Roles de género y libertad sexual: hacia la abolición del género psicológico

Los roles de género son estereotipos que describen el comportamiento esperado de cualquier individuo perteneciente a uno de los dos grandes colectivos de la humanidad: los bosones y los fermiones. Los bosones son más fuertes y brutos que los fermiones. A los fermiones les gustan las muñecas y cocinar. A los bosones les gustan los deportes y los coches y llevan pantalones y el pelo corto. Los fermiones son coquetos, presumen de sus enormes melenas y verdaderamente les encantan los zapatos.

Todas estas tonterías irracionales están tan taladradas en nuestros pobritos cerebros que a veces es difícil pensar en un bosón vestido de rosa y un fermión vestido de azul. Digo que son tonterías porque no me parece que haya nada intrínsecamente femenino (en el sentido biológico) en vestir de color rosa. Las únicas diferencias intrínsecamente indiscutibles entre bosones y fermiones son de origen fisiológico. Algunas saltan a la vista, otras son más sutiles y sólo pueden observarse a base de microscopio. Pero no hay nada más allá de la fisiología que no haya sido impuesto por la cultura implacable en la que estamos sumergidos. La gran pregunta sobre los roles de género es, entonces, ¿qué parte del estereotipo cultural está basado en comportamientos reales derivados de las diferencias fisiológicas? ¿Tiene algo la testosterona que hace que a los bosones nos guste más el azul que el rosa, los deportes más que la peluquería, arreglar el tejado más que cocinar?

Puede que me equivoque, y la verdad es que no puedo ofrecer pruebas que respalden mi opinión, pero yo creo que no. Yo creo que, salvo una lista diminuta de pequeñas diferencias a nivel de comportamiento y que son sólo observables de forma local (por ejemplo, la testosterona impulsa a los bosones a ser competitivos durante cortos períodos de tiempo, pero el efecto es transitorio y el bosón recupera control sobre sus impulsos después de “un ratito” (existe un delta de té tal que…)). Por tanto me inclino a pensar que es nuestra cultura y no nuestra naturaleza intrínseca (y aquí hay que andar con cuidado, porque la cultura humana es, al fin y al cabo, el resultado de integrar nuestra naturaleza libre a lo largo del tiempo y de las circunstancias naturales del pasado; la distinción es, pues, importante no en cuanto a “qué es intrínsecamente humano” si no en cuanto a “de qué comportamientos y estereotipos podemos deshacernos si coartan nuestra libertad”) la que es responsable de la vasta mayoría del contenido de los roles de género. Puesto en palabras más analíticas, me parece que si un colectivo humano creciera completamente aislada de nuestros prejuicios de género, no observaríamos grandes diferencias entre el comportamiento, gustos o inclinaciones de bosones y fermiones (i.e. las diferencias entre los dos sexos no serían mayores que las diferencias entre individuos del mismo sexo). Por supuesto esta opinión, aunque controvérsica, no introduce nada nuevo. Y el propósito de este artículo no es intentar convencer a nadie de que los roles de género son los padres.

El propósito de este artículo es analizar la reformulación del género que se han llevado a cabo los colectivos que sí son partícipes de la opinión de que los comportamientos de género son una consecuencia de la herencia cultural. El fenómeno es un poco similar al período de relajación moral que sigue al nihilismo: una vez que nos damos cuenta de que los roles de género no nos definen como personas (es decir, que porque sea un bosón no tiene ni que gustarme el deporte ni el azul ni leches), tratamos de llenar el vacío de forma apresurada y fallamos a la hora de lavarnos el cráneo de unos prejuicios de género que siguen, aunque lo neguemos, taladrados en el fondo de nuestros hipotálamos. Y esa actitud dual del género-no-existe-pero-sí-existe es la que nos ha llevado, me parece a mí, a describir a humanos de formas tan grotescas (y perdón por la crudeza) como “un bosón en el cuerpo de un fermión”, o viceversa. Si los roles de género son un engendro cultural y prejuicioso, lo único que diferencia al bosón del fermión es el cuerpo, puesto que incluso las diferencias a nivel de comportamiento tienen un origen hormonal y por lo tanto fisiológico. Un fermión no puede estar, de ninguna de las maneras (a única excepción de los contadísimos casos en los que la fisiología no cae en ninguna de las dos categorías biológicas), en el cuerpo de un bosón: un fermión es fermión en tanto a que su cuerpo es un cuerpo de fermión y lo demás son pamplinas. Lo que realmente se quiere decir con que alguien es “un fermión en el cuerpo de un bosón” es que ese alguien es un bosón cuyos gustos, y/o preferencias, y/o actitudes, y/o sentimientos, están más cerca del estereotipo de fermión que del estereotipo de bosón. El abuso del lenguaje de la expresión “bosón en cuerpo de fermión” no hace más que reconfirmar el estereotipo irracional y dañino del que intentamos despegarnos. Esa misma dualidad se observaba en el comportamiento de (y todavía se observa en las expectativas hacia) los homosexuales en los años 80, que tendían a ser “afermionizados” si eran bosones y “maribosones” si eran fermiones. Comportamientos colectivos absurdos y estereotípicos que reflejan un abandono parcial (y no total) de los prejuicios de género. Roles que reemplazan a los viejos roles, y que sólo se disipan realmente cuando intentamos despegarnos de toda la influencia que la cultura casposa ha ejercido sobre nuestra visión de la sexualidad humana de una forma crítica.

Como al final del nihilismo, tras el total despego del prejuicio sólo nos queda una ausencia de definiciones, un vacío: una libertad. Al fin y al cabo, lo que tan mal expresan los adolescentes cuando dicen “osea tío yo no me defino a través de una etiqueta”. Lesbiana, gay, transexual, bisexual, cisexual, queer, travestí… las siglas LGTB han acabado agregando tantas etiquetas que la única forma de englobarlas a todas sin ignorar ninguna minoría ha sido añadir un “+”. Y, como en cualquier modelo que necesite tantas definiciones y subdefiniciones, la complejidad de la notación del colectivo LGTB+ revela su inadecuación para describir una realidad que la desborda. Si soy un bosón al que le gusta vestirse como un fermión pero todavía me gusta besar fermiones y quiero ponerme tetas pero no operarme el pene no soy un “heterotransvestitetudo”, soy un individuo con preferencias un poco exóticas y tan inclasificables como cualquiera de las variaciones de esas preferencias. La sexualidad humana es, afortunadamente, demasiado rica para ser descrita a través de etiquetas.

El modelo clásico de los bosones y los fermiones caducó cuando decidimos afirmar abiertamente que a los bosones les puede gustar dar besos a los bosones. El de las lesbianas y los gays caducó cuando nos dimos cuenta de que un gay no está necesariamente “afermionizado”, ni tienen necesariamente por qué gustarle sólo los bosones. Uno tras otro, los estereotipos sexuales han ido cayendo según se hacía evidente su falta de capacidad para englobar la realidad del espacio continuo y multidimensional que describe la sexualidad humana. Aunque la intención de los LGTB+s es precisamente denunciar esa complejidad, la etiquetación sistemática desnaturaliza la sexualidad individual, colectivizándola en series de “rarezas” y “fetiches” que son entendidos como “objetos de estudio” que “hay que aprender a tolerar”. Sin embargo, siempre bajo el punto de vista de que el comportamiento de género es una imposición cultural, lo “natural” es la diversidad de gustos y atracciones, y el “caso de estudio” es la rareza de su colectivización. Lo que hay que aprender a tolerar son las actitudes personales que deciden seguir los roles de género impuestos sobre su naturaleza. La liberación sexual no tiene por qué ser tolerada, la liberación sexual es la actitud racional que impera el comportamiento humano.

Por tanto, me parece que hay que enfocar la lucha contra los roles de género de la misma manera que se enfoca la lucha contra los prejuicios raciales: negando radicalmente el estereotipo en lugar de reemplazándolo por otro sistema de etiquetas. El género no puede tener más validez que su relevancia médica y fisiológica. La respuesta no está en pedir al gobierno que acepte “otros géneros otros que bosón y fermión”, la respuesta está en eliminar el género del pasaporte, tal y como eliminamos tiempo atrás la religión o la raza (que a diferencia de la religión sí puede usarse para caracterizar físicamente a una persona).

La pregunta que sigue abierta, es, entonces, ¿cuál es el sentido de las operaciones de cambio de sexo? Si el género psicológico no es más que una construcción social, la “necesidad de cambiar el género fisiológico” sólo puede ser descrita como una frivolidad que obedece de forma ciega a los roles de género impuestos por nuestro entorno cultural. El transexual dice que quiere tener la apariencia de su sexo contrario porque “se siente” del sexo contrario, porque “está atrapado” en el cuerpo equivocado; pero en realidad la trampa no es biológica si no social. El transexual no se siente libre de expresar su personalidad en una sociedad en la que el comportamiento de género está gravado con fuego en los cerebros de sus gentes. Pero adaptar nuestro cuerpo a los estereotipos sociales no es más revolucionario que reprimir nuestra sexualidad.

Por tanto, y siempre que aceptemos que la única diferencia entre bosones y fermiones es puramente fisiológica, creo que los activistas por la liberación sexual deben cambiar su actitud política en la forma en la que se aborda el problema de los roles de género: los colectivos LGTB+ deben dejar de caracterizar cada preferencia sexual como un fenómeno minorista “que se había ignorado hasta el momento” y aceptar que la sexualidad es un continuo complejo y multidimensional (i.e. focalizar la luchar en la abolición del género psicológico). Por otra parte, el transexual debe plantearse si está siendo víctima de una imposición cultural antes de someterse a una operación quirúrgica. No hay razón para prohibir o dejar de financiar las operaciones, pero el camino a la libertad sexual no está en fomentar el cambio de sexo como cura milagrosa y necesaria contra la opresión social, si no en promover la naturalización de “no encajar” en un rol sexual específico, O, llevando un poco las cosas al extremo, publicitar lo antinatural de encajar en ellos.

Que no decidan por ti

En estos últimos meses hemos asistido a una explosión sin precedentes de la actividad política en nuestras ciudades y plazas, protagonizada por ciudadanos y ciudadanas como nosotros, y en especial por los jóvenes. Una explosión de la que quizá no esté aún totalmente clara la finalidad, si realmente conseguirá un cambio real y revolucionario en nuestra trayectoria democrática o se quedará en una mera anécdota en los libros de historia. Desde mi punto de vista, pase lo que pase y aunque la llama se vaya extinguiendo poco a poco, lo que sí se ha conseguido es que mucha gente se haya despertado y se haya unido a las reivindicaciones y luchas que ya existían desde hace más o menos tiempo. Crear redes y fomentar el intercambio de opiniones e ideas, casi siempre productivo. Y si no, que levante la mano quien no haya tenido y escuchado más de una discusión sobre política a raíz de todo esto.

Hablando con amigos y conocidos de lo que está pasando me di cuenta de una realidad bastante chunga: no estamos acostumbrados a defender nuestras ideas frente a gente que tiene opiniones muy distintas o casi opuestas a las nuestras. Estamos acostumbrados a criticar lo que hacen los demás desde las sombras, a premiar o castigar con nuestro voto o simplemente poniendo verde al político de turno a la luz de una cerveza, rodeados de amigos que esperamos que nos apoyen y asientan. Leemos habitualmente determinados periódicos y blogs de información porque se ajustan a nuestro punto de vista y nos permiten reafirmarnos en nuestra opinión o enfoque ideológico, tachando de sesgados y hasta manipuladores a los que defienden posturas diferentes u opuestas. Es relativamente fácil opinar cuando sabemos que no corremos el riesgo de que nos rebatan con argumentos directos que nos obliguen a fundamentar nuestra opinión en tiempo real. A la hora de enfrentarse a una discusión, bastantes prefieren medios digitales donde uno puede escribir tranquilamente y apoyarse en el anonimato.

A lo que no estamos acostumbrados es a enfrentarnos directamente a un grupo heterogéneo de gente, cada uno con sus propias ideas y opiniones arraigadas, a coger un micrófono y tratar de convencerlos con nuestros argumentos de cuál es el mejor camino a seguir. Este “yuyu” que muchos tenemos a participar con opiniones disidentes en asambleas provoca a menudo que se potencie el crecimiento de un pensamiento unificado y carente de crítica, que es casi siempre negativo. Seguro que alguna vez habréis escuchado “se les está yendo de las manos” o “esto que se está haciendo está mal, se debería hacer así y no asá” de boca de gente que no va a las asambleas, o va y no participa activamente, que acaba largándose desencantada y no vuelve.

Es precisamente esta gente con opiniones críticas la que más necesaria es dentro de un movimiento político y social emergente y en construcción. Si ellos no participan, los que quedarán serán “los de siempre”, los que llevan mucho tiempo en la movida y las multitudes no les asustan ya, los que han estado ahí desde el principio y por lo tanto se sienten más cómodos con las decisiones en las que ellos mismos han participado.

De todo esto quisiera hacer dos lecturas. La primera, que todos tenemos que aprender a ser más receptivos con las ideas que son diferentes o contrarias a las nuestras. En ocasiones vemos como alguien se atreve a lanzar alguna propuesta controvertida como podría ser “¿por qué la gente de 15M no forma un partido político?” y de repente le empiezan a llover los abucheos y los tomates, en lugar de lloverle jugosos argumentos por los cuales aceptar (o rechazar) esa propuesta. No se puede construir un movimiento político-social realmente inclusivo tan sólo apoyado en sentimientos viscerales y consignas incendiarias sin una reflexión detrás, que lo único que consiguen es espantar a la gente que más podría aportar.

La segunda, que hay que acostumbrarse y perder el miedo a discutir, y también a perder discusiones; un miedo quizá potenciado por la educación que recibimos en las escuelas, donde lo que prima es asimilar una serie de conocimientos y procedimientos y no tanto la reflexión crítica. Como ciudadanos responsables de nuestra realidad política tenemos el deber de darle forma a nuestro futuro si no queremos que, como siempre, otros tomen las decisiones por nosotros.

Homo corbatus

Cuando hablamos de crisis económicas, desigualdades sociales, gente viviendo en la calle y derivados, a muchos nos viene a la cabeza que los responsables de todo pertenecen a una raza distinta de la nuestra: el “homo corbatus”, una especie resultado de una macabra mutación genética, con traje y corbata pero sin escrúpulos, que sólo piensa en engordar su bolsillo y no le importa enviar a la miseria unas cuantas familias con tal de cobrar las primas multimillonarias de rigor.

Quizá nos hayan afectado demasiado el cine de acción y aventuras para todos los cocientes intelectuales, en el que los buenos somos muy buenos y los malos son manifiestamente malos, no se vaya el espectador a confundir y cogerle manía al personaje equivocado.

Siempre farfullamos sobre esos “ricos” que se llevan nuestro dinero y nos tienen siempre en el hoyo, pero la verdad es que no es blanco y negro, ricos y pobres. Es más tirando a gris. La cuestión es que el clasismo que le otorgamos a los distintos puestos laborales a través de las (excesivas) diferencias salariales se traduce inevitablemente en un clasismo dentro de nuestra sociedad. Todos soñamos con acabar trabajando en algo que nos permita una vida cómoda al menos, pero al mismo tiempo existen muchos empleos que son muy necesarios y que, sin embargo, son considerados de más baja categoría y tienen sueldos bastante más bajos que los primeros. Por ejemplo, empleados de la limpieza, cajeros de supermercado o camareros frente a jueces, diputados o controladores aéreos. Por no hablar de presidentes de grandes empresas: el presidente (CEO) de Walmart gana en sólo una hora lo que un nuevo empleado en una de sus tiendas gana en un año [1]. En España al menos, este desequilibrio genera una sobre-saturación de la enseñanza superior, ya que todo el mundo quiere un título para acceder a un trabajo más digno, pero realmente no parece haber trabajo aquí para tantos titulados (así que emigra a otro país).

¿Son los responsables de este clasismo salarial los grandes banqueros, los engreídos políticos? Yo creo que más bien es algo que está inscrito y asimilado por nuestra sociedad. ¿Somos responsables? Desde luego somos cómplices. ¿Somos culpables? No sé. ¿Acaso existen otras formas de estimular a la gente para que estudie, haga bien su trabajo y asuma posiciones de responsabilidad sin ponerle billetes delante, dentro de una sociedad capitalista?

[1] Walmart CEO Pay: More in an Hour Than Workers Get All Year?, Alice Gomstyn, July 2nd 2010, ABCNews. http://abcnews.go.com/Business/walmart-ceo-pay-hour-workers-year/story?id=11067470

La cultura de lo gratuito

Vivimos en una época en la que estamos acostumbrados a que casi cualquier canción, o película, o capítulo de una serie la podemos obtener y disfrutar por un precio virtualmente nulo, y además sin movernos de casa. Y a los que descargamos y compartimos nos gusta este estatus quo, independientemente de legalidades y Leyes Sinde. Si hoy lo tenemos gratis, mañana no vamos a querer tener que pagar por lo mismo.

Echando el ancla al fondo

Una de las claves está en lo que el estudioso de la “economía conductual” Dan Ariely denomina “ancla” [1]. Eso que nos enseñan en el cole de que los precios están regidos por la ley de la oferta y la demanda es mitad mentira hoy en día. Cuando un tipo de producto sale al mercado, su precio inicial se queda “anclado” en la mente de los consumidores por un tiempo y afecta al valor que el consumidor otorga a ese producto. Y da un poco igual si hay mucho o poco, o si hay mucha más gente que lo quiere: si el café del Starbucks cuesta una verdadera pasta, será porque está más bueno que el de una cafetería normal, ¿no?

Pero es que, además, el ancla del GRATIS tiene mucho poder. En su libro Predictably Irrational [1], Dan Ariely presenta varios experimentos en los que se observa como las personas evaluan los pros y los contras de productos con distintos precios, pero si hay una opción que es GRATIS, escogen mayoritariamente esa, sin pensar demasiado en si realmente es la más provechosa.

¿Tan fuerte es el ancla del GRATIS? Un caso curioso es el del pack de juegos The Humble Bundle. Para los que no lo sepan, The Humble Indie Bundle es un conjunto de juegos alternativillos que se podía comprar a un precio variable fijado por el consumidor, desde 0.01$ hasta lo que uno quisiese. Sorprendentemente, a pesar de que se podía pagar algo tan mísero como un penique para tener acceso a los juegos de buenas, había gente que publicaba los códigos de acceso a los juegos en foros. De entre las razones que se discuten en el estudio que hizo la distribuidora sobre la piratería de su producto [2], yo me quedo con la de que la gente es simplemente vaga y prefiere pulsar un enlace directo en un mensaje antes que pararse a teclear el número de su tarjeta bancaria o sucedáneos. Para paliar este problema vagoncio, las tiendas digitales populares como Amazon tienen un sistema para poder comprar con sólo un par de clics, de forma que no tienes mucho tiempo para pensarte dos veces si realmente quieres ese libro o no.

Otra razón podría ser el llamado “evitar tener que arrepentirse”, prima hermana del “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Si te bajas un juego o una peli gratis y luego no te gusta, no pasa nada, era gratis. Pero si pagas por ello, aunque sea un céntimo, y no te gusta o no funciona, te cabreas. Por esto mismo pienso que un servicio de pelis on-line sólo triunfará realmente si ofrece tarifas planas, porque si no la gente no se quitará el miedo a ver pelis una detrás de otra sin temor a sentirse mal por pagar por algo que ha acabado decepcionándoles.

Mejor que gratis

Estamos entrenados para no desembolsar un euro más si no es para conseguir un valor añadido claro. Lo contrario se considera una cagada nuestra, o una estafa del vendedor. Si puedo escuchar la música de Jamendo sin pagarla, ¿para qué donar dinero al artista? ¿No es esto una especie de mendicidad, donde uno ofrece su trabajo gratis y pide unas moneditas, por favor?

¿Pero qué puede tener mejor relación calidad/precio que la infinita de algo gratuito? Cuentan que el fundador del Starbucks Coffee, Howard Shultz, consiguió que la gente se gastase mucho más dinero en el café “redefiniendo” la experiencia de tomar café, consiguiendo que sus cafeterías fuesen distintas al resto, con cafés de aspecto exótico y ambiente modernillo. Transportado a nuestro contexto, consistiría en crear un nuevo tipo de producto del que la gente aún no tenga “ancla” y sea visiblemente mejor que la alternativa gratuita. Como ejemplo canónico, Spotify con su versión gratuita financiada por publicidad, y la de pago sin.

Señores de la industria del cine: bajarse películas por Internet, buscar los subtítulos y toda la pesca es un rollo y está lleno de publicidad pesada. En vez de impulsar leyes que hagan que los espectadores les miren con mala cara, ayuden a que el Spotify de las películas levante vuelo. Ya verán como les va mucho mejor.

Referencias

[1] Predictably Irrational, Dan Ariely, 2008, Harper Collins.
[2] Saving a penny — pirating the Humble Indie Bundle, Mayo 2010, Wolfire Blog,

¿Libertad individual?

Muchas han sido las reacciones de la población en contra de la nueva medida del Gobierno Español de bajar la velocidad máxima permitida en autovías y autopistas de 120 a 110 km/h. Hay quien dice que esa medida no ahorra combustible (que es precisamente el objetivo de la medida) y la verdad es que si sólo atendemos a la explicación de Rubalcaba nadie podría culparnos por pensar eso. Personalmente no me parece mal este escepticismo, al fin y al cabo haremos bien no fiándonos de todo (o nada de) lo que dicen los políticos y los medios de comunicación sobre un tema del que no son expertos (las risas que nos echamos en casa con los titulares sobre descubrimientos en ciencia y salud…). Sin embargo, la gran mayoría de nosotros tampoco lo somos, así que convendría investigar un poco antes de imponer nuestra lógica de andar por casa, buscando qué opina el Instituto para la Diversificación y el Ahorro de la Energía (IDEA) sobre el ahorro de combustible y emisiones de CO2, para comprobar que efectivamente se prevee un ahorro de en torno al 3% [1]. Otra cosa es que no creamos que el ahorro sea suficiente o que el beneficio económico que pueda producir no compense las posibles incomodidades personales que cada uno sufrirá por rebajar un poquito la velocidad.

Hay otros muchos argumentos en contra, la mayoría con motivación política, en lo cual no me meto, pues ya conocemos todos las reglas del juego. Sin embargo, hay un argumento que me irrita especialmente, y por lo visto también a columnista de Público Isaac Rosa [2] : “Esta medida atenta contra mi libertad individual de ir a la velocidad que me de la gana“. Resulta extrañamente familiar, ¿verdad? Algo así como “A mí no me gusta que me digan no puede ir usted a más de tanta velocidad, no puede usted comer hamburguesas de tanto, debe usted evitar esto y además a usted le prohíbo beber vino. […] Las copas de vino que yo tengo o no tengo que beber déjame que las beba tranquilamente”. Perlita pronunciada por el señor Aznar hace unos 4 años [3]. Y con personajes como este así nos va, que hasta hace bien poco teníamos el dudoso honor de ser el primer país del mundo en donación de órganos gracias a la cantidad de muertes en carretera [4].

Yo me pregunto, ¿y a santo de qué nos creemos que tenemos ese derecho? Sólo porque nos hayamos comprado un coche que corre a 240 y que con impuestos y peajes financiemos las autopistas por la que conducimos, ¿tenemos derecho a ir a la velocidad que nos venga en gana? ¿A poner en peligro vidas humanas y a despilfarrar recursos? ¿En serio nos creemos que por haber pagado ese dinero tenemos más derechos? Pues no señor, el dinero podrá comprar privilegios, pero no derechos y desde luego no debería eximir de obligaciones. Por el simple hecho de vivir en sociedad estamos obligados a cumplir ciertas normas, por el bien común y para una buena convivencia. Si alguien no quiere cumplir con sus obligaciones, que renuncie a sus derechos y privilegios, y con esto me refiero a cosas tan básicas como entrar en un supermercado y comprar un paquete de pasta por 40 céntimos. Este hecho tan cotidiano no sería posible si no viviésemos en sociedad. ¿Creemos realmente que nuestros 40 céntimos están pagando el cultivo del cereal, la manufacturación y el transporte del producto? Really? Pues no estaría mal echarle un ojo a “The Story of Stuff“ [6].

Hay quien ha comparado esta medida con la situación en Cuba, totalmente fuera de lugar, pero sin embargo sí que se podría encontrar una analogía, pero no en la represión sino en la mala comunicación. Estoy pensando en la célebre bloguera cubana Yoani Sánchez [5] y un post que escribió en el que contaba cómo las autoridades habían entrado en su casa para quitar todas las bombillas incandescentes para sustituirlas por bombillas de bajo consumo. Ella, indignadísima, y en un acto de resistencia, se había guardado una bombilla para ponerla cuando quisiera, para disfrutar de su derecho a leer con una „luz bonita“. Ejemplo de lo que se obtiene cuando se impone una medida completamente justificada y lógica pero sin ninguna explicación: un rechazo absurdo.

Si en Cuba sufren de una extremada limitación de la libertad individual, en los países capitalistas pecamos de un ilusorio exceso de ella. Se nos ha creado la ilusión de que sólo por tener dinero, por pagar, tenemos derecho a cualquier cosa, que el dinero puede comprarlo todo. Esta ley de la selva pone como valor supremo la libertad individual, defendida por partidos como P-Lib [7]. Esto es muy tentador, pero en mi opinión, insostenible para la vida en comunidad. Si “mi libertad acaba donde empieza la de los demás“, ¿cómo fijar ese límite? Hay que encontrar un equilibrio entre libertad individual y compromiso con la sociedad, pero no es tarea fácil. Esta apología de la libertad individual por delante de todo nos conduce a un egoísmo exagerado y nos hace olvidar los más fundamentales valores de la vida en comunidad, y ¿por qué no decirlo?, el amor al prójimo.
¿Que por qué hay que amar al prójimo? Pues, ¿no se vive mejor? ¿No es mucho mejor que el funcionario de turno nos atienda con amabilidad en cada una de las etapas del mar de burocracia? ¿No es mejor que el señor frutero nos dé los buenos días y nos recomiende las fresas más jugosas? No es por ir al cielo, no porque lo dijera (o no) Cristo, sino simplemente porque se vive mejor, se vive mejor si entras en un bar y el de al lado no te echa el humo en la cara, se vive mejor si el aire de tu ciudad no está contaminado, se vive mejor si del ahorro de hoy nos beneficiamos mañana, se vive mejor si la sociedad entera no tiene que pagar el precio de tu libertad individual.

Referencias

[1] http://www.escolar.net/MT/archives/2011/02/%C2%BFcuanto-se-ahorra-con-los-110-kmh.html

[2] http://blogs.publico.es/trabajarcansa/2011/03/06/ahorrar-energia-es-cosa-de-pobres/

[3] http://www.elpais.com/articulo/espana/Aznar/Dejame/beba/tranquilamente/elpepuesp/20070503elpepunac_17/Tes

[4] http://www.publico.es/detalle-imagen/355662/?c=http://www.publico.es/ciencias/355662/la-tasa-de-donantes-desciende-al-nivel-de-2001

[5] http://www.desdecuba.com/generaciony/

[6] http://www.youtube.com/watch?v=LgZY78uwvxk

[7] http://www.p-lib.es/ideas-politicas/marco-ideologico/

Planificación Encefalográmica Asistida

Por simplicidad, voy a restringirme a lo local, y a soltar, como el que no quiere la cosa, la siguiente barbaridad: ¡España se hunde!

¡No! ¡No son los catalanes! ¡Ni los gallegos! ¡Ni siquiera los vascos! Es la puta televisión. Bueno, no sólo. Pero pretender abarcar todos los factores que han podrido la estructura interna del pensamiento social es pasarse de listo. Describir, al menos, uno, no debería llevar más de medio artículo. ¡Así que allá vamos!
¡Espera, espera! ¡¿Y el otro medio artículo?! Las consecuencias, naturalmente. Ídem. Recorrer cada una de las consecuencias de nuestra actividad mental roce la línea recta es tan descabellado como absurdo. Además, muchas de ellas son de libre interpretación, y podríamos no estar de acuerdo en juzgarlas de forma positiva o negativa. Y no está el patio para más disgustos y desacuerdos. Me parece suficiente ejemplo el más grave de todos: la política. ¡Buf! ¡Y no querías enemistarte! Take it easy! Hay una cosa en la que sí estamos de acuerdo todos los españoles: la política en este país es una mierda. Con una actitud así, no debería desagradar a nadie… ¡por el momento!

¡Al tajo! ¡Belén Esteban! No nos equivoquemos. Decir que “toda la televisión que ven los que no soy yo es una mierda” es patético, y en general, incorrecto. Pero no entremos en los lares de la discordia. Me parece más interesante comentar algo en lo que todos estamos de acuerdo: el declive. Es delicioso hablar de declives y malignidades crecientes, y en esta industria hay más carnaza que focos. Por poner un ejemplo creciente, ¿cómo puede ser que el único programa de informativos 24 horas de este país que no está subvencionado se haya transformado en… un Gran Hermano 24 horas? ¿Es que a nadie le extraña?

Oh, sí, muy extrañados. Incluso Buenafuente dijo algo sobre eso. Todo culpa de telecinco.

La televisión es un negocio. Los intereses de una compañía tan grande como telecinco no son puramente ideológicos. ¿Alguien se explica por qué pueden Los Simpsons arrojar ácido a los productores de la Fox sin salir cancelados? ¡DINERO! En España, salvo por la caspa, las cosas no funcionan de forma muy diferente. CNN+ lleva varios años sin ser un canal rentable, perdía pasta, como los coches de Vallecas. En realidad, era esperable que cerrara. Lo que impacta es más bien que, en lugar de un canal de noticias más telecinquesco, nos hayan plantado un Gran Hermano en toda la napia. Siguiendo el mismo razonamiento que antes, no le costará mucho imaginar al querido lector, que probablemente esa gente que parece tener tantas monedas haya hecho un estudio detallado sobre el tema, y haya decidido que estaba apostando por la opción más rentable. Más espectadores, en televisión, significa más dinero. Ya sabéis qué ve vuestro vecino antes de irse a dormir.

Este ejemplo es altamente generalizable. El programa ese de Sobera, el 50×15, no se convirtió en “El rival más débil” porque la televisión sea Satanás tridente en mano. Fue porque algún tipo listo pensó que, insultando a los concursantes, tendrían una mayor audiencia. Y tenía razón. Tanta que “El rival más débil” ha acabado convirtiéndose en un concurso en el que al que osa a participar le hacen preguntas comprometidas hasta que se aseguran de que su familia no va a hablarle jamás. Me han contado que el público se lo pasa de puta madre.

Tardes enteras de parrillas repletas de tertulias en las que la gente ha pasado de hablar sobre “cómo llevar una vida sana”, o de “qué niño tiene el perro más relindo”, a la vida privada de una elite del mal gusto que se lo pasa pipa con su trabajo, y aterrizando finalmente en la feliz morbosidad de los insultos y los tirones de pelo. La valoración del espectáculo es mayor cuantas más lágrimas furiosas escupa el invitado. El cinismo es garantía de éxito.

Entre tanto, cuanta más mierda le meten, más mierda el espectador quiere ver. Va transformando su apacible serenidad, y su amabilidad con los vecinos en una oscura mezquindad quejumbrosa, tal y como la televisión parece mostrar que es normal comportarse. Frente al torrente de falsas emociones y sentimientos violentos, la cultura y la música parecen paisajes aburridos. El ciclo de la televisión se completa. Ella nos nutre de alicientes destructivos, y nosotros a ella.

Al español ya no le brillan los ojos cuando, fruto del esfuerzo de toda una generación, un político electo sale hablando en la televisión. No puede competir con el hito periodista de la prensa rosa. Ha llovido mucho desde la transición. Los largos debates políticos y las innecesarias argumentaciones del congreso aburren al espectador. La política seria ya no satisface a nadie.

(Párrafo fabulado) El político, hombre ególatra por definición, se siente ignorado por el país que gobierna, y sólo puede hacer una cosa para recuperar la atención que le pertenece. Se vuelve estúpido. Se vuelve mezquino y arrogante. Adopta las tácticas de Mariñas. Convierte el insulto en su arma y relega a segundo plano las argumentaciones inteligentes, que finalmente, por desuso, deja de plantear. La oposición ya no puede permitirse trabajar hacia adelante en la construcción del país, ya sólo queda la réplica fácil y el criticismo. La palabra “populismo” resuena entre león y león en la carrera de San Jerónimo. Y cuidado, no es que los partidos políticos sean estúpidos. Es que los hemos estupidizado.

Pero ellos, a su vez, nos devuelven el favor. Igual que nadie quiere ver un partido de fútbol sin mostrarle simpatía a ningún equipo, ya que hay insultos en el congreso, el español medio se afilia virtualmente a uno de estos partidos. Como no hay argumentos, se sostiene la posición de forma totalmente irracional. Quizá un día puedas admitir que el portero del PSOE estuvo un poco flojo ese día. Pero es tu equipo y… ¡qué diablos! Y si lo hacen muy mal, te cambias de equipo, que para eso hay dos. Y estés donde estés, todo lo que haga el oponente es falta, y todo lo que diga Belén Esteban es música celestial. Y según dejamos de ser críticos con la política, más se estupidiza.

Y en algún día de Abril del 2012 uno de estos españoles medios recibe una carta del ayuntamiento. Es una confirmación del censo, en la que especifica dónde tiene que ir a votar. Y quizá este español medio, en un momento de lucidez, se olvide de la intoxicación mediática que le posee y se pare un momento a plantearse a quién va a votar. El fanatismo se desvanece por un momento y el español medio se queda solo ante el peligro intelectual. Y es terrible. Se da cuenta de que ya no hay salida, de que eso no va a salir bien. De que España se hunde. Y no es Al Qaeda, ni los vascos. Ni siquiera los catalanes. Al pobre español medio, abatido por la inmensidad de lo que se le viene encima, sólo se le ocurre una solución. Encender un rato la televisión, y desconectar un rato de esos pensamientos tan inquietantes.

Mientras tanto, las estadísticas dicen que hay más de cuatro millones de parados en España. El PIB per cápita ha disminuido un 4% en los últimos tres años Los precios han aumentando un 5.6%.

Menos mal que nos queda el Portugal.