Que no decidan por ti

En estos últimos meses hemos asistido a una explosión sin precedentes de la actividad política en nuestras ciudades y plazas, protagonizada por ciudadanos y ciudadanas como nosotros, y en especial por los jóvenes. Una explosión de la que quizá no esté aún totalmente clara la finalidad, si realmente conseguirá un cambio real y revolucionario en nuestra trayectoria democrática o se quedará en una mera anécdota en los libros de historia. Desde mi punto de vista, pase lo que pase y aunque la llama se vaya extinguiendo poco a poco, lo que sí se ha conseguido es que mucha gente se haya despertado y se haya unido a las reivindicaciones y luchas que ya existían desde hace más o menos tiempo. Crear redes y fomentar el intercambio de opiniones e ideas, casi siempre productivo. Y si no, que levante la mano quien no haya tenido y escuchado más de una discusión sobre política a raíz de todo esto.

Hablando con amigos y conocidos de lo que está pasando me di cuenta de una realidad bastante chunga: no estamos acostumbrados a defender nuestras ideas frente a gente que tiene opiniones muy distintas o casi opuestas a las nuestras. Estamos acostumbrados a criticar lo que hacen los demás desde las sombras, a premiar o castigar con nuestro voto o simplemente poniendo verde al político de turno a la luz de una cerveza, rodeados de amigos que esperamos que nos apoyen y asientan. Leemos habitualmente determinados periódicos y blogs de información porque se ajustan a nuestro punto de vista y nos permiten reafirmarnos en nuestra opinión o enfoque ideológico, tachando de sesgados y hasta manipuladores a los que defienden posturas diferentes u opuestas. Es relativamente fácil opinar cuando sabemos que no corremos el riesgo de que nos rebatan con argumentos directos que nos obliguen a fundamentar nuestra opinión en tiempo real. A la hora de enfrentarse a una discusión, bastantes prefieren medios digitales donde uno puede escribir tranquilamente y apoyarse en el anonimato.

A lo que no estamos acostumbrados es a enfrentarnos directamente a un grupo heterogéneo de gente, cada uno con sus propias ideas y opiniones arraigadas, a coger un micrófono y tratar de convencerlos con nuestros argumentos de cuál es el mejor camino a seguir. Este “yuyu” que muchos tenemos a participar con opiniones disidentes en asambleas provoca a menudo que se potencie el crecimiento de un pensamiento unificado y carente de crítica, que es casi siempre negativo. Seguro que alguna vez habréis escuchado “se les está yendo de las manos” o “esto que se está haciendo está mal, se debería hacer así y no asá” de boca de gente que no va a las asambleas, o va y no participa activamente, que acaba largándose desencantada y no vuelve.

Es precisamente esta gente con opiniones críticas la que más necesaria es dentro de un movimiento político y social emergente y en construcción. Si ellos no participan, los que quedarán serán “los de siempre”, los que llevan mucho tiempo en la movida y las multitudes no les asustan ya, los que han estado ahí desde el principio y por lo tanto se sienten más cómodos con las decisiones en las que ellos mismos han participado.

De todo esto quisiera hacer dos lecturas. La primera, que todos tenemos que aprender a ser más receptivos con las ideas que son diferentes o contrarias a las nuestras. En ocasiones vemos como alguien se atreve a lanzar alguna propuesta controvertida como podría ser “¿por qué la gente de 15M no forma un partido político?” y de repente le empiezan a llover los abucheos y los tomates, en lugar de lloverle jugosos argumentos por los cuales aceptar (o rechazar) esa propuesta. No se puede construir un movimiento político-social realmente inclusivo tan sólo apoyado en sentimientos viscerales y consignas incendiarias sin una reflexión detrás, que lo único que consiguen es espantar a la gente que más podría aportar.

La segunda, que hay que acostumbrarse y perder el miedo a discutir, y también a perder discusiones; un miedo quizá potenciado por la educación que recibimos en las escuelas, donde lo que prima es asimilar una serie de conocimientos y procedimientos y no tanto la reflexión crítica. Como ciudadanos responsables de nuestra realidad política tenemos el deber de darle forma a nuestro futuro si no queremos que, como siempre, otros tomen las decisiones por nosotros.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *