuales en los años 80, que tendían a ser “afermionizados” si eran bosones y “maribosones” si eran fermiones. Comportamientos colectivos absurdos y estereotípicos que reflejan un abandono parcial (y no total) de los prejuicios de género. Roles que reemplazan a los viejos roles, y que sólo se disipan realmente cuando intentamos despegarnos de toda la influencia que la cultura casposa ha ejercido sobre nuestra visión de la sexualidad humana de una forma crítica.

Como al final del nihilismo, tras el total despego del prejuicio sólo nos queda una ausencia de definiciones, un vacío: una libertad. Al fin y al cabo, lo que tan mal expresan los adolescentes cuando dicen “osea tío yo no me defino a través de una etiqueta”. Lesbiana, gay, transexual, bisexual, cisexual, queer, travestí… las siglas LGTB han acabado agregando tantas etiquetas que la única forma de englobarlas a todas sin ignorar ninguna minoría ha sido añadir un “+”. Y, como en cualquier modelo que necesite tantas definiciones y subdefiniciones, la complejidad de la notación del colectivo LGTB+ revela su inadecuación para describir una realidad que la desborda. Si soy un bosón al que le gusta vestirse como un fermión pero todavía me gusta besar fermiones y quiero ponerme tetas pero no operarme el pene no soy un “heterotransvestitetudo”, soy un individuo con preferencias un poco exóticas y tan inclasificables como cualquiera de las variaciones de esas preferencias. La sexualidad humana es, afortunadamente, demasiado rica para ser descrita a través de etiquetas.

El modelo clásico de los bosones y los fermiones caducó cuando decidimos afirmar abiertamente que a los bosones les puede gustar dar besos a los bosones. El de las lesbianas y los gays caducó cuando nos dimos cuenta de que un gay no está necesariamente “afermionizado”, ni tienen necesariamente por qué gustarle sólo los bosones. Uno tras otro, los estereotipos sexuales han ido cayendo según se hacía evidente su falta de capacidad para englobar la realidad del espacio continuo y multidimensional que describe la sexualidad humana. Aunque la intención de los LGTB+s es precisamente denunciar esa complejidad, la etiquetación sistemática desnaturaliza la sexualidad individual, colectivizándola en series de “rarezas” y “fetiches” que son entendidos como “objetos de estudio” que “hay que aprender a tolerar”. Sin embargo, siempre bajo el punto de vista de que el comportamiento de género es una imposición cultural, lo “natural” es la diversidad de gustos y atracciones, y el “caso de estudio” es la rareza de su colectivización. Lo que hay que aprender a tolerar son las actitudes personales que deciden seguir los roles de género impuestos sobre su naturaleza. La liberación sexual no tiene por qué ser tolerada, la liberación sexual es la actitud racional que impera el comportamiento humano.

Por tanto, me parece que hay que enfocar la lucha contra los roles de género de la misma manera que se enfoca la lucha contra los prejuicios raciales: negando radicalmente el estereotipo en lugar de reemplazándolo por otro sistema de etiquetas. El género no puede tener más validez que su relevancia médica y fisiológica. La respuesta no está en pedir al gobierno que acepte “otros géneros otros que bosón y fermión”, la respuesta está en eliminar el género del pasaporte, tal y como eliminamos tiempo atrás la religión o la raza (que a diferencia de la religión sí puede usarse para caracterizar físicamente a una persona).

La pregunta que sigue abierta, es, entonces, ¿cuál es el sentido de las operaciones de cambio de sexo? Si el género psicológico no es más que una construcción social, la “necesidad de cambiar el género fisiológico” sólo puede ser descrita como una frivolidad que obedece de forma ciega a los roles de género impuestos por nuestro entorno cultural. El transexual dice que quiere tener la apariencia de su sexo contrario porque “se siente” del sexo contrario, porque “está atrapado” en el cuerpo equivocado; pero en realidad la trampa no es biológica si no social. El transexual no se siente libre de expresar su personalidad en una sociedad en la que el comportamiento de género está gravado con fuego en los cerebros de sus gentes. Pero adaptar nuestro cuerpo a los estereotipos sociales no es más revolucionario que reprimir nuestra sexualidad.

Por tanto, y siempre que aceptemos que la única diferencia entre bosones y fermiones es puramente fisiológica, creo que los activistas por la liberación sexual deben cambiar su actitud política en la forma en la que se aborda el problema de los roles de género: los colectivos LGTB+ deben dejar de caracterizar cada preferencia sexual como un fenómeno minorista “que se había ignorado hasta el momento” y aceptar que la sexualidad es un continuo complejo y multidimensional (i.e. focalizar la luchar en la abolición del género psicológico). Por otra parte, el transexual debe plantearse si está siendo víctima de una imposición cultural antes de someterse a una operación quirúrgica. No hay razón para prohibir o dejar de financiar las operaciones, pero el camino a la libertad sexual no está en fomentar el cambio de sexo como cura milagrosa y necesaria contra la opresión social, si no en promover la naturalización de “no encajar” en un rol sexual específico, O, llevando un poco las cosas al extremo, publicitar lo antinatural de encajar en ellos.

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