Un país ingobernable

Hace algún tiempo detecté en la portada de El País que los editores nos estaban untando de vaselina a base de edulcorar las maravillas de un teórico pacto entre el PP y el PSOE. Conspiranoico de mí, me pareció que estaba tan tan claro que el pacto se iba a hacer realidad, que El País, salvaguarda socialista por antonomasia (y aún así, 90% de mi exposición a la prensa española), nos estaba vendiendo la moto de que no había cosa más democrática que un pacto entre los dos grandes partidos.

Naturalmente esa paranoia fatídica que habitaba los cavernáculos de mis giros y mis sulcus tenía razón. Al menos parcialmente. Un pacto de gobierno firmado por los dos partidos más votados tiene todo el sentido democrático del mundo, y el único reproche que cabría hacer sería la exclusión del resto de partidos. Pero no. En su lugar, mi cabeza no dejaba de girar en torno al palabro PPSOE y la palabra traición! traición! traición! y qué horror que el PSOE pacte con su archienemigo y viceversa. Y eso que yo no he votado a ninguno de los dos partidos en toda mi vida. Porque si pienso en la gente que sí a votado al PSOE lo que me viene a la cabeza es una masa enfurecida de Springfieldianos con sus antorchas y sus bazucas andando lenta y sonoramente a la sede del PSOE. Y no me parece que el grado de enfurecimiento en la calle Génova fuera a ser distinto.

He empezado esta historia con el PPSOE porque aquellas alucinaciones inducidas por la temática de El País en aquella mañana de Enero fueron las que me llevaron a pensar que la razón por la que no había pacto es que en realidad nadie quiere que haya pacto. Pero el problema no es, ni de lejos, exclusivo de los dos partidos mayoritarios. El fenómeno es perfectamente extrapolable a toda la fauna parlamentaria. La razón es, al menos parcialmente, que la composición política en España está basada en escisiones y conflictos. Me decía el otro día (aunque lleva repitiéndolo desde dónde me llega la memoria) un votante del PP cercano a mi familia, un poco como excusa, que votaba a los de las gaviotas porque eran el partido “menos malo”. La percepción generaliza perfectamente todas las estrategias electorales de los partidos que han sobrevivido al 20 de Diciembre: argumentar que el resto de opciones son mierda de toro. Y es que el electorado no se tragaría el cuento de que un partido es, de hecho, bueno: España no tiene ni un solo político en un cargo digno de mención que supere el cinco sobre diez en los estudios de valoración ciudadana. El humano medio no vota a su partido favorito, vota al partido que menos rabia le da. Y la paridad de esa valoración subprime y la estrategia electoral de “es que Paquita lo hace peor” es un ejemplo más de que el proceso es mucho más democrático de lo que parece: los partidos se comportan como creen que el ciudadano quiere que se comporten. Y yo creo que generalmente juzgan la opinión del electorado relativamente bien.

Por eso no ha de extrañarnos que no haya pacto de gobierno. ¿Realmente quieren los ciudadanos que haya un pacto de gobierno? Mucha gente dice que sí, yo el primero: la falta de consenso en un parlamento dividido es un síntoma inefable del fracaso de la democracia representativa como sistema de gobierno: necesitamos un pacto de gobierno. Está dañando a la economía y a la imagen del país: necesitamos un pacto de gobierno. Pero en realidad se nos caen las melenas cuando sospechamos que nuestro partido menos odiado va a pactar con uno de los partidos que odiamos más que al nuestro. Se nos caen las melenas incluso si son partidos mesuradamente odiados los que están en juego. Cito unos pocos comentarios que he oído hace no mucho tiempo (y con los que, en mayor o menor medida, he llegado incluso a compartir): “sí, sí, el melenas (Pablo Iglesias, por si a alguien se le escapa la referencia después de tanta alopecia; el paréntesis es mío) mucho la casta mucho la casta y ahora va a pactar con los socialistas”; “claro las CUP muy de izquierdas y muchas promesas electorales y ahora todo a la mierda en pro del independentismo fascista”; “lo del PPSOE lo llevamos diciendo desde el 11M: PP, PSOE, misma mierda es”. El mensaje es más o menos el mismo: pactar con el enemigo en pro de los intereses comunes, llegar a una situación de consenso, aceptar que el voto del electorado está fragmentado y que en democracia tenemos que gobernar todos juntos; todo ello se entiende como una traición absoluta a los valores del partido (y por extensión, del votante).

La democracia representativa no puede ser democrática hasta que no se comprenda que no es el papel del partido mayoritario tomar todas las decisiones. Un parlamento fragmentado es un parlamento rico en opiniones que representa, de una forma mucho más precisa, el pensamiento político que España profesa. Necesitamos que nuestros partidos estén a la altura de la complejidad del consenso. Y la toma de decisiones unilaterales no es sólo antidemocrática, es además una fuente de inestabilidad política (me decía el otro día con sorna uno de mis progenitores que cada cuatro años sale una nueva ley de educación… ¿qué otra cosa podemos esperar, si cada cuatro años cambiamos radicalmente de gobierno?) y económica: un cambio pequeño en el electorado se traduce en un cambio desmedido en el gobierno. ¿Qué locura es esa? ¿Cuántos proyectos económicos aprobados por el PP están ahora mismo en pausa, por miedo a que el próximo partido cambie de opinión? Si queremos que la democracia representativa funcione, necesitamos que nuestros partidos empiecen a pensar de forma democrática. Pero, por supuesto, todo esto es obvio. Y por eso utilizamos nuestros insultos más desmedidos y antisutiles para expresar la repugnancia que sentimos por la situación parlamentaria a cuatro meses después de las elecciones.

Y ahí está la clave, en que quizá los gritos de “que no, que no, que no nos representan” se hayan malinterpretado: una de las más viles consecuencias de la representatividad es el despego de responsabilidad que sufre (por ponernos de víctimas) el representado. Parece que no nos damos cuenta de que nuestros partidos hacen, más o menos, lo que nosotros queremos que hagan. Quitando la corrupción y las maniobras sucias, la mayor parte de las cosas que los políticos hacen de forma pública y abierta están inspiradas en lo que la ciudadanía (o al menos el votante objetivo) espera de ellos.

Tengo también la impresión de que se nos da bastante bien, a los votantes quiero decir, ocultarnos a nosotros mismos todo aquello que deseamos pero que en el fondo sabemos que está mal: que nuestro partido obtenga mayoría absoluta para poder imponer las políticas que a nosotros nos parecen adecuadas al resto de la población (por poner un ejemplo en sintonía con este artículo). La fragmentación parlamentaria ha hecho de nuestro país un país ingobernable. Como es innegable que, por sí misma, esa fragmentación tiene un valor democrático positivo, creo que tenemos que admitir, cabeza gacha y mirada triste, que el origen último del problema está en la incapacidad de nuestros políticos para ponerse de acuerdo, que no es más que una consecuencia de nuestra propia arrogancia política.

El lector habitual (al menos tan habitual como mi escasa escritura) sabe ya de sobra que no estoy especialmente entusiasmado con la idea de la democracia representativa. Pero desde un punto de vista realista, y citando un poco al Albert en un contexto un poco diferente: no vivimos en tiempos revolucionarios. Los cambios llegarán despacio, y sólo llegarán si conseguimos mantener en mente el destino final. El cambio no puede llegar si la mayor parte de la población no está de acuerdo: tenemos que ser pacientes. La arrogancia política es un defecto abrasivo que se pone de manifiesto una vez más con el atolladero en el que nos encontramos, pero pensar que esa arrogancia política se origina en los políticos es un defecto aún mayor. Desde mi punto de vista, sólo la autocrítica puede llevarnos de vuelta al camino a la democracia. Mientras tanto, seguiremos perdidos en el bosque de la irresponsabilidad y el despego político, seguidos de cerca por las víctimas y causas de nuestras críticas ciegas y desaprensivas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *