Una actitud revolucionaria

Cuando era más joven, la palabra revolución siempre me evocaba a un joven Fidel Castro, con la actualmente llamada “barba revolucionaria”, diciendo palabras con un acento cubano tan cerrado que no había Dios que le entendiera. La revolución tiene un tinte mucho menos pintoresco hoy día, y ha pasado a ser una parte importante de nuestra vida como ciudadanos en democracia. Ya no es necesario portar una barba y un puro habano para tener acceso a la toma de decisiones y es importante que cada individuo comprenda su papel en esta gran sinergia a la que llamamos estado.

El propósito de este artículo es dar cuenta de la responsabilidad que, como miembros de una comunidad democrática, tenemos en el rumbo que toma en cada instante nuestra sociedad. Añadir, aunque suene a discurso viejuno, los deberes a los derechos. El nuevo ciudadano, comprendiendo su responsabilidad, representa la revolución y el cambio o se doblega al conformismo, pero nunca más hace suyas la queja vacía o la crítica destructiva.

Este artículo está dividido en dos partes bien diferenciadas. En la primera intentaré distinguir entre los movimientos permanentes, mal llamados revolucionarios, que pretenden mejorar el sistema o mantener ciertos niveles ya alcanzados que peligran en ciertas condiciones políticas y las revoluciones a gran escala, de los que, cargados de ambición, buscan una reestructuración del sistema hacia algo todavía desconocido.

En la segunda parte del artículo abordaré el problema de la revolución en la democracia y cómo la responsabilidad política ciudadana, de la que en mi opinión hoy se prescinde demasiado, es el camino adecuado para abordar con éxito cualquiera de los dos frentes revolucionarios de los que hablo en la primera parte.

Los valores revolucionarios de la democracia: la información

El camino a la socialdemocracia en la que vivimos hoy ha sido largo y cansado. No es el propósito de este artículo abordar la historia de la revolución, y estoy seguro de que el lector interesado sabrá más de ello que yo. Sin embargo hay un valor clave en el camino de la revolución que proporciona por primera vez la sociedad de la que hoy somos parte. Es el valor de la información y del conocimiento. Un valor que es relativamente nuevo y que se a alcanzado paso a paso, sin la necesidad de una verdadera revolución. El libre acceso a la información es, probablemente, la principal fuente de responsabilidad ciudadana que podamos encontrar. El ciudadano es responsable de sus conocimientos porque tiene acceso a una verdad que, en términos generales, no le ha sido vetada. No hablo aquí, por supuesto, de posibles conspiraciones no demostradas o movimientos en la sombra, como el GAL, que salen a la luz después de largo tiempo. Hablo de unos conocimientos básicos sobre política, economía, historia y actualidad con los que cualquier medida populista se queda en bragas.

El control sobre este tipo de información es la piedra angular de cualquier gobierno dictatorial que pretenda alejar a sus ciudadanos de una revolución. El conocimiento y la cultura son una de las principales fuentes del pensamiento libre, que no tolera vivir en unas condiciones que sabe que están lejos de lo que el ser humano puede llegar a ofrecer. Por eso es incomprensible que en una sociedad que presta el libre acceso a la información, el ciudadano, perezoso, prefiera perpetuar su desconocimiento antes que enfrentarse a una realidad política contraria a sus ideales. Este es un acto de irresponsabilidad social con consecuencias terribles y evidentes.

Creo que hace falta, llegados a este punto, profundizar un poco más sobre esta irresponsabilidad. Oigo por doquier críticas durísimas a la prensa, a las que me uno, por distribuir información de forma sesgada. Hay que tener cuidado con que estas críticas no nos impidan ver la viga propia. Naturalmente estoy de acuerdo en que es un acto de irresponsabilidad terrible el que un medio masivo pretenda sesgar (no hablemos ya de manipular) la información que ofrece a los usuarios que deciden depositar su confianza en dicho medio. Pero no podemos olvidar que el usuario tiene el privilegio de la elección y el libre acceso a miles de fuentes de información con las que poder contrastar las cosas que lee y oye. Es impracticable consultar todas las fuentes, lo sé. Pero eso no significa que no podamos contrastar de cuando en cuando una noticia especialmente llamativa, o que leamos con criterio nuestro periódico favorito, entendiendo de qué pie cojea. Es inadmisible que medios claramente manipulados continúen manteniendo un público voluminoso.

Me gustaría ilustrar la gravedad de esta situación con un ejemplo. El periódico de pago (no deportivo) más leído en España, “El País”, tiene una tirada diaria de unos 480.000 ejemplares. La Gaceta de Intereconomía, ridiculizada por casi todos los medios masivos, acusada casi a diario de manipulaciones que rozan el absurdo, tiene una tirada de 90.000 [1]. La proporción es alarmante. Por cada cinco personas que compran un periódico con un prestigio relativamente alto a nivel nacional, hay una que decide asimilar información que difícilmente puede ignorar que está manipulada.

La responsabilidad de los medios de comunicación masivos en la desinformación ciudadana es obvia. Pero no se puede ignorar la parte que le toca al ciudadano, precisamente porque esa es la parte en la que sí que podemos influir.

Una vez informado, y una vez más, no hablo de un conocimiento absoluto, hablo de un conocimiento razonable, la sociedad se sitúa sobre unas condiciones iniciales que le impiden aceptar un régimen dictatorial, que le impiden reconocer ninguna bondad en un atraso en el progreso social, generalmente argumentado a base de mentiras y falsas nociones. Este es el principal valor revolucionario de la democracia: el conocimiento sobre la posibilidad de la revolución, y la comprensión de su justificación.

Reformismo y revolución

Cuando un ciudadano comprende que hay algo que falla en un sistema, tiene dos vías para intentar cambiarlo: el reformismo y la revolución.

Me gusta entender la evolución del bienestar social imaginando una representación gráfica de esta magnitud frente al tiempo. Si tomamos períodos lo bastante largos para hacer las medidas, podemos imaginar que hay períodos ascendentes, con ciertas fluctuaciones debidas a crisis temporales, más o menos rectos, interrumpidos por algunos puntos de inflexión en los que la pendiente de esta recta se hace mayor.

Podemos, por ejemplo, empezar a contar en la Edad Media en la que el bienestar social era mínimo. Según avanza el tiempo las condiciones de los trabajadores van aumentando, muy despacito, hasta la revolución francesa. En la revolución francesa la recta toma una nueva pendiente, y el bienestar social empieza a aumentar de forma cada vez mayor, con sus altibajos.

Me gusta representar al movimiento reformista como el que trata de forzar a la recta a seguir su camino, minimizando las bajadas correspondientes a las crisis y añadiendo poquito a poco esas migajas que a largo plazo se corresponden con avances gigantescos en la calidad de vida de la sociedad. Una revolución, por otra parte, es un gran salto al vacío, un punto de inflexión que, de salir bien, aumenta la velocidad del crecimiento social.

Hablamos también de una revolución cuando, en medio de una dictadura, el pueblo trata de recuperar su soberanía. Yo prefiero llamar recuperacionista a este movimiento. Armado con el valor del conocimiento que la democracia extinguida ha dejado en herencia al pueblo, este tiene alicientes necesarios para exigir un cambio.

El verdadero problema de los movimientos revolucionarios no recuperacionistas es precisamente la falta de ese aliciente. Por eso las crisis son hervideros de la revolución, el ciudadano trata de recuperar lo que se le ha quitado, no busca aumentar su calidad de vida hacia un lugar desconocido. En tiempos de bonanza la revolución queda en stand-by, porque la gran masa de la sociedad vive en condiciones relativamente favorables, y no considera urgente un incremento del bien estar social global.

En estos términos suele hablarse de insolidaridad. El ciudadano contento con su posición olvida a los menos favorecidos, y prefiere acomodarse en su situación en lugar de continuar luchando por la mejora de las condiciones sociales.

El reformista tiene que enfrentarse constantemente a este problema doble. En las crisis, la gran masa de ciudadanos sólo pretende recuperar lo perdido, y fuera de ellas, sólo pretende descansar y dedicarse al ocio. Son entonces las crisis esas grandes ventanas al cambio en las que se puede aprovechar el tirón del movimiento para rascar, de paso, una mejoría para aquellos que ya estaban mal antes de la crisis.

El revolucionario opera de forma ligeramente distinta. El colectivo revolucionario es un intelectual, un colectivo creativo, en la mayoría de los casos. Mi opinión es que la iniciativa del comunismo demostró su ineficacia, de dos formas distintas. La primera es su pretensión de universalidad, que forzó a los movimientos de este tipo a los régimenes autoritarios, dejando la liberad supeditada a la justicia social [2]. La segunda es su falta de eficiencia productiva, que deja económicamente atrás a la nación en cuestión frente a la eficiencia del capitalismo. Por eso creo que un movimiento que pretende instaurar un régimen comunista no es revolucionario, aunque textualmente lo sea.

La única opción para el revolucionario reside, desde mi punto de vista, en un nuevo sistema socioeconómico todavía no concebido. Una revolución es, primero, una revolución intelectual. Fue necesaria una ilustración de casi un siglo para preparar la revolución francesa. Generaciones de filósofos e intelectuales tuvieron que abrirse paso en un terreno abrupto para que el concepto de libertad fuera palpable. Estamos acostumbrados a ver en el cine al típico agricultor del siglo dieciséis que ansiaba unos derechos que probablemente no era capaz de imaginar. Tenemos que comprender que la ocurrencia no es trivial. En el feudalismo, probablemente ni siquiera los señores feudales concebían un estilo de gobierno democrático.

Por el mismo motivo, las grandes revoluciones, aunque representan un incremento mucho mayor de la calidad de vida a medio plazo, son mucho más inusuales. Mientras que la revolución francesa tardó más de un milenio en fraguarse, la dictadura de Salazar [3], la más larga de Europa, no duró más de medio siglo.

El tiempo de actuación del reformismo es inmediato, el del recuperacionismo rápido y el de la revolución eterno. Un revolucionario sin paciencia está condenado al fracaso.

Y, sin embargo, comienza a oler a revolución. Las nuevas tecnologías permiten un acceso a la información casi instantáneo y la velocidad de trabajo de los filósofos de la ilustración queda muy atrás. La carencia de censuras efectivas y la magnitud de nuestras bases de datos hacen de nuestra época un lugar propicio para la invención de un nuevo paradigma que cercene de una vez por todas las cuerdas de los lastres del capitalismo.

La responsabilidad como sentimiento revolucionario

Ya hemos hablado de las armas que la democracia actual ofrece a los ciudadanos para afrontar con la contundencia que se hace necesaria el frente reformista. La información disponible en la red hace del recuerdo histórico y el contraste de información la tarea de una tarde. La necesidad de los recortes sociales puede ser valorada con un buen grado de aproximación por cualquiera que tenga el interés de hacerlo. Pero además, la democracia nos provee de un mecanismo mucho más obvio para el reformismo: el acceso abierto a los partidos políticos y la libertad de voto de los ciudadanos permiten aplicar los conocimientos al sistema sin necesidad de arriesgar su vida o su libertad. Las condiciones son las más propicias de la historia de la humanidad.

Por primera vez, el ciudadano tiene el poder a su disposición. Hay información para comprender el sistema y mecanismos para moldearlo. Se puede alegar que muchos de los medios no son imparciales, pero si yo tengo acceso a esa información, todo el mundo la tiene. Nadie tiene por qué ser manipulado si no desea serlo.

Tengo que insistir una vez más en que las circunstancias son las más propicias. Eso no significa que sean perfectas. Si fueran perfectas, no sería necesario un frente revolucionario.

Se puede alegar que el poder de decisión ejercido sobre los procesos electorales es imperfecto, que ningún partido es capaz de representar en un buen grado de aproximación los intereses de la sociedad actual, pero cualquier ciudadano tiene derecho a fundar un partido, y los ya creados tienen sus puertas abiertas a nuevos militantes, aunque deseen cambiar las cosas. Puede incluso argumentarse que muchos partidos incumplen, incluso más allá de lo que permite la ley, sus promesas electorales. Sin embargo, este tipo de actitudes son permitidas por el electorado, que perpetua en el poder a aquellos que critica.

Es por tanto necesario mantener el frente reformista en orden de no desandar lo andado. Y en realidad, estamos desandando mucho más de lo que sería necesario. Los últimos recortes en prestaciones tan básicas como la sanidad o la educación no son, en mi opinión, razonables para nadie. Estoy seguro de que (casi) ningún padre prefiere un descenso de la calidad de la educación de sus hijos en pro de la eliminación del impuesto escalonado de sociedades. Y el número de alumnos en colegios públicos es mucho mayor que el que asisten a colegios privados.

Entonces, si tenemos las herramientas y el acceso al conocimiento, ¿por qué desandamos? Las nuevas consignas culpan a los gobiernos y a los grandes empresarios. Dicen que no nos representan, que sólo buscan su propio beneficio. Es cierto. Pero es innegable que el pueblo tiene el poder de echar abajo todo lo que desee. Las herramientas democráticas, la libertad de reunión y el libre acceso a la información hacen de la revolución, en comparación con la dictadura de Salazar, un juego de niños. Incluso, con paciencia y en última instancia, las cosas podrían cambiar en las elecciones. Sin embargo, los escaños del Partido Popular, que ha recortado en porcentajes alarmantes las prestaciones sociales fundamentales de la Comunidad de Madrid, son alarmantemente superiores a escala global que los de las anteriores elecciones autonómicas. El número de militantes de los partidos mayoritarios a los que todos criticamos no ha aumentado de forma especial durante la crisis. No estamos utilizando nuestras herramientas democráticas. Estamos eludiendo responsabilidades, señalando a los que decimos tienen el poder… pero el poder lo tenemos, en última instancia, nosotros.

Hay que retroceder un poco en el tiempo para comprender el pudor del hombre ante la responsabilidad. Suele hablarse con desprecio de los sedientos de poder, que escalan con métodos cuestionables a las esferas más oscuras de la política. A mi me gusta imaginármelos vestidos de negro, bebiendo whiskey y fumando habanos. Hay que entender que estos individuos son, cuando reales, una clara minoría. Uno de los principales problemas que veía Camus [4] a la democracia era el terror del pueblo ante la responsabilidad sobre su propio futuro. También solía decirse, hablando del existencialismo, que la carga de ser responsables de su propia existencia había aferrado al ser humano, aún más que el miedo a la muerte, a la idea de la existencia de Dios. Creo que queda mucha gente que aún no valora en su justa proporción la maravilla de la responsabilidad sobre uno mismo, la delicia de equivocarse y saberse único responsable.

Y seguimos, en ocasiones, abusando de ese no asumir la responsabilidad que nos toca, de esa crítica hacia el exterior. Despersonalizar a los políticos y realizar críticas vacías sobre sus formas de actuar es una nueva moda que es difícil rechazar. Por dos motivos. El primero es que criticar es sencillo. El segundo, que además es divertido. Despotricar de algo es una de las cosas más deliciosas que puede uno hacer si tiene un poco de elocuencia. Criticar es necesario en una sociedad democrática, pero no trabajar en ninguna otra dirección es, sin duda, nefasto. En estos días en los que nos ha tocado vivir, la responsabilidad es el verdadero sentimiento revolucionario.

El abandono de la responsabilidad

El panorama político al que nos enfrentamos hoy día tiene además otra cáscara de plátano colocada en medio del camino. La pérdida del horizonte de la responsabilidad lleva al ciudadano a un desencanto impotente, en el que acaba ignorando la realidad política casi como mecanismo de autodefensa. Es el camino hacia la trivialidad, la promulgación de consignas vacías de argumentos y la aceptación de la información manipulada, aún con el conocimiento del propio sesgo. Una actitud crítica (que no criticista) hacia esa realidad se hace cuesta arriba, llevados por una inercia que uno sólo no puede combatir, y acaba con el reformismo.

Esa inapetencia de actividad política lleva a la ruina, por adhesión, de la revolución. La desgana y la pereza ganan el pulso a la posibilidad de una actividad política de cualquier tipo y los pensadores de nuestro tiempo pasan más tiempo despotricando sobre los defectos que proponiendo soluciones. El panorama político queda desolado de ciudadanos de a pie y sólo los expertos, en muchas ocasiones aislados de la realidad que les rodea por un manto de prejuicios demasiado arraigados, siguen batallando por la solución intelectual.

Por todas estas razones, se me hace evidente que el camino a la revolución sólo es directo si trata de recordar a los ciudadanos desganados que todavía tienen el poder. El camino a la revolución es la conciencia crítica. Devolver a la fuerza al hombre de a pie el sentido de la responsabilidad que ha perdido.

No se puede llegar a la revolución sin cruzar la frontera de la desinformación, y hasta que no lleguemos allí ninguno de los dos frentes estará completamente operativo. Seguiremos dando tumbos de un lado para otro. Las manifestaciones ayudan, recuerdan a nuestros políticos que, de cuando en cuando, seguimos ahí. Pero el ciudadano inmovilizado no mejora su condición apolítica y en muchos casos se le reconfirma que no tiene el poder, que se lo han quitado.

Hay que barrer con todas esas viejas consignas que pertenecen a otros tiempos. Ahora estamos en una democracia. Ahora tenemos acceso a la información. Ya no puede haber excusas. La responsabilidad sobre tu futuro, sobre la política de tu nación, es tuya.

Referencias y notas

[1] Comparativa de periódicos de España en Wikipedia.

[2] Para profundizar un poco más en el papel del comunismo en el acoplamiento entre la libertad y la justicia social leer La Paradoja de la Nación Libre .

[3] La dictadura de Salazar comenzó con un golpe de estado en Portugal en 1926, y se prolongó hasta la Revolución de los Claveles en 1974, cuando el ejército recuperó la soberanía del pueblo en una revolución pacífica que no se cobró ninguna víctima. Portugal llegó a estar gobernada por tres diferentes primeros ministros, siendo Salazar en el ‘33 el que definió los términos de la dictadura y el que nombró al oscuro período portugués.

[4] Leer, por ejemplo, “El Hombre Rebelde”.

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