Democracia y capitalismo

Últimamente se viene hablando mucho de la falta de democracia real a nivel de poderes públicos, como pueden ser los gobiernos estatales, autonómicos y municipales, pero quizá se nos escape cuál es uno de los mayores agentes intrínsecamente antidemocráticos: el sistema económico capitalista.

En una empresa capitalista, el capitalista, entendido como aquel que posee la propiedad privada de los medios de producción, es el dueño y único votante, sólo limitado por la ley y los sindicatos. Como bien dice Michael Moore en su documental “Capitalism, a Love Story”, es sorprendente cómo en una sociedad donde la tradición democrática — o al menos una persona igual a un voto en elecciones al gobierno — está tan arraigada, se acepte tan tranquilamente que alguien tenga la capacidad de decisión simplemente porque pone la pasta. Bajo este sistema, los salarios de los trabajadores se consideran un gasto de la empresa a minimizar en la medida de lo posible para obtener los máximos beneficios.

Así, si yo tengo un pastizal, puedo decidir invertir en tal o cual empresa, ya sea metiendo dinero directamente o a través de la bolsa de valores, y sacar un beneficio únicamente trasladando capital de un sitio a otro. Hasta puedo pagar a una gestoría o agente para que me haga todos los papeleos y yo obtener beneficios sin mover un dedo y sin necesidad de tener ni idea de cómo funciona la bolsa. Simplemente porque poseo el capital.

Esto es así independientemente de que este capital actual lo haya obtenido a fuerza de trabajar duramente los años anteriores o simplemente porque lo he heredado o me ha tocado la lotería. En efecto, la posesión de capital por un individuo no tiene por qué ir unida al esfuerzo propio, sino que generalmente se parte de una situación de asimetría en la distribución de capital en la sociedad que se traduce en una desigualdad de oportunidades a la hora emprender proyectos, de forma que la gran mayoría de la población no puede sino convertirse en asalariada y, por lo tanto, se ve sometida al despotismo de unos pocos.

Por otra parte, no parece muy razonable pensar que, si se dota de poder de decisión a los trabajadores de una empresa, estos tiendan a tomar decisiones comunitarias encaminadas a hundirla, especialmente si este poder se combina con participación en los beneficios, cierta expectativa de relaciones a largo plazo y derechos laborales garantizados. Es más, numerosos estudios empíricos [1] parecen indicar que los efectos de la democratización interna sobre la productividad son casi siempre positivos.

Cabe destacar que cuando se habla de democracia interna o auto-organización dentro de una empresa esto no tiene que significar necesariamente que todas y cada una de las decisiones tengan que ser aprobadas por una asamblea general, sino que puede consistir simplemente en que los trabajadores puedan elegir (y revocar) a sus jefes. La clave es que el poder no venga impuesto desde fuera (p. ej., por el propietario de la empresa), sino que sean los propios trabajadores los que se auto-organicen y decidan cómo quieren que funcione la empresa.

Pero la falta de democracia del sistema capitalista no sólo es interna de cada empresa, sino externa con la sociedad. Es decir, la comunidad no tiene poder de decisión directo sobre el desarrollo de la economía de su zona para enfocarlo a sus necesidades y preferencias.

Podríamos argumentar que se tiende invertir en lo más necesario porque así obtendrán los máximos beneficios, pero esto desgraciadamente no siempre es así. A pesar del ideal teórico de los percusores del capitalismo, lo importante es vender más, y para vender más no hay que pasar necesariamente por mejorar el producto.

Uno de los ejemplos, que no es un problema intrínseco del capitalismo pero que sí se da en nuestra sociedad actual, es la publicidad y el marketing. En un mercado en el que hay asimetría de información, como puede ser el caso de productos tecnológicos de consumo, donde el comprador medio no sabe evaluar fácilmente la calidad de un componente, la forma en la que se promociona uno de estos productos puede ser determinante. Todos hemos escuchado o dicho alguna vez que la comida del McDonalds es “comida basura”, pero sin embargo sigue teniendo relativo éxito comercial. En una prueba a ciegas, mis amigos y yo no conseguimos distinguir la Coca-Cola de toda la vida de una “cola” de marca blanca, y sin embargo difícilmente encontraremos en bares “colas” de marcas distintas a Coca-Cola o Pepsi. Otro compañero mencionaba el caso de inyectar agua a la carne para conseguir que pese más y parezca un filetón más jugoso; aunque luego al cocinarlo se quede en nada, cuando uno va al supermercado se le hace la boca agua al ver el paquete y lo compra.

Otro ejemplo podría ser la apuesta de muchos inversores por la especulación en vez de por la economía productiva, ya que la especulación implica más riesgos pero los beneficios pueden ser también mucho más altos. El inversor privado no busca, en principio, fortalecer la estructura económica del país o solucionar ningún problema social, sino maximizar beneficios propios. Si plantar la empresa en otro país tiene más ventajas fiscales, allí se establecerá. Es uno de los problemas de la globalización económica, que establece una competencia entre los sistemas fiscales de los distintos Estados que tiende a estrangular a las arcas públicas. El Estado, sin un duro en la hucha, no puede subsistir sin pedir prestado a los capitalistas, perdiendo autonomía y resignándose a satisfacer las exigencias (nada democráticas) de los mercados internacionales. Este Estado, que debería orientar su economía para satisfacer a los ciudadanos, se va convirtiendo poco a poco en una empresa más, la malsonante “marca España”, que se ve obligada a satisfacer las expectativas de plusvalías de los inversores reduciendo los gastos del “personal asalariado”, lo que se traduce en recortes y más recortes en los servicios públicos.

En conclusión, el capitalismo liberal, por definición, es antidemocrático a varios niveles: tanto internamente entre los trabajadores de una misma empresa, como a la hora de responder a las necesidades sociales.

[1] After Capitalism, David Schweickart.

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