Osama bin Laden: ¿enemigo militar o sospechoso criminal?

Si por algo se caracteriza el mundo es por ser complejo, y si hay algo que eleva la complejidad del mundo varios órdenes de magnitud, ese algo es el ser humano. Cuando varios de éstos se unen para formar una sociedad, la suma de sus acciones e intereses alcanzan una complejidad astronómica. Por eso, la evolución ha tenido a bien dotarnos de una capacidad ético-moral, de la que hemos derivado nuestros sistemas de derecho actuales: necesitamos una serie de normas que guíen nuestras acciones, que establezcan qué acciones son indeseables, y cómo (y por qué y para qué) castigar a quienes las realizan. Estas son normas arbitrarias y convencionales, como atestigua la diversidad de sistemas legales existentes en el mundo, pero sin embargo parecen imprescindibles para que una sociedad tan compleja funcione de manera predecible. Hemos creado leyes para la vida dentro de un estado, leyes que gobiernan las relaciones entre los estados e incluso leyes que rigen cuando dos estados intentan destruirse mutuamente.

El problema de establecer normas concretas para un sistema tan complejo es que mediante su aplicación estricta inevitablemente caeremos en contradicciones, cometeremos injusticias, o nos encontraremos con casos excepcionales nunca antes previstos. Este es el caso ante el que nos encontramos con la muerte de Osama bin Laden a manos de las fuerzas especiales de la Armada de los EEUU y todos los antecedentes que llevaron a ella.

Normalmente, cuando se sospecha que una persona ha cometido o conspirado para cometer un crimen, la mayor dificultad con la que se encuentra el sistema judicial de un país para llevarle a juicio es conocer su paradero para su detención policial. Cuando dicha persona se encuentra en un país extranjero, lo normal es que existan tratados de extradición que permitan la entrega del individuo. Aunque no existan tratados de extradición, es prácticamente imposible que el sospechoso pueda reincidir sin salir del país que le acoge. Finalmente, los crímenes de un individuo casi nunca tienen la escala de actos de guerra.

En el caso de bin Laden, tenemos a alguien que financió el asesinato de 62 personas en Luxor(Egipto) en 1997 y en febrero de 1998 co-firmó una fatwaque declaraba que matar estadounidenses y sus aliados era “la obligación de todo musulmán”. En marzo de ese mismo año Libia emitió contra él una orden de captura internacional a la Interpolpor el asesinato de dos turistas alemanes en 1994, y en junio se le encausó en EEUUpor la muerte de cinco ciudadanos estadounidenses y dos ciudadanos indios en Arabia Saudí. Bin Laden pasó a la lista de losDiez Fugitivos Más Buscados del FBItras los atentados contra las embajadas de los EEUU en Dar es Salaam (Tanzania) y Nairobi (Kenia), en agosto de 1998, que dejaron más de doscientos fallecidos en total.

Durante este tiempo, bin Laden estuvo bajo protección del Emirato Islámico de Afganistán, comúnmente llamado el régimen Talibán. Este estado no disponía de reconocimiento internacional por parte de las Naciones Unidas, y había mostrado habitualmente su desprecio por la legalidad internacional con actos comola tortura y asesinato del antiguo presidente afgano Najibullahen 1996 en el complejo de la ONU de Kabul, o el asesinato en 1998 de dos diplomáticos iraníes.El Emirato Islámico de Afganistán rechazaba cualquier posibilidad de extraditar a bin Laden para que fuera juzgado por los países que le reclamaban.

Clinton intentó combinar las vías militar y diplomática en respuesta a los atentados de África. Lanzó operación Infinite Reachde 1998, en la que atacó con misiles de crucero campamentos afganos y, muy sonadamente, una fábrica de medicamentos en Sudán que resultó no tener nada que ver con el entramado de bin Laden. También consiguió en 1999 que se estableciese un régimen de sanciones internacionales contra los Talibán con el fin de presionar hacia la entrega de bin Laden. Sobra decir que no lo consiguió.

Por tanto, ya antes del 11S, estábamos ante una persona acusada de financiar y promover el asesinato de cientos de personas, protegido por una facción rebelde sin reconocimiento internacional, y con la posibilidad de reincidir en sus ataques.

Es aquí cuando se plantea la complicación legal y moral. Si no es posible extraditar a un supuesto asesino, que se encuentra bajo la protección de un régimen no reconocido, y con la capacidad de continuar sus ataques, ¿qué vías nos quedan? ¿Es éste un asunto judicial o militar? ¿Consideramos a los Talibán como un estado que protege a un supuesto criminal en activo? ¿Son un estado que ha declarado la guerra a los EEUU y sus aliados por medio de bin Laden? ¿O son los Talibán una simple facción rebelde dentro del Estado Islámico de Afganistán (representado por la Alianza del Norte) que sí disponía de reconocimiento internacional?

Las distintas alternativas para el asunto bin Laden parten de cual de los supuestos anteriores demos por válido. Respetar la soberanía Talibán sólo dejaba como opción la imposición de sanciones internacionales, como intentó Clinton. Considerar que la alianza entre los Talibán y bin Laden es lo suficientemente profunda permitiría argüir que el Emirato Islámico de Afganistán había atacado a los EEUU, haciendo legal una guerra defensiva. Finalmente, si negamos cualquier soberanía a los Talibán, se podría solicitar a la Alianza del Norte la autorización para realizar operaciones de inteligencia y militares en su territorio de iureque condujesen a la captura o muerte de Osama bin Laden.

Desde el plano puramente ético y legal sin duda la tercera opción me parece la más razonable, aunque no tengo ni idea si es práctico o factible localizar a un individuo y realizar operaciones militares puntuales y quirúrgicas en un país controlado prácticamente por completo por una facción hostil. Si verdaderamente no lo es, ¿estábamos dispuestos a dejar libre al supuesto autor intelectual de la muerte de centenares de personas? Si la única alternativa era la guerra abierta, parece ser lo correcto.

Sin embargo, una mañana de martes, los centenares se convirtieron en millares. Lo que antes eran ataques de guerrillas sobre objetivos blandos en el exterior de los EEUU desembocaron en un ataque de escala bélica sobre la mayor ciudad del país y la sede de sus fuerzas armadas.

Pocos días después, el Congreso de los EEUU autorizaba el uso de fuerza militar contra objetivos terroristas. Tras nuevas negativas del régimen Talibán a entregar a Osama bin Laden, comenzó la guerra de Afganistán con la operación Enduring Freedom, que EEUU alegaba tenía carácter defensivo en base a la legalidad internacional. Para ello había que considerar al régimen Talibán y a bin Laden como un frente único, y considerar los ataques del 11S un “ataque armado”, definición que hay que tomar por los pelos para considerar un Boeing 767 como un arma.

Echando la vista atrás todos sabemos que la guerra de Afganistán tuvo consecuencias desastrosas, tanto para los civiles afganos, los soldados estadounidenses, el presupuesto federal y la imagen de EEUU en el mundo. Según varias estimas, han muerto casi 20 veces más civiles afganos que civiles (de múltiples nacionalidades) en el 11S. Ahora sabemos que la guerra no hubiese valido la pena, pero cuando la única alternativa parecía ser dejar a Osama bin Laden en libertad la decisión no resultaba tan sencilla.

Hace dos semanas murió Osama bin Laden. Una persona, una figura carismática para quienes comparten sus posturas y un individuo que financió, organizó y alentó multitud de ataques intencionados contra civiles. Bin Laden dispuso de la protección y del apoyo táctico y estratégico de una facción rebelde que controlaba de facto casi todo un país, y que sigue controlando varios reductos. Uno de sus ataques tuvo una escala nunca antes alcanzada fuera de la historia militar. Bin Laden vivía a caballo entre el país cuyo régimen le protegía y un estado prácticamente fallido, Pakistán, que se encuentra bajo la constante amenaza de sufrir el mismo destino que su vecino. ¿Era bin Laden un objetivo judicial o militar? ¿El ataque sobre su residencia en Abbotabad era una operación militar, más allá de la simple naturaleza de los operativos que intervinieron?

Se ha hecho mucho eco de dos hechos: en primer lugar, que Osama bin Laden no estaba armado en el momento de su muerte; en segundo lugar, un representante anónimo del gobierno estadounidense afirmó que los SEAL no tenían orden de capturar a bin Laden con vida. Según los detalles que han trascendido de la operación (que habrá que tomar con sano escepticismo) bin Laden fue tiroteado tras huir de los soldados hacia su habitación, sin hacer ningún ademán de rendirse.

Por tanto, si vemos a bin Laden como un criminal huido al que se debe llevar ante la justicia, esta operación no tiene pies ni cabeza. No se solicitó a Pakistán la detención y extradición de bin Laden tras conocer su paradero, no se le anunció intención de arrestarlo, y se le disparó estando desarmado. En este caso hablaríamos claramente de un asesinato de estado.

Por otro lado, desde el plano militar la operación se ha llevado a cabo limpiamente. No es lo mismo “no tener orden de capturar a alguien con vida” que “tener orden de no capturarle con vida”. Raramente se realiza una acción militar con la orden específica de capturar con vida a los combatientes enemigos, lo cual no quita que la Convención de Ginebra prohíbe la ejecución de prisioneros de guerra que se hayan rendido expresamente. Sin embargo, por lo que sabemos bin Laden no se rindió y tenía a su disposición armas de fuego. En una operación militar, un combatiente que no se ha rendido y que tiene capacidad de luchar sigue siendo un objetivo válido. En estos términos, aunque capturar a bin Laden con vida seguramente era posible, hubiese sido ofrecerle un trato especial sobre el de cualquier otro combatiente militar.

¿Quiero justificar con este artículo el operativo por el cual se ha dado muerte a Osama bin Laden? No, pero tampoco puedo condenarlo. El caso de esta persona ha sido excepcional en todos sus aspectos, a caballo entre la justicia y la guerra, y el tratamiento que se debió dar a su captura depende de si se trataba del más bélico de los criminales o del más criminal de los bélicos. Sinceramente, no sé la respuesta: como criminal se le ha asesinado ilegalmente; como combatiente bélico ha muerto en combate. Si por algo se caracteriza el mundo, es por ser complejo. A veces, demasiado.

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