Conectados

Seis de la tarde de un día cualquiera. Cuatro personas están sentadas en una habitación. Silencio, nadie habla. Todos están ensimismados, mirando a las pantallas de su ordenador portátil, tecleando. De vez en cuando alguien se levanta, va al baño y vuelve rápidamente a sentarse y agarrar su ordenador para continuar aporreando las teclas. No es la oficina de una consultora. Es mi casa y somos yo y mis compañeros de piso.

¿Te suena? Esta situación no es ni mucho menos rara. Cada vez la tecnología inunda más nuestras vidas y es difícil pensar que hoy alguien esté más de 24 horas sin mirar su email o su Facebook. Ya no pedimos el teléfono a las chicas que nos gustan, sino que las buscamos en las fotos de la fiesta y las añadimos a nuestra lista de amigos. Internet ha cambiado nuestra forma de comunicarnos pero, ¿cómo nos está afectando? ¿Estamos perdiendo facilidad para relacionarnos cara a cara?

Perdidos en el ciberespacio

Todos hemos caído alguna vez en tildar de “virtual” a lo que pasa en Internet. La percepción de que existe una dualidad virtual/real podía tener su tirón en el pasado, cuando empezaron a surgir los primeros mundos virtuales en Internet, donde uno creaba un avatar y construía su casa e interaccionaba con el resto de avatares; en definitiva, una especie de juego de rol por ordenador. Pero hoy en día hemos integrado la informática en nuestras relaciones sociales de tal forma que se ha convertido en una vía más de comunicación. Igual que nadie diría que llamar a una persona por teléfono es una relación virtual, no podemos pensar que escribir en el chat no es real. No sólo es que exista una estrecha relación entre el mundo virtual y real, sino que son el mismo [1]. Salvo casos contados, las personas con las que podemos chatear o enviarnos mensajes existen físicamente, y es precisamente este hecho el que da sentido a nuestras interacciones en la red.

Internet es simplemente otro medio de comunicación, una herramienta más y no un mundo cibernético virtual y paralelo pero, ¿cómo afecta esta tecnología a nuestras relaciones? Es evidente que no nos comportamos igual por Internet que cuando lo hacemos cara a cara. De hecho, lo verdaderamente extraño sería que si que fuese así: imaginad a alguien hablando al mismo ritmo que se escribe en los chats o que hablase contigo mientras ojea una revista, escucha una canción, discute con su madre y hace un trabajo para clase, todo al mismo tiempo. Pero esto no es algo nuevo; lo mismo pasa con las cartas, el teléfono o los SMS.

Hay varias cosas que hacen especialmente atractivas las herramientas de comunicación online. La primera es que se puede interactuar de una forma más cómoda, semi-instantáneamente: al chatear con una persona, el flujo de información es relativamente lento, de forma que puedes pensar bien lo que escribir, o incluso mirar en la Wikipedia dónde está ese país del que te están hablando (y así no quedar como un ignorante). No tienes que prestar toda tu atención a una sola cosa, a una sola persona, sino que se asume que estás haciendo varias cosas a la vez y, por lo tanto, puedes tardar un tiempo en responder y evitar tener que mantener el (quizá fingido) interés en la conversación, que por lo demás te da la (falsa) sensación de ser algo improvisado.

Para la gente algo tímida o a la que le cuesta mantener conversaciones con gente con la que no tiene mucha confianza, la comunicación por Internet es una gran ayuda en este sentido. Es algo parecido a lo que menciona Sherry Turkle en relación a los SMS y las llamadas telefónicas: “entonces pasó muy rápidamente que los adolescentes comenzaron a preferir enviar SMS en lugar de hablar por teléfono, ya que hablar supone demasiada información para ellos, demasiada tensión, demasiada incomodidad. Les gusta la idea de un medio de comunicación donde no exista esa incomodidad. Te marchas antes de que te rechacen” [2].

El precio que hay que pagar por evitar esta incomodidad es que la conversación pierde muchas veces en riqueza y cercanía. ¿Quién no ha tenido alguna vez problemas por un malentendido en un email o una conversación de chat? Hay que tener cuidado de no perder el norte y entender cuándo algo es mejor tratarlo cara a cara, como puede ser dejar a tu pareja.

Tienes un mensaje nuevo

El uso normal que hacemos de Internet implica una atención dividida. Cuando utilizamos el ordenador estamos sometidos a múltiples interrupciones y esto está mermando nuestra capacidad de focalizar nuestro pensamiento por un tiempo en una cosa única y, por lo tanto, profundizar en ella [3]. Los posts largos son difíciles de leer de un tirón sin comprobar tres o cuatro veces de forma compulsiva si tenemos emails nuevos o si han escrito algo en Facebook. Incluso podemos tener problemas para realizar una sola cosa a la vez sin estar conectados, como puede ser dibujar o incluso estudiar. Seguro que conocéis a alguien que estudia con el ordenador al lado con el Facebook o hasta el chat en la pantalla (y no le cunde una mierda, claro), y también a gente que dice que se va a la biblioteca a estudiar ya que en casa no se concentra porque tiene el ordenador. “La llamada del ordenador”, esta adicción a estar conectados con todo el mundo siempre, estar al tanto de lo último que ocurre en nuestro círculo social y más allá, esa sensación de poder inigualable.

Con la llegada de BlackBerrys, smartphones y demás tecnología móvil con conexión permanente esta adicción a la distracción se ha intensificado. He vivido la situación de estar con una persona comiendo y que ésta mirase su iPhone cada dos minutos para leer los tweets y los emails. Sherry Turkle entrevista a niños que se quejan de que sus padres no les escuchan muchas veces porque están ensimismados con su BlackBerry [2]. Hay gente que comprueba su iPhone hasta en entierros. ¿Realmente son tan importantes estos mensajes que necesitamos estar siempre conectados y alerta? ¿Tanto tenemos que decir?

Una experiencia más compartida de lo que creías

En Estados Unidos, Facebook ya gana a Google en número de visitas. El formato de Facebook es realmente eficaz, porque te permite de un vistazo saber qué tienes de nuevo tú personalmente y además las últimas cosas que han hecho tus amigos. Ese permitirnos acceder a los rincones “privados” de las personas sin tener que hablar con ellas y, sin que nadie se entere, sacia nuestra sed de cotilleo a la vez que nos sentimos conectados con los demás. No es raro saber que alguien ha cambiado de novio o que se ha ido de viaje sólo porque has visto sus fotos en Facebook. Es como el famoso cotilleo de los pueblos elevado a la enésima potencia.

Pero estos espacios “privados” no son algo construido exclusivamente por nosotros mismos, es muy complicado controlar realmente lo que sucede en tu pequeño rincón de Facebook porque se basa también en aquello que quieran poner los demás sobre ti, creando una dependencia entre los usuarios de permanecer activos y comentándose unos a otros.

Además, escribir sabiendo que casi todo el mundo podrá leerlo y además con un límite de caracteres afecta al contenido del mensaje. Escribimos simplificando nuestras ideas y con ganas de que mucha gente diga “me gusta” (aunque sea que has suspendido un examen). De hecho, para algunos ha dejado de ser una herramienta más de comunicación y se ha convertido algunas veces en un fin. Hay cosas hechas exclusivamente para ser colgadas. ¿Quién no ha oído expresiones como “foto tuenti”?

De todas formas, no hay que olvidar que Facebook es una base de información increíblemente poderosa. Gracias a su estrategia “win to win”, consistente en proporcionar información y vías de interacción con sus usuarios a terceras partes, cada vez es una plataforma más completa [4]. Puedes mostrar tus actualizaciones de fotolog, de tu blog, importar contactos o simplemente decir que te gusta una página web con un clic. Te ponen increíblemente fácil el volcar tu vida entera en tu muro. Y no olvides que todo lo que cuelgas deja de ser tuyo y queda almacenado. Incluso asusta un poco la primera vez que te conectas por las suposiciones cada vez más acertadas que el sistema hace de quienes son tus amigos. Aunque hayas intentado mantenerte aparte de Facebook, con sólo unas pequeñas pistas te sitúa perfectamente dentro de tu red social.

Por esto cada vez más gente tiene nombres no reales (o ligeramente modificados) dentro de estas redes para evitar ser fácilmente localizable, especialmente por empresas donde te gustaría trabajar. Eric Schmidt, CEO de Google, comentó hace casi un año en una entrevista [5] que piensa que en el futuro todos nos tendremos que cambiar el nombre después de la adolescencia para borrar las huellas que hayamos dejado en nuestro pasado, o no encontraremos trabajo. No tan relajado ni virtual como parecía, ¿verdad?

Referencias

[1] Ten Years of (Everyday) Life on the Screen: A Critical Re-reading of the Proposal of Sherry Turkle. Julio Meneses Naranjo.

[2] Entrevista a Sherry Turkle. PBS, Digital Nation.

[3] Is Google Making us Stupid? Nicholas Carr, The Atlantic

[4] La estrategia Win to Win de Facebook. Sociología y redes sociales.

[5] Google and the Search for the Future. Holman W. Jenkins Jr. The Wall Street Journal

2 Comments

  1. Si, está muy bien el ártículo. Tiene muchas cosas interesantes, como la descripción del principios… es que es realmente así! Es tremendo.
    También están muy bien las citas al final del artículo, queda muy profesional, imitando el formato de citas en los libros.
    Y gracias por la mención a mi blog. Lo interesante del ‘win to win’ es que no es realmene un win to win, sino que a la larga el grande gana porque siempre gana un poco más. Es matemáticamente dífícil de explicar, pero es más o menos la idea
    Un Saludo,
    Javier.

  2. Ah! hecho de menos en vuestro blog un apartado de “about” o de “autores” o algo similar, xq parece una inicitativa muy interesante pero sin eso, se queda en algo que no se sabe bien qué es… ;)

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