Roles de género y libertad sexual: hacia la abolición del género psicológico

Los roles de género son estereotipos que describen el comportamiento esperado de cualquier individuo perteneciente a uno de los dos grandes colectivos de la humanidad: los bosones y los fermiones. Los bosones son más fuertes y brutos que los fermiones. A los fermiones les gustan las muñecas y cocinar. A los bosones les gustan los deportes y los coches y llevan pantalones y el pelo corto. Los fermiones son coquetos, presumen de sus enormes melenas y verdaderamente les encantan los zapatos.

Todas estas tonterías irracionales están tan taladradas en nuestros pobritos cerebros que a veces es difícil pensar en un bosón vestido de rosa y un fermión vestido de azul. Digo que son tonterías porque no me parece que haya nada intrínsecamente femenino (en el sentido biológico) en vestir de color rosa. Las únicas diferencias intrínsecamente indiscutibles entre bosones y fermiones son de origen fisiológico. Algunas saltan a la vista, otras son más sutiles y sólo pueden observarse a base de microscopio. Pero no hay nada más allá de la fisiología que no haya sido impuesto por la cultura implacable en la que estamos sumergidos. La gran pregunta sobre los roles de género es, entonces, ¿qué parte del estereotipo cultural está basado en comportamientos reales derivados de las diferencias fisiológicas? ¿Tiene algo la testosterona que hace que a los bosones nos guste más el azul que el rosa, los deportes más que la peluquería, arreglar el tejado más que cocinar?

Puede que me equivoque, y la verdad es que no puedo ofrecer pruebas que respalden mi opinión, pero yo creo que no. Yo creo que, salvo una lista diminuta de pequeñas diferencias a nivel de comportamiento y que son sólo observables de forma local (por ejemplo, la testosterona impulsa a los bosones a ser competitivos durante cortos períodos de tiempo, pero el efecto es transitorio y el bosón recupera control sobre sus impulsos después de “un ratito” (existe un delta de té tal que…)). Por tanto me inclino a pensar que es nuestra cultura y no nuestra naturaleza intrínseca (y aquí hay que andar con cuidado, porque la cultura humana es, al fin y al cabo, el resultado de integrar nuestra naturaleza libre a lo largo del tiempo y de las circunstancias naturales del pasado; la distinción es, pues, importante no en cuanto a “qué es intrínsecamente humano” si no en cuanto a “de qué comportamientos y estereotipos podemos deshacernos si coartan nuestra libertad”) la que es responsable de la vasta mayoría del contenido de los roles de género. Puesto en palabras más analíticas, me parece que si un colectivo humano creciera completamente aislada de nuestros prejuicios de género, no observaríamos grandes diferencias entre el comportamiento, gustos o inclinaciones de bosones y fermiones (i.e. las diferencias entre los dos sexos no serían mayores que las diferencias entre individuos del mismo sexo). Por supuesto esta opinión, aunque controvérsica, no introduce nada nuevo. Y el propósito de este artículo no es intentar convencer a nadie de que los roles de género son los padres.

El propósito de este artículo es analizar la reformulación del género que se han llevado a cabo los colectivos que sí son partícipes de la opinión de que los comportamientos de género son una consecuencia de la herencia cultural. El fenómeno es un poco similar al período de relajación moral que sigue al nihilismo: una vez que nos damos cuenta de que los roles de género no nos definen como personas (es decir, que porque sea un bosón no tiene ni que gustarme el deporte ni el azul ni leches), tratamos de llenar el vacío de forma apresurada y fallamos a la hora de lavarnos el cráneo de unos prejuicios de género que siguen, aunque lo neguemos, taladrados en el fondo de nuestros hipotálamos. Y esa actitud dual del género-no-existe-pero-sí-existe es la que nos ha llevado, me parece a mí, a describir a humanos de formas tan grotescas (y perdón por la crudeza) como “un bosón en el cuerpo de un fermión”, o viceversa. Si los roles de género son un engendro cultural y prejuicioso, lo único que diferencia al bosón del fermión es el cuerpo, puesto que incluso las diferencias a nivel de comportamiento tienen un origen hormonal y por lo tanto fisiológico. Un fermión no puede estar, de ninguna de las maneras (a única excepción de los contadísimos casos en los que la fisiología no cae en ninguna de las dos categorías biológicas), en el cuerpo de un bosón: un fermión es fermión en tanto a que su cuerpo es un cuerpo de fermión y lo demás son pamplinas. Lo que realmente se quiere decir con que alguien es “un fermión en el cuerpo de un bosón” es que ese alguien es un bosón cuyos gustos, y/o preferencias, y/o actitudes, y/o sentimientos, están más cerca del estereotipo de fermión que del estereotipo de bosón. El abuso del lenguaje de la expresión “bosón en cuerpo de fermión” no hace más que reconfirmar el estereotipo irracional y dañino del que intentamos despegarnos. Esa misma dualidad se observaba en el comportamiento de (y todavía se observa en las expectativas hacia) los homosexuales en los años 80, que tendían a ser “afermionizados” si eran bosones y “maribosones” si eran fermiones. Comportamientos colectivos absurdos y estereotípicos que reflejan un abandono parcial (y no total) de los prejuicios de género. Roles que reemplazan a los viejos roles, y que sólo se disipan realmente cuando intentamos despegarnos de toda la influencia que la cultura casposa ha ejercido sobre nuestra visión de la sexualidad humana de una forma crítica.

Como al final del nihilismo, tras el total despego del prejuicio sólo nos queda una ausencia de definiciones, un vacío: una libertad. Al fin y al cabo, lo que tan mal expresan los adolescentes cuando dicen “osea tío yo no me defino a través de una etiqueta”. Lesbiana, gay, transexual, bisexual, cisexual, queer, travestí… las siglas LGTB han acabado agregando tantas etiquetas que la única forma de englobarlas a todas sin ignorar ninguna minoría ha sido añadir un “+”. Y, como en cualquier modelo que necesite tantas definiciones y subdefiniciones, la complejidad de la notación del colectivo LGTB+ revela su inadecuación para describir una realidad que la desborda. Si soy un bosón al que le gusta vestirse como un fermión pero todavía me gusta besar fermiones y quiero ponerme tetas pero no operarme el pene no soy un “heterotransvestitetudo”, soy un individuo con preferencias un poco exóticas y tan inclasificables como cualquiera de las variaciones de esas preferencias. La sexualidad humana es, afortunadamente, demasiado rica para ser descrita a través de etiquetas.

El modelo clásico de los bosones y los fermiones caducó cuando decidimos afirmar abiertamente que a los bosones les puede gustar dar besos a los bosones. El de las lesbianas y los gays caducó cuando nos dimos cuenta de que un gay no está necesariamente “afermionizado”, ni tienen necesariamente por qué gustarle sólo los bosones. Uno tras otro, los estereotipos sexuales han ido cayendo según se hacía evidente su falta de capacidad para englobar la realidad del espacio continuo y multidimensional que describe la sexualidad humana. Aunque la intención de los LGTB+s es precisamente denunciar esa complejidad, la etiquetación sistemática desnaturaliza la sexualidad individual, colectivizándola en series de “rarezas” y “fetiches” que son entendidos como “objetos de estudio” que “hay que aprender a tolerar”. Sin embargo, siempre bajo el punto de vista de que el comportamiento de género es una imposición cultural, lo “natural” es la diversidad de gustos y atracciones, y el “caso de estudio” es la rareza de su colectivización. Lo que hay que aprender a tolerar son las actitudes personales que deciden seguir los roles de género impuestos sobre su naturaleza. La liberación sexual no tiene por qué ser tolerada, la liberación sexual es la actitud racional que impera el comportamiento humano.

Por tanto, me parece que hay que enfocar la lucha contra los roles de género de la misma manera que se enfoca la lucha contra los prejuicios raciales: negando radicalmente el estereotipo en lugar de reemplazándolo por otro sistema de etiquetas. El género no puede tener más validez que su relevancia médica y fisiológica. La respuesta no está en pedir al gobierno que acepte “otros géneros otros que bosón y fermión”, la respuesta está en eliminar el género del pasaporte, tal y como eliminamos tiempo atrás la religión o la raza (que a diferencia de la religión sí puede usarse para caracterizar físicamente a una persona).

La pregunta que sigue abierta, es, entonces, ¿cuál es el sentido de las operaciones de cambio de sexo? Si el género psicológico no es más que una construcción social, la “necesidad de cambiar el género fisiológico” sólo puede ser descrita como una frivolidad que obedece de forma ciega a los roles de género impuestos por nuestro entorno cultural. El transexual dice que quiere tener la apariencia de su sexo contrario porque “se siente” del sexo contrario, porque “está atrapado” en el cuerpo equivocado; pero en realidad la trampa no es biológica si no social. El transexual no se siente libre de expresar su personalidad en una sociedad en la que el comportamiento de género está gravado con fuego en los cerebros de sus gentes. Pero adaptar nuestro cuerpo a los estereotipos sociales no es más revolucionario que reprimir nuestra sexualidad.

Por tanto, y siempre que aceptemos que la única diferencia entre bosones y fermiones es puramente fisiológica, creo que los activistas por la liberación sexual deben cambiar su actitud política en la forma en la que se aborda el problema de los roles de género: los colectivos LGTB+ deben dejar de caracterizar cada preferencia sexual como un fenómeno minorista “que se había ignorado hasta el momento” y aceptar que la sexualidad es un continuo complejo y multidimensional (i.e. focalizar la luchar en la abolición del género psicológico). Por otra parte, el transexual debe plantearse si está siendo víctima de una imposición cultural antes de someterse a una operación quirúrgica. No hay razón para prohibir o dejar de financiar las operaciones, pero el camino a la libertad sexual no está en fomentar el cambio de sexo como cura milagrosa y necesaria contra la opresión social, si no en promover la naturalización de “no encajar” en un rol sexual específico, O, llevando un poco las cosas al extremo, publicitar lo antinatural de encajar en ellos.

Un país ingobernable

Hace algún tiempo detecté en la portada de El País que los editores nos estaban untando de vaselina a base de edulcorar las maravillas de un teórico pacto entre el PP y el PSOE. Conspiranoico de mí, me pareció que estaba tan tan claro que el pacto se iba a hacer realidad, que El País, salvaguarda socialista por antonomasia (y aún así, 90% de mi exposición a la prensa española), nos estaba vendiendo la moto de que no había cosa más democrática que un pacto entre los dos grandes partidos.

Naturalmente esa paranoia fatídica que habitaba los cavernáculos de mis giros y mis sulcus tenía razón. Al menos parcialmente. Un pacto de gobierno firmado por los dos partidos más votados tiene todo el sentido democrático del mundo, y el único reproche que cabría hacer sería la exclusión del resto de partidos. Pero no. En su lugar, mi cabeza no dejaba de girar en torno al palabro PPSOE y la palabra traición! traición! traición! y qué horror que el PSOE pacte con su archienemigo y viceversa. Y eso que yo no he votado a ninguno de los dos partidos en toda mi vida. Porque si pienso en la gente que sí a votado al PSOE lo que me viene a la cabeza es una masa enfurecida de Springfieldianos con sus antorchas y sus bazucas andando lenta y sonoramente a la sede del PSOE. Y no me parece que el grado de enfurecimiento en la calle Génova fuera a ser distinto.

He empezado esta historia con el PPSOE porque aquellas alucinaciones inducidas por la temática de El País en aquella mañana de Enero fueron las que me llevaron a pensar que la razón por la que no había pacto es que en realidad nadie quiere que haya pacto. Pero el problema no es, ni de lejos, exclusivo de los dos partidos mayoritarios. El fenómeno es perfectamente extrapolable a toda la fauna parlamentaria. La razón es, al menos parcialmente, que la composición política en España está basada en escisiones y conflictos. Me decía el otro día (aunque lleva repitiéndolo desde dónde me llega la memoria) un votante del PP cercano a mi familia, un poco como excusa, que votaba a los de las gaviotas porque eran el partido “menos malo”. La percepción generaliza perfectamente todas las estrategias electorales de los partidos que han sobrevivido al 20 de Diciembre: argumentar que el resto de opciones son mierda de toro. Y es que el electorado no se tragaría el cuento de que un partido es, de hecho, bueno: España no tiene ni un solo político en un cargo digno de mención que supere el cinco sobre diez en los estudios de valoración ciudadana. El humano medio no vota a su partido favorito, vota al partido que menos rabia le da. Y la paridad de esa valoración subprime y la estrategia electoral de “es que Paquita lo hace peor” es un ejemplo más de que el proceso es mucho más democrático de lo que parece: los partidos se comportan como creen que el ciudadano quiere que se comporten. Y yo creo que generalmente juzgan la opinión del electorado relativamente bien.

Por eso no ha de extrañarnos que no haya pacto de gobierno. ¿Realmente quieren los ciudadanos que haya un pacto de gobierno? Mucha gente dice que sí, yo el primero: la falta de consenso en un parlamento dividido es un síntoma inefable del fracaso de la democracia representativa como sistema de gobierno: necesitamos un pacto de gobierno. Está dañando a la economía y a la imagen del país: necesitamos un pacto de gobierno. Pero en realidad se nos caen las melenas cuando sospechamos que nuestro partido menos odiado va a pactar con uno de los partidos que odiamos más que al nuestro. Se nos caen las melenas incluso si son partidos mesuradamente odiados los que están en juego. Cito unos pocos comentarios que he oído hace no mucho tiempo (y con los que, en mayor o menor medida, he llegado incluso a compartir): “sí, sí, el melenas (Pablo Iglesias, por si a alguien se le escapa la referencia después de tanta alopecia; el paréntesis es mío) mucho la casta mucho la casta y ahora va a pactar con los socialistas”; “claro las CUP muy de izquierdas y muchas promesas electorales y ahora todo a la mierda en pro del independentismo fascista”; “lo del PPSOE lo llevamos diciendo desde el 11M: PP, PSOE, misma mierda es”. El mensaje es más o menos el mismo: pactar con el enemigo en pro de los intereses comunes, llegar a una situación de consenso, aceptar que el voto del electorado está fragmentado y que en democracia tenemos que gobernar todos juntos; todo ello se entiende como una traición absoluta a los valores del partido (y por extensión, del votante).

La democracia representativa no puede ser democrática hasta que no se comprenda que no es el papel del partido mayoritario tomar todas las decisiones. Un parlamento fragmentado es un parlamento rico en opiniones que representa, de una forma mucho más precisa, el pensamiento político que España profesa. Necesitamos que nuestros partidos estén a la altura de la complejidad del consenso. Y la toma de decisiones unilaterales no es sólo antidemocrática, es además una fuente de inestabilidad política (me decía el otro día con sorna uno de mis progenitores que cada cuatro años sale una nueva ley de educación… ¿qué otra cosa podemos esperar, si cada cuatro años cambiamos radicalmente de gobierno?) y económica: un cambio pequeño en el electorado se traduce en un cambio desmedido en el gobierno. ¿Qué locura es esa? ¿Cuántos proyectos económicos aprobados por el PP están ahora mismo en pausa, por miedo a que el próximo partido cambie de opinión? Si queremos que la democracia representativa funcione, necesitamos que nuestros partidos empiecen a pensar de forma democrática. Pero, por supuesto, todo esto es obvio. Y por eso utilizamos nuestros insultos más desmedidos y antisutiles para expresar la repugnancia que sentimos por la situación parlamentaria a cuatro meses después de las elecciones.

Y ahí está la clave, en que quizá los gritos de “que no, que no, que no nos representan” se hayan malinterpretado: una de las más viles consecuencias de la representatividad es el despego de responsabilidad que sufre (por ponernos de víctimas) el representado. Parece que no nos damos cuenta de que nuestros partidos hacen, más o menos, lo que nosotros queremos que hagan. Quitando la corrupción y las maniobras sucias, la mayor parte de las cosas que los políticos hacen de forma pública y abierta están inspiradas en lo que la ciudadanía (o al menos el votante objetivo) espera de ellos.

Tengo también la impresión de que se nos da bastante bien, a los votantes quiero decir, ocultarnos a nosotros mismos todo aquello que deseamos pero que en el fondo sabemos que está mal: que nuestro partido obtenga mayoría absoluta para poder imponer las políticas que a nosotros nos parecen adecuadas al resto de la población (por poner un ejemplo en sintonía con este artículo). La fragmentación parlamentaria ha hecho de nuestro país un país ingobernable. Como es innegable que, por sí misma, esa fragmentación tiene un valor democrático positivo, creo que tenemos que admitir, cabeza gacha y mirada triste, que el origen último del problema está en la incapacidad de nuestros políticos para ponerse de acuerdo, que no es más que una consecuencia de nuestra propia arrogancia política.

El lector habitual (al menos tan habitual como mi escasa escritura) sabe ya de sobra que no estoy especialmente entusiasmado con la idea de la democracia representativa. Pero desde un punto de vista realista, y citando un poco al Albert en un contexto un poco diferente: no vivimos en tiempos revolucionarios. Los cambios llegarán despacio, y sólo llegarán si conseguimos mantener en mente el destino final. El cambio no puede llegar si la mayor parte de la población no está de acuerdo: tenemos que ser pacientes. La arrogancia política es un defecto abrasivo que se pone de manifiesto una vez más con el atolladero en el que nos encontramos, pero pensar que esa arrogancia política se origina en los políticos es un defecto aún mayor. Desde mi punto de vista, sólo la autocrítica puede llevarnos de vuelta al camino a la democracia. Mientras tanto, seguiremos perdidos en el bosque de la irresponsabilidad y el despego político, seguidos de cerca por las víctimas y causas de nuestras críticas ciegas y desaprensivas.

Brevísima reflexión pre-electoral sobre el mal uso de la palabra democracia

Este es un apunte que hago sólo porque quedan ocho días y me parece que estamos perdiendo el norte. Empiezo con la frase grandilocuente y luego lo explico: “la democracia es una utopía”.

No quiero decir que sea un idealismo, digo que es utópica. Y con eso lo que realmente quiero decir es que ni se puede alcanzar, ni la hemos alcanzado: en otras palabras: que estamos a medio camino. A mí me parecía obvio, pero es que ayer alguien me intentaba demostrar con aires acalorados que la democracia es mejor que el anarquismo. No voy a meterme en los ene niveles de profundidad en los que decir eso es una burrada, me centro en el que me ha llevado a escribir esta brevísima nota: parece que la opinión popular piensa que el sistema de gobierno actual es, simplemente, “democracia”. Y no, no es “democracia”. Lo que es es “democrático”, una forma de democracia. Concretamente: una forma de “democracia representativa”.

Recuerdo como si fuera ayer la declaración de Esperanza diciendo que lo de la “democracia real” no le convencía porque la “democracia” no podía llevar apellidos y cuando los lleva pasan cosas como las “democracias populares” del telón de acero. Es ese nivel de simplismo intelectual el que nos está matando (y perdón por el tono pero es que ya me enfado). ¿Cómo que apellidos? ¿Cómo puede colar que alguien diga que matizar un concepto es una cosa negativa? ¿Es que nos estamos volviendo locos? Que sí, que lo de decir “real” y “ya” es otro simplismo, pero decir que sólo hay una democracia y que esa democracia única que no admite hermanos es la representativa no es un pecado de inocencia, es un pecado de tergiversación calculada.

El siguiente paso es incierto, bien, pero negarse a abrir nuevas puertas sólo nos lleva al estancamiento intelectual y la Edad Media es un ejemplo precioso sobre lo que pasa cuando las civilizaciones no avanzan. La democracia es utópica, porque una democracia pura es imposible (o al menos lo parece en mi cabeza), pero como con cualquier meta utópica, decir que estamos al final del camino es una barbaridad.

Aplicaciones prácticas de esta brevísima nota: pues, para variar, ninguna. Pero creo que tenemos que mantener en mente que somos los Oompa Loompas del autogobierno y que nos queda un larguísimo camino que recorrer, que hay que sacar ya de nuestros cerebros atormentados la arrogancia perezosa del que piensa que ha terminado su trabajo cuando no ha hecho nada más que empezar. Las implicaciones de todo esto para lo que llega en ocho días se dejan a manos del lector, porque me parece que es aquí ya cuando cada tiene que sacar sus propias conclusiones.

Rendimiento universitario y becas

La última propuesta del Gobierno de reforma del sistema de becas universitarias ha provocado un gran debate en torno a la finalidad de estas becas en la sociedad y sus requisitos asociados. Creo que nadie está en desacuerdo con que existan una serie de requisitos académicos que obliguen a los estudiantes beneficiarios de una beca a tener un rendimiento que, por decirlo de alguna manera, reconozca el esfuerzo económico que la sociedad en conjunto hace para posibilitar estas becas. La discusión radica más bien en el nivel de estos requisitos académicos que se exigen, es decir, a qué altura se pone la barrera de acceso a las becas.

Cuenta Wert en La Razón [1] que ha visto que mucha gente no tenía ni idea de que «la beca no sólo consiste en no cobrar las tasas, sino que consiste en dar dinero al estudiante para compensarle que no se incorpore al mercado de trabajo o facilitarle que viva fuera del lugar de su residencia habitual». Pues bien, yo creo que, de la misma manera, también hay mucha gente que no tiene ni idea de que el sistema de becas actual [2] ya incluye múltiples requisitos económicos y académicos para ser beneficiario de estas becas.

En primer lugar, a pesar de que pueda llegar a parecerlo al hablar Wert de forma general de “la beca”, no es cierto que todas las becas incluyan una compensación por no incorporarse al mercado de trabajo. Esta componente, llamada “beca salario” o “ayuda compensatoria”, se reserva únicamente a los casos de familias con menos recursos; por ejemplo, familias de tres miembros (caso de hijo único, ya que se incluyen los padres) que no superen los 10.606€ de renta anual. Igualmente, existen umbrales de renta para las componentes de ayudas de transporte, de residencia o de material.

En segundo lugar, la componente de matrícula de la beca sólo cubre la primera matrícula de cada asignatura. Es decir, si suspendes una asignatura y te vuelves a matricular de ella (por ejemplo, porque es obligatoria), tienes que pagar las tasas completas. Las becas te abandonan en aquellas asignaturas donde tengas dificultades; no se te permite ni un desliz.

En relación a este tema, es importante desmentir otro de los mitos imperantes en el discurso del Gobierno, retratado en este artículo de Esperanza Aguirre [3], que dice que «sin demagogia, podemos afirmar que todos los estudiantes universitarios españoles ya tienen una beca del 75% del coste de sus estudios». Nada más lejos de la realidad. Como se puede comprobar si se lee el famoso RD 14/2012 [4], el límite de matrícula de hasta un 25% del precio total sólo se corresponde a primeras matrículas de grado y de másters habilitantes (de Arquitectura, Derecho, ingenierías y poco más). En el caso de segundas matrículas, es decir, si suspendes el examen de una asignatura una vez y quieres volver a intentarlo, este límite sube hasta un 40% del total, y hasta un 75% en el caso del tercer intento. Si hablamos de másters no habilitantes (como puede ser uno de Informática), la horquilla en primera matrícula ya llega hasta el 50%. Por tanto y con esta información sobre la mesa, podemos afirmar que esta idea de que los fondos públicos ya cubren el 75% de la matrícula de todo estudiante universitario es rotundamente falsa. Y esto sin entrar en la controversia de cómo se calcula el coste de los estudios universitarios y si en realidad los estudiantes están financiando también otros servicios de la universidad no asociados a su docencia [5].

Por otra parte y como ya se avanzaba en la introducción, también existen numerosos requisitos académicos para obtener y mantener la beca. En primer lugar, si se quiere poder acceder a todas las componentes, es necesario matricularse de 60 créditos anuales, es decir, estudiar a tiempo completo. Nada de matriculase de menos asignaturas para que te quede tiempo para trabajar.

Pero aquí viene la bomba. Para poder optar a la beca, se deben haber aprobado en el curso anterior un 90% de los créditos en el caso de Artes y Humanidades o Ciencias Sociales y Jurídicas, porcentaje que se reduce a un 80% en el caso de Ciencias y Ciencias de la Salud y un 65% para Ingenierías y Arquitectura. En el caso de los másteres, se exige una nota media mínima de un 7 o un 6,5 el año anterior, para no habilitantes y habilitantes, respectivamente. En la mayoría de los casos, si el año pasado no conseguiste aprobar un par de asignaturas, puedes decir adios a la beca.

Por otra parte, parece incoherente que, aunque al fijar estos porcentajes se asuma implícitamente que en las carreras técnicas y científicas se suspenden más asignaturas, la beca no cubra en ningún caso las segundas matrículas de asignaturas de estas carreras.

¿No son lo bastante contundentes ya estos requisitos? Pues hay más y jugosos. Uno poco conocido es que la beca sólo cubre durante un año más a la duración programada de los estudios realizados (dos en Arquitectura e ingenierías), y en este caso las cuantías recibidas se reducen a la mitad. Es decir, si los estudios de Física están programados para 5 años, el sexto año la beca se reduciría a la mitad y el séptimo no habría beca. Hay que tener en cuenta que, para muchas carreras, la media real de duración de los estudios es superior a la programada, estadística que no está contemplada suficientemente por este requisito.

Por último, pero no por ello menos importante, si un estudiante becado no aprueba el 50% de los créditos matriculados, tiene que devolver el importe íntegro de la beca, con excepción de las tasas de matrícula. Se acabó eso de matricularse de una carrera, que te vaya fatal el primer año, te cambies a algo que se te dé mejor y te vayas de rositas: ahora te irás además con una bonita deuda.

Con todo lo aquí expuesto, creo que queda más que suficientemente probado que ya existen requisitos bastante contundentes (algunos excesivamente contundentes, en mi opinión) que aseguran que el sistema de becas actual no es un agujero negro de dinero que traga sin control y nunca rinde cuentas. Cuando Wert dice [1] que «la mitad de los estudiantes que ingresan con una nota inferior al 6,5 no acaban graduándose» no debemos preocuparnos tanto por esa mitad que recibe fondos públicos y no se gradua, sino por la mitad que podría dejar de graduarse si le impedimos el acceso a las becas.

[1] http://www.larazon.es/detalle_normal/noticias/2845045/wert-si-no-me-sintiera-apoyado-por-rajoy-no

[2] http://www.boe.es/boe/dias/2012/08/14/pdfs/BOE-A-2012-10850.pdf

[3] http://esperanza.ppmadrid.es/becas/

[4] http://www.boe.es/boe/dias/2012/04/21/pdfs/BOE-A-2012-5337.pdf

[5] http://www.observatoriuniversitari.org/es/2012/05/28/cuanto-paga-el-estudiante/

Sin casa y sin lentejas Homer pierde la cabeza

El problema de la vivienda es uno de los más graves ahora mismo en España. Al mismo tiempo que la burbuja inmobiliaria se señala como una de las principales responsables de nuestra crisis financiera, los desahucios se han convertido en algo cotidiano, dejando cientos de viviendas desocupadas y a la gente en la calle con una deuda que en muchos casos les puede condenar a la exclusión social: sus nombres aparecen en listas de morosos, les embargan las propiedades presentes y futuras, tienen que vivir en casas de amigos y familiares…

A pesar de que ya hace tiempo que las elecciones tuvieron lugar y nuestro país se tiñó de azul, parece interesante revisar las propuestas electorales en materia de vivienda de los distintos partidos. Las ideas constructivas, vengan de donde vengan, merecen la pena ser escuchadas y valoradas si no queremos caer en la ceguera política radical y voluntaria, con las consecuencias que ello conlleva. Este análisis no pretende ser exhaustivo y considerar todas y cada una de las propuestas que se pueden leer en los programas (una labor así llevaría días y muchas letras), sino un resumen de las más significativas que permitan hacerse una idea de las distintas soluciones que plantea (que luego las lleve a cabo es otra cosa) esta gente que aspira a denominarse representante nuestro.

Las candidaturas analizadas han sido aquellas que se presentaban en la provincia de Barcelona (cuartel general del que estas líneas escribe) cuyo programa tenía contenido relacionado con la vivienda, a excepción de una de ellas, simplemente por vaguería. Para evitar prejuicios directos en una primera lectura de las propuestas, las siglas de las candidaturas se han sustituido por divertidos nombres, indicándose las equivalencias reales al final del artículo.

Dación en pago

Una de las propuestas estrella, ampliamente reclamada en las luchas sociales de los últimos años, es la dación en pago, suscrita por todos los partidos a excepción de Violeta. Como muchos ya sabrán, a diferencia de lo que ocurre en otros estados, donde en muchos casos la responsabilidad de la hipoteca queda limitada a la propiedad, cuando aquí se produce una ejecución hipotecaria y el dinero obtenido en la subasta de la vivienda no es suficiente para saldar la deuda inicial, el banco puede reclamar al deshauciado el resto de lo debido, además de intereses y costas del proceso de ejecución. Además, si la subasta queda desierta, el banco se la puede adjudicar por un 60% del valor de tasación y seguir reclamando la diferencia al deudor. A pesar de que existe una cota de unos mil euros de sueldo no embargable (un 150% del salario mínimo y 30% más por cada miembro del núcleo familiar sin ingresos superiores a éste) [1] es muy cuestionable que a una persona que no puede pagar su hipoteca hoy, le apetezca pagar en el futuro por un piso en el que jamás podrá volver a vivir.

La mayoría de partidos (Alejandro, Elena, Laura, Ana) limitan esta medida a los casos “de buena fe”, lo que entendido como concepto jurídico equivale a decir que decidirían los tribunales. Lo lógico es que se establezcan criterios claros y sencillos que se incorporen a la legislación, como podrían ser que sea vivienda sea la única y habitual del deudor y los motivos de impago se hallen entre una serie de supuestos.

En gran medida, da la sensación de que lo que se busca es simplemente actuar como una especie de mediador entre las entidades bancarias y las personas deshauciadas; así, Elena propone “favorecer la dación en pago pactada equilibradamente entre deudores hipotecarios y entidades financieras”. Un caso gracioso es el del Alejandro por lo rebuscado de la redacción, como si quisiesen evitar escribir “dación en pago”:

Reformaremos la ley concursal para introducir en los procedimientos de insolvencia de las personas físicas, con las debidas garantías para evitar comportamientos abusivos, mecanismos de liberación de los deudores tras la ejecución del patrimonio embargable.

Por su parte, Dani añade a esta dación en pago el hecho de que se aplique con carácter retroactivo. Si bien tiene lógica dentro de la política enunciada, una medida de este tipo podría tener un alcance impredecible, ya que en la práctica supondría la condonación de todas las deudas ya adquiridas por este concepto, es decir, por la ejecución hipotecaria con subasta desierta o precio de adjudicación inferior al de tasación inicial, con el consiguiente desajuste repentino en las cuentas bancarias; aunque no se menciona hasta cuándo alcanzaría la retroactividad (no es lo mismo 5 años que 50) ni si sólo se aplicaría en casos “de buena fe” o en todos los casos.

Elena apuesta por suprimir las barreras en el acceso a las subastas de vivienda ejecutada, permitiendo la participación de un mayor número (y tipo, no sólo bancos) de postores, avanzando en la implantación de la subasta telemática (algo a lo que se suma Alejandro) y facilitando la financiación del posterior pago de los postores. Alejandro propone a su vez que se aumente el porcentaje del precio de tasación por el cual el banco puede adjudicarse la vivienda si la subasta queda desierta, actualmente en el 60% como apuntamos anteriormente, aunque no menciona en cuánto aumentaría.

La dación en pago está permitida por el artículo 140 de la actual Ley Hipotecaria [2] y ya han aparecido bancos que ofrecen hipotecas con esta cláusula, pero es totalmente voluntaria y la práctica totalidad de las hipotecas concedidas hasta la fecha no la suscriben. Al ser una medida que traslada el riesgo de impago del deudor al acreedor (el banco), aumenta los intereses de la hipoteca y hace muchos más duros los criterios de acceso a ésta [3]. Es decir, mucha menos gente podría acceder a la compra de vivienda. Nos podemos plantear si una medida así hubiera frenado la burbuja inmobiliaria en España, aunque en EEUU esta misma medida no consiguió evitar un descalabro de similares características ya que surgieron otros mecanismos (Credit Default Swaps, paquetes de inversión, aseguradoras, etc.) que permitieron a los bancos traspasar el riesgo crediticio a terceros agentes mientras ellos seguían concediendo hipotecas.

Alternativas al desahucio

Sea como sea, teniendo en cuenta la devaluación de la vivienda en el mercado, parece que ésta sigue teniendo mucho más valor para las personas que la habitan que para el banco, para el cual la adjudicación sólo representaría un activo más, altamente ilíquido en los tiempos que corren. Es por ello que muchas propuestas se dirigen a tratar de que la ejecución hipotecaria sea la última opción.

Así, podemos encontrar casos como el de Ana, que habla de fomentar la mediación, impedir los desahucios en casos de impago por causa de paro o enfermedad grave o favorecer la contratación de seguros de crédito que cubran este impago en determinados casos. Laura propone que este seguro lo suponga la creación de un fondo público financiado con los intereses de vuelta del dinero prestado a las entidades bancarias por medio del Fondo Ordenado de Reestructuración Bancaria (FROB) y un impuesto sobre los depósitos bancarios. La idea es conceder la liquidez necesaria al banco para que pueda reestructurar la deuda, que no es otra cosa sino reducir las cuotas y/o esperar a que la persona endeudada recupere su capacidad para hacer frente a los pagos.

De Laura es también la interesante propuesta de no permitir hacer efectivo el desahucio de las familias hasta que se haya comprometido la compra de la vivienda. De esta forma se eliminaría el supuesto de subasta desierta y adjudicación al banco al 60%, pero no acabaría con el problema de la deuda post-ejecución, ya que los precios de tasación están super-inflados respecto al precio actual de mercado.

Siguiendo en la línea de retrasar el desahucio, Elena habla de extender los plazos de ejecución hipotecaria cuando el deudor esté en paro. Dani lanza aquí el órdago y apuesta por la prohibición de desahucio en caso de insuficiencia de ingresos y primera vivienda. Violeta, de nuevo, no propone nada para hacer frente directo al problema de los desahucios.

Mercado de alquiler

La segunda propuesta estrella como respuesta a la catástrofe que ha supuesto la desmesurada expansión del crédito para la compra alegre y despreocupada de vivienda es, sin duda, el fomento del mercado de alquiler. Aquí se suma hasta Violeta, que propone orientar todas las inversiones públicas hacia la vivienda de protección pública de alquiler sin opción a compra, así como utilizar el stock de viviendas sin vender para la creación de este parque público de alquiler y estimular fiscalmente a la iniciativa privada para que “desarrolle” viviendas en régimen de alquiler.

Curiosamente, tanto Elena como Alejandro y Ana hablan también de potenciar el alquiler, pero a la vez apuestan por deducciones fiscales en la compra de vivienda, ya sea a través de IVA superreducido o exenciones en el IRPF. Una postura radicalmente opuesta la presentan Laura y Dani, que rechazan frontalmente estas deducciones y abogan por que el suelo permanezca siempre en propiedad pública.

Las exenciones fiscales las aplica también en otro sentido Ana, imponiendo un IVA superreducido del 4% a la compra de suelo y a la actividad promotora destinada a la construcción de vivienda de alquiler o en cesión de uso, además de un impuesto de sociedades especial para estas empresas y un beneficio fiscal en el Impuesto sobre Bienes Inmuebles (IBI) para pisos alquilados.

También a favor del alquiler se manifiesta Laura, que subraya la necesidad de potenciar la capitalización de un sector social, compuesto por el sector público, las cooperativas de vivienda y las fundaciones, para que implementen nuevos regímenes como el de cesión de uso ya mencionado, imponiendo un IVA superreducido de un 4% a la transmisión de vivienda a estas cooperativas. Además, en su línea de fijación en el rescate bancario, propone que se inste a las entidades financieras que reciben fondos públicos a poner al menos un 40% de su stock de viviendas en alquiler a un precio social fijado, y utilizar este criterio como requisito para conceder nuevos rescates.

Pisos y terrenos en manos de los bancos

En el fondo, se trata de buscar una salida al stock de viviendas sin vender de los bancos: o bien se intenta (con mayor o menor coacción) que pongan este stock en alquiler o bien se presentan incentivos a la compra, como hacen Elena y Alejandro. Por su parte, Dani corta por lo sano en este tema proponiendo la expropiación de viviendas del stock de los bancos que no se pongan en alquiler social o se vendan en un periodo razonable y la despenalización de la ocupación de inmuebles vacíos para destinarlos a labores socioculturales. Todo un pulso entre el derecho a una vivienda digna y el de la propiedad privada.

No obstante, hace poco podíamos leer [4, 5] que el principal problema de las entidades bancarias no era tanto el stock de viviendas vacías (que se van vendiendo poco a poco) sino los terrenos, que son casi invendibles y además están altamente sobretasados. Un problema complejo al que, aparte de apostar por su devaluación contable (a los bancos les encantará) y provisionar fondos ante estos activos tóxicos, pocas más soluciones se han propuesto.

Volviendo a los alquileres, tanto Laura como Ana comparten la propuesta de potenciar seguros que cubran los riesgos de los arrendatarios y arrendadores. Ana propone además la creación de un fondo público estatal para facilitar la financiación de los casos de impago. Estos seguros son especialmente importantes en el caso de pequeños arrendatarios que dependen de que le paguen un alquiler para poder hacer frente a sus propios gastos y por ese miedo (probablemente es un poco irracional, pero existe) a que no les paguen o les maltraten el piso tienden a preferir vender en vez de alquilar.

Dani, por su parte habla de limitar el alquiler social a un máximo del 20% del salario de los arrendadores (las colas para conseguir alquileres a este precio amenazan con llegar a Francia) y destinar ayudas al alquiler para los colectivos más desfavorecidos.

Rehabilitación de viviendas

A sabiendas de que hay mucha vivienda de segunda mano en mal estado, muchos también apuestan por la rehabilitación. En esta línea, Elena propone la creación de un programa estatal que potencie la rehabilitación (aunque no concreta en qué consistiría) y la reducción del IVA para obras destinadas a este concepto. Laura y Ana también proponen reducciones del IVA para este supuesto, hasta un 4% y un 8% respectivamente; este último caso sólo para aquellas reformas que supongan una mejora clara en la sostenibilidad energética de la vivienda. Alejandro se queda bastante más corto y simplemente apoya el fraccionamiento y aplazamiento de tasas y tributos consecuencia de este tipo de obras.

Dani pasa de la incentivación a la coacción y propone un impuesto fiscalizador y gradualmente expropiativo (si pasan tres años sin reforma, se expropia el inmueble) para viviendas que no estén en condiciones de habitabilidad y ecología determinadas. Cómo conseguirían los propietarios financiación para estas reformas no se explicita, ni se dice que se concedan ayudas públicas para estos conceptos.

Entidades de tasación

Por último, todos coinciden en la necesidad de asegurar la independencia de las entidades de tasación de viviendas, con medidas que contemplan desde la creación de una agencia pública de tasación que ostentaría el monopolio de Dani hasta la prohibición de participación en este tipo de entidades por parte de bancos y cajas de ahorros de Ana, Alejandro y Violeta. Si bien la presencia de una agencia única pública puede tener su atractivo en cuanto a que en principio no tiene ánimo de lucro y es independiente de los bancos, el corruptódromo español durante la burbuja inmobiliaria nos sugiere que esta presunción de inocencia dista mucho de la realidad. En su lugar, parece más indicado flexibilizar el mercado de tasadoras de manera que ambas partes (banco y solicitante de la hipoteca) puedan conseguir sus propios informes de tasación y negociar un acuerdo.

[1] El gobierno eleva a mil euros el límite no embargable por una hipoteca. El País, 28/06/2011.
[2] Ley Hipotecaria, texto refundido según Decreto de 8 de febrero de 1946.
[3] La gran diferencia entre dación en pago y la responsabilidad personal en el crédito hipotecario, el precio. (leer también comentarios)
[4] No son las casas: el gran problema inmobiliario de las cajas se llama suelo. La Información, 27/01/2012.
[5] Los bancos exageran: sus terrenos no valen 11.000 millones sino mucho menos. La Información, 21/12/2012.

Leyenda

  • Alejandro → PP
  • Elena → PSOE
  • Ana → CiU
  • Violeta → UPyD
  • Dani → Anticapitalistes
  • Laura → ERC

 

Democracia y capitalismo

Últimamente se viene hablando mucho de la falta de democracia real a nivel de poderes públicos, como pueden ser los gobiernos estatales, autonómicos y municipales, pero quizá se nos escape cuál es uno de los mayores agentes intrínsecamente antidemocráticos: el sistema económico capitalista.

En una empresa capitalista, el capitalista, entendido como aquel que posee la propiedad privada de los medios de producción, es el dueño y único votante, sólo limitado por la ley y los sindicatos. Como bien dice Michael Moore en su documental “Capitalism, a Love Story”, es sorprendente cómo en una sociedad donde la tradición democrática — o al menos una persona igual a un voto en elecciones al gobierno — está tan arraigada, se acepte tan tranquilamente que alguien tenga la capacidad de decisión simplemente porque pone la pasta. Bajo este sistema, los salarios de los trabajadores se consideran un gasto de la empresa a minimizar en la medida de lo posible para obtener los máximos beneficios.

Así, si yo tengo un pastizal, puedo decidir invertir en tal o cual empresa, ya sea metiendo dinero directamente o a través de la bolsa de valores, y sacar un beneficio únicamente trasladando capital de un sitio a otro. Hasta puedo pagar a una gestoría o agente para que me haga todos los papeleos y yo obtener beneficios sin mover un dedo y sin necesidad de tener ni idea de cómo funciona la bolsa. Simplemente porque poseo el capital.

Esto es así independientemente de que este capital actual lo haya obtenido a fuerza de trabajar duramente los años anteriores o simplemente porque lo he heredado o me ha tocado la lotería. En efecto, la posesión de capital por un individuo no tiene por qué ir unida al esfuerzo propio, sino que generalmente se parte de una situación de asimetría en la distribución de capital en la sociedad que se traduce en una desigualdad de oportunidades a la hora emprender proyectos, de forma que la gran mayoría de la población no puede sino convertirse en asalariada y, por lo tanto, se ve sometida al despotismo de unos pocos.

Por otra parte, no parece muy razonable pensar que, si se dota de poder de decisión a los trabajadores de una empresa, estos tiendan a tomar decisiones comunitarias encaminadas a hundirla, especialmente si este poder se combina con participación en los beneficios, cierta expectativa de relaciones a largo plazo y derechos laborales garantizados. Es más, numerosos estudios empíricos [1] parecen indicar que los efectos de la democratización interna sobre la productividad son casi siempre positivos.

Cabe destacar que cuando se habla de democracia interna o auto-organización dentro de una empresa esto no tiene que significar necesariamente que todas y cada una de las decisiones tengan que ser aprobadas por una asamblea general, sino que puede consistir simplemente en que los trabajadores puedan elegir (y revocar) a sus jefes. La clave es que el poder no venga impuesto desde fuera (p. ej., por el propietario de la empresa), sino que sean los propios trabajadores los que se auto-organicen y decidan cómo quieren que funcione la empresa.

Pero la falta de democracia del sistema capitalista no sólo es interna de cada empresa, sino externa con la sociedad. Es decir, la comunidad no tiene poder de decisión directo sobre el desarrollo de la economía de su zona para enfocarlo a sus necesidades y preferencias.

Podríamos argumentar que se tiende invertir en lo más necesario porque así obtendrán los máximos beneficios, pero esto desgraciadamente no siempre es así. A pesar del ideal teórico de los percusores del capitalismo, lo importante es vender más, y para vender más no hay que pasar necesariamente por mejorar el producto.

Uno de los ejemplos, que no es un problema intrínseco del capitalismo pero que sí se da en nuestra sociedad actual, es la publicidad y el marketing. En un mercado en el que hay asimetría de información, como puede ser el caso de productos tecnológicos de consumo, donde el comprador medio no sabe evaluar fácilmente la calidad de un componente, la forma en la que se promociona uno de estos productos puede ser determinante. Todos hemos escuchado o dicho alguna vez que la comida del McDonalds es “comida basura”, pero sin embargo sigue teniendo relativo éxito comercial. En una prueba a ciegas, mis amigos y yo no conseguimos distinguir la Coca-Cola de toda la vida de una “cola” de marca blanca, y sin embargo difícilmente encontraremos en bares “colas” de marcas distintas a Coca-Cola o Pepsi. Otro compañero mencionaba el caso de inyectar agua a la carne para conseguir que pese más y parezca un filetón más jugoso; aunque luego al cocinarlo se quede en nada, cuando uno va al supermercado se le hace la boca agua al ver el paquete y lo compra.

Otro ejemplo podría ser la apuesta de muchos inversores por la especulación en vez de por la economía productiva, ya que la especulación implica más riesgos pero los beneficios pueden ser también mucho más altos. El inversor privado no busca, en principio, fortalecer la estructura económica del país o solucionar ningún problema social, sino maximizar beneficios propios. Si plantar la empresa en otro país tiene más ventajas fiscales, allí se establecerá. Es uno de los problemas de la globalización económica, que establece una competencia entre los sistemas fiscales de los distintos Estados que tiende a estrangular a las arcas públicas. El Estado, sin un duro en la hucha, no puede subsistir sin pedir prestado a los capitalistas, perdiendo autonomía y resignándose a satisfacer las exigencias (nada democráticas) de los mercados internacionales. Este Estado, que debería orientar su economía para satisfacer a los ciudadanos, se va convirtiendo poco a poco en una empresa más, la malsonante “marca España”, que se ve obligada a satisfacer las expectativas de plusvalías de los inversores reduciendo los gastos del “personal asalariado”, lo que se traduce en recortes y más recortes en los servicios públicos.

En conclusión, el capitalismo liberal, por definición, es antidemocrático a varios niveles: tanto internamente entre los trabajadores de una misma empresa, como a la hora de responder a las necesidades sociales.

[1] After Capitalism, David Schweickart.

Una actitud revolucionaria

Cuando era más joven, la palabra revolución siempre me evocaba a un joven Fidel Castro, con la actualmente llamada “barba revolucionaria”, diciendo palabras con un acento cubano tan cerrado que no había Dios que le entendiera. La revolución tiene un tinte mucho menos pintoresco hoy día, y ha pasado a ser una parte importante de nuestra vida como ciudadanos en democracia. Ya no es necesario portar una barba y un puro habano para tener acceso a la toma de decisiones y es importante que cada individuo comprenda su papel en esta gran sinergia a la que llamamos estado.

El propósito de este artículo es dar cuenta de la responsabilidad que, como miembros de una comunidad democrática, tenemos en el rumbo que toma en cada instante nuestra sociedad. Añadir, aunque suene a discurso viejuno, los deberes a los derechos. El nuevo ciudadano, comprendiendo su responsabilidad, representa la revolución y el cambio o se doblega al conformismo, pero nunca más hace suyas la queja vacía o la crítica destructiva.

Este artículo está dividido en dos partes bien diferenciadas. En la primera intentaré distinguir entre los movimientos permanentes, mal llamados revolucionarios, que pretenden mejorar el sistema o mantener ciertos niveles ya alcanzados que peligran en ciertas condiciones políticas y las revoluciones a gran escala, de los que, cargados de ambición, buscan una reestructuración del sistema hacia algo todavía desconocido.

En la segunda parte del artículo abordaré el problema de la revolución en la democracia y cómo la responsabilidad política ciudadana, de la que en mi opinión hoy se prescinde demasiado, es el camino adecuado para abordar con éxito cualquiera de los dos frentes revolucionarios de los que hablo en la primera parte.

Los valores revolucionarios de la democracia: la información

El camino a la socialdemocracia en la que vivimos hoy ha sido largo y cansado. No es el propósito de este artículo abordar la historia de la revolución, y estoy seguro de que el lector interesado sabrá más de ello que yo. Sin embargo hay un valor clave en el camino de la revolución que proporciona por primera vez la sociedad de la que hoy somos parte. Es el valor de la información y del conocimiento. Un valor que es relativamente nuevo y que se a alcanzado paso a paso, sin la necesidad de una verdadera revolución. El libre acceso a la información es, probablemente, la principal fuente de responsabilidad ciudadana que podamos encontrar. El ciudadano es responsable de sus conocimientos porque tiene acceso a una verdad que, en términos generales, no le ha sido vetada. No hablo aquí, por supuesto, de posibles conspiraciones no demostradas o movimientos en la sombra, como el GAL, que salen a la luz después de largo tiempo. Hablo de unos conocimientos básicos sobre política, economía, historia y actualidad con los que cualquier medida populista se queda en bragas.

El control sobre este tipo de información es la piedra angular de cualquier gobierno dictatorial que pretenda alejar a sus ciudadanos de una revolución. El conocimiento y la cultura son una de las principales fuentes del pensamiento libre, que no tolera vivir en unas condiciones que sabe que están lejos de lo que el ser humano puede llegar a ofrecer. Por eso es incomprensible que en una sociedad que presta el libre acceso a la información, el ciudadano, perezoso, prefiera perpetuar su desconocimiento antes que enfrentarse a una realidad política contraria a sus ideales. Este es un acto de irresponsabilidad social con consecuencias terribles y evidentes.

Creo que hace falta, llegados a este punto, profundizar un poco más sobre esta irresponsabilidad. Oigo por doquier críticas durísimas a la prensa, a las que me uno, por distribuir información de forma sesgada. Hay que tener cuidado con que estas críticas no nos impidan ver la viga propia. Naturalmente estoy de acuerdo en que es un acto de irresponsabilidad terrible el que un medio masivo pretenda sesgar (no hablemos ya de manipular) la información que ofrece a los usuarios que deciden depositar su confianza en dicho medio. Pero no podemos olvidar que el usuario tiene el privilegio de la elección y el libre acceso a miles de fuentes de información con las que poder contrastar las cosas que lee y oye. Es impracticable consultar todas las fuentes, lo sé. Pero eso no significa que no podamos contrastar de cuando en cuando una noticia especialmente llamativa, o que leamos con criterio nuestro periódico favorito, entendiendo de qué pie cojea. Es inadmisible que medios claramente manipulados continúen manteniendo un público voluminoso.

Me gustaría ilustrar la gravedad de esta situación con un ejemplo. El periódico de pago (no deportivo) más leído en España, “El País”, tiene una tirada diaria de unos 480.000 ejemplares. La Gaceta de Intereconomía, ridiculizada por casi todos los medios masivos, acusada casi a diario de manipulaciones que rozan el absurdo, tiene una tirada de 90.000 [1]. La proporción es alarmante. Por cada cinco personas que compran un periódico con un prestigio relativamente alto a nivel nacional, hay una que decide asimilar información que difícilmente puede ignorar que está manipulada.

La responsabilidad de los medios de comunicación masivos en la desinformación ciudadana es obvia. Pero no se puede ignorar la parte que le toca al ciudadano, precisamente porque esa es la parte en la que sí que podemos influir.

Una vez informado, y una vez más, no hablo de un conocimiento absoluto, hablo de un conocimiento razonable, la sociedad se sitúa sobre unas condiciones iniciales que le impiden aceptar un régimen dictatorial, que le impiden reconocer ninguna bondad en un atraso en el progreso social, generalmente argumentado a base de mentiras y falsas nociones. Este es el principal valor revolucionario de la democracia: el conocimiento sobre la posibilidad de la revolución, y la comprensión de su justificación.

Reformismo y revolución

Cuando un ciudadano comprende que hay algo que falla en un sistema, tiene dos vías para intentar cambiarlo: el reformismo y la revolución.

Me gusta entender la evolución del bienestar social imaginando una representación gráfica de esta magnitud frente al tiempo. Si tomamos períodos lo bastante largos para hacer las medidas, podemos imaginar que hay períodos ascendentes, con ciertas fluctuaciones debidas a crisis temporales, más o menos rectos, interrumpidos por algunos puntos de inflexión en los que la pendiente de esta recta se hace mayor.

Podemos, por ejemplo, empezar a contar en la Edad Media en la que el bienestar social era mínimo. Según avanza el tiempo las condiciones de los trabajadores van aumentando, muy despacito, hasta la revolución francesa. En la revolución francesa la recta toma una nueva pendiente, y el bienestar social empieza a aumentar de forma cada vez mayor, con sus altibajos.

Me gusta representar al movimiento reformista como el que trata de forzar a la recta a seguir su camino, minimizando las bajadas correspondientes a las crisis y añadiendo poquito a poco esas migajas que a largo plazo se corresponden con avances gigantescos en la calidad de vida de la sociedad. Una revolución, por otra parte, es un gran salto al vacío, un punto de inflexión que, de salir bien, aumenta la velocidad del crecimiento social.

Hablamos también de una revolución cuando, en medio de una dictadura, el pueblo trata de recuperar su soberanía. Yo prefiero llamar recuperacionista a este movimiento. Armado con el valor del conocimiento que la democracia extinguida ha dejado en herencia al pueblo, este tiene alicientes necesarios para exigir un cambio.

El verdadero problema de los movimientos revolucionarios no recuperacionistas es precisamente la falta de ese aliciente. Por eso las crisis son hervideros de la revolución, el ciudadano trata de recuperar lo que se le ha quitado, no busca aumentar su calidad de vida hacia un lugar desconocido. En tiempos de bonanza la revolución queda en stand-by, porque la gran masa de la sociedad vive en condiciones relativamente favorables, y no considera urgente un incremento del bien estar social global.

En estos términos suele hablarse de insolidaridad. El ciudadano contento con su posición olvida a los menos favorecidos, y prefiere acomodarse en su situación en lugar de continuar luchando por la mejora de las condiciones sociales.

El reformista tiene que enfrentarse constantemente a este problema doble. En las crisis, la gran masa de ciudadanos sólo pretende recuperar lo perdido, y fuera de ellas, sólo pretende descansar y dedicarse al ocio. Son entonces las crisis esas grandes ventanas al cambio en las que se puede aprovechar el tirón del movimiento para rascar, de paso, una mejoría para aquellos que ya estaban mal antes de la crisis.

El revolucionario opera de forma ligeramente distinta. El colectivo revolucionario es un intelectual, un colectivo creativo, en la mayoría de los casos. Mi opinión es que la iniciativa del comunismo demostró su ineficacia, de dos formas distintas. La primera es su pretensión de universalidad, que forzó a los movimientos de este tipo a los régimenes autoritarios, dejando la liberad supeditada a la justicia social [2]. La segunda es su falta de eficiencia productiva, que deja económicamente atrás a la nación en cuestión frente a la eficiencia del capitalismo. Por eso creo que un movimiento que pretende instaurar un régimen comunista no es revolucionario, aunque textualmente lo sea.

La única opción para el revolucionario reside, desde mi punto de vista, en un nuevo sistema socioeconómico todavía no concebido. Una revolución es, primero, una revolución intelectual. Fue necesaria una ilustración de casi un siglo para preparar la revolución francesa. Generaciones de filósofos e intelectuales tuvieron que abrirse paso en un terreno abrupto para que el concepto de libertad fuera palpable. Estamos acostumbrados a ver en el cine al típico agricultor del siglo dieciséis que ansiaba unos derechos que probablemente no era capaz de imaginar. Tenemos que comprender que la ocurrencia no es trivial. En el feudalismo, probablemente ni siquiera los señores feudales concebían un estilo de gobierno democrático.

Por el mismo motivo, las grandes revoluciones, aunque representan un incremento mucho mayor de la calidad de vida a medio plazo, son mucho más inusuales. Mientras que la revolución francesa tardó más de un milenio en fraguarse, la dictadura de Salazar [3], la más larga de Europa, no duró más de medio siglo.

El tiempo de actuación del reformismo es inmediato, el del recuperacionismo rápido y el de la revolución eterno. Un revolucionario sin paciencia está condenado al fracaso.

Y, sin embargo, comienza a oler a revolución. Las nuevas tecnologías permiten un acceso a la información casi instantáneo y la velocidad de trabajo de los filósofos de la ilustración queda muy atrás. La carencia de censuras efectivas y la magnitud de nuestras bases de datos hacen de nuestra época un lugar propicio para la invención de un nuevo paradigma que cercene de una vez por todas las cuerdas de los lastres del capitalismo.

La responsabilidad como sentimiento revolucionario

Ya hemos hablado de las armas que la democracia actual ofrece a los ciudadanos para afrontar con la contundencia que se hace necesaria el frente reformista. La información disponible en la red hace del recuerdo histórico y el contraste de información la tarea de una tarde. La necesidad de los recortes sociales puede ser valorada con un buen grado de aproximación por cualquiera que tenga el interés de hacerlo. Pero además, la democracia nos provee de un mecanismo mucho más obvio para el reformismo: el acceso abierto a los partidos políticos y la libertad de voto de los ciudadanos permiten aplicar los conocimientos al sistema sin necesidad de arriesgar su vida o su libertad. Las condiciones son las más propicias de la historia de la humanidad.

Por primera vez, el ciudadano tiene el poder a su disposición. Hay información para comprender el sistema y mecanismos para moldearlo. Se puede alegar que muchos de los medios no son imparciales, pero si yo tengo acceso a esa información, todo el mundo la tiene. Nadie tiene por qué ser manipulado si no desea serlo.

Tengo que insistir una vez más en que las circunstancias son las más propicias. Eso no significa que sean perfectas. Si fueran perfectas, no sería necesario un frente revolucionario.

Se puede alegar que el poder de decisión ejercido sobre los procesos electorales es imperfecto, que ningún partido es capaz de representar en un buen grado de aproximación los intereses de la sociedad actual, pero cualquier ciudadano tiene derecho a fundar un partido, y los ya creados tienen sus puertas abiertas a nuevos militantes, aunque deseen cambiar las cosas. Puede incluso argumentarse que muchos partidos incumplen, incluso más allá de lo que permite la ley, sus promesas electorales. Sin embargo, este tipo de actitudes son permitidas por el electorado, que perpetua en el poder a aquellos que critica.

Es por tanto necesario mantener el frente reformista en orden de no desandar lo andado. Y en realidad, estamos desandando mucho más de lo que sería necesario. Los últimos recortes en prestaciones tan básicas como la sanidad o la educación no son, en mi opinión, razonables para nadie. Estoy seguro de que (casi) ningún padre prefiere un descenso de la calidad de la educación de sus hijos en pro de la eliminación del impuesto escalonado de sociedades. Y el número de alumnos en colegios públicos es mucho mayor que el que asisten a colegios privados.

Entonces, si tenemos las herramientas y el acceso al conocimiento, ¿por qué desandamos? Las nuevas consignas culpan a los gobiernos y a los grandes empresarios. Dicen que no nos representan, que sólo buscan su propio beneficio. Es cierto. Pero es innegable que el pueblo tiene el poder de echar abajo todo lo que desee. Las herramientas democráticas, la libertad de reunión y el libre acceso a la información hacen de la revolución, en comparación con la dictadura de Salazar, un juego de niños. Incluso, con paciencia y en última instancia, las cosas podrían cambiar en las elecciones. Sin embargo, los escaños del Partido Popular, que ha recortado en porcentajes alarmantes las prestaciones sociales fundamentales de la Comunidad de Madrid, son alarmantemente superiores a escala global que los de las anteriores elecciones autonómicas. El número de militantes de los partidos mayoritarios a los que todos criticamos no ha aumentado de forma especial durante la crisis. No estamos utilizando nuestras herramientas democráticas. Estamos eludiendo responsabilidades, señalando a los que decimos tienen el poder… pero el poder lo tenemos, en última instancia, nosotros.

Hay que retroceder un poco en el tiempo para comprender el pudor del hombre ante la responsabilidad. Suele hablarse con desprecio de los sedientos de poder, que escalan con métodos cuestionables a las esferas más oscuras de la política. A mi me gusta imaginármelos vestidos de negro, bebiendo whiskey y fumando habanos. Hay que entender que estos individuos son, cuando reales, una clara minoría. Uno de los principales problemas que veía Camus [4] a la democracia era el terror del pueblo ante la responsabilidad sobre su propio futuro. También solía decirse, hablando del existencialismo, que la carga de ser responsables de su propia existencia había aferrado al ser humano, aún más que el miedo a la muerte, a la idea de la existencia de Dios. Creo que queda mucha gente que aún no valora en su justa proporción la maravilla de la responsabilidad sobre uno mismo, la delicia de equivocarse y saberse único responsable.

Y seguimos, en ocasiones, abusando de ese no asumir la responsabilidad que nos toca, de esa crítica hacia el exterior. Despersonalizar a los políticos y realizar críticas vacías sobre sus formas de actuar es una nueva moda que es difícil rechazar. Por dos motivos. El primero es que criticar es sencillo. El segundo, que además es divertido. Despotricar de algo es una de las cosas más deliciosas que puede uno hacer si tiene un poco de elocuencia. Criticar es necesario en una sociedad democrática, pero no trabajar en ninguna otra dirección es, sin duda, nefasto. En estos días en los que nos ha tocado vivir, la responsabilidad es el verdadero sentimiento revolucionario.

El abandono de la responsabilidad

El panorama político al que nos enfrentamos hoy día tiene además otra cáscara de plátano colocada en medio del camino. La pérdida del horizonte de la responsabilidad lleva al ciudadano a un desencanto impotente, en el que acaba ignorando la realidad política casi como mecanismo de autodefensa. Es el camino hacia la trivialidad, la promulgación de consignas vacías de argumentos y la aceptación de la información manipulada, aún con el conocimiento del propio sesgo. Una actitud crítica (que no criticista) hacia esa realidad se hace cuesta arriba, llevados por una inercia que uno sólo no puede combatir, y acaba con el reformismo.

Esa inapetencia de actividad política lleva a la ruina, por adhesión, de la revolución. La desgana y la pereza ganan el pulso a la posibilidad de una actividad política de cualquier tipo y los pensadores de nuestro tiempo pasan más tiempo despotricando sobre los defectos que proponiendo soluciones. El panorama político queda desolado de ciudadanos de a pie y sólo los expertos, en muchas ocasiones aislados de la realidad que les rodea por un manto de prejuicios demasiado arraigados, siguen batallando por la solución intelectual.

Por todas estas razones, se me hace evidente que el camino a la revolución sólo es directo si trata de recordar a los ciudadanos desganados que todavía tienen el poder. El camino a la revolución es la conciencia crítica. Devolver a la fuerza al hombre de a pie el sentido de la responsabilidad que ha perdido.

No se puede llegar a la revolución sin cruzar la frontera de la desinformación, y hasta que no lleguemos allí ninguno de los dos frentes estará completamente operativo. Seguiremos dando tumbos de un lado para otro. Las manifestaciones ayudan, recuerdan a nuestros políticos que, de cuando en cuando, seguimos ahí. Pero el ciudadano inmovilizado no mejora su condición apolítica y en muchos casos se le reconfirma que no tiene el poder, que se lo han quitado.

Hay que barrer con todas esas viejas consignas que pertenecen a otros tiempos. Ahora estamos en una democracia. Ahora tenemos acceso a la información. Ya no puede haber excusas. La responsabilidad sobre tu futuro, sobre la política de tu nación, es tuya.

Referencias y notas

[1] Comparativa de periódicos de España en Wikipedia.

[2] Para profundizar un poco más en el papel del comunismo en el acoplamiento entre la libertad y la justicia social leer La Paradoja de la Nación Libre .

[3] La dictadura de Salazar comenzó con un golpe de estado en Portugal en 1926, y se prolongó hasta la Revolución de los Claveles en 1974, cuando el ejército recuperó la soberanía del pueblo en una revolución pacífica que no se cobró ninguna víctima. Portugal llegó a estar gobernada por tres diferentes primeros ministros, siendo Salazar en el ‘33 el que definió los términos de la dictadura y el que nombró al oscuro período portugués.

[4] Leer, por ejemplo, “El Hombre Rebelde”.

Que no decidan por ti

En estos últimos meses hemos asistido a una explosión sin precedentes de la actividad política en nuestras ciudades y plazas, protagonizada por ciudadanos y ciudadanas como nosotros, y en especial por los jóvenes. Una explosión de la que quizá no esté aún totalmente clara la finalidad, si realmente conseguirá un cambio real y revolucionario en nuestra trayectoria democrática o se quedará en una mera anécdota en los libros de historia. Desde mi punto de vista, pase lo que pase y aunque la llama se vaya extinguiendo poco a poco, lo que sí se ha conseguido es que mucha gente se haya despertado y se haya unido a las reivindicaciones y luchas que ya existían desde hace más o menos tiempo. Crear redes y fomentar el intercambio de opiniones e ideas, casi siempre productivo. Y si no, que levante la mano quien no haya tenido y escuchado más de una discusión sobre política a raíz de todo esto.

Hablando con amigos y conocidos de lo que está pasando me di cuenta de una realidad bastante chunga: no estamos acostumbrados a defender nuestras ideas frente a gente que tiene opiniones muy distintas o casi opuestas a las nuestras. Estamos acostumbrados a criticar lo que hacen los demás desde las sombras, a premiar o castigar con nuestro voto o simplemente poniendo verde al político de turno a la luz de una cerveza, rodeados de amigos que esperamos que nos apoyen y asientan. Leemos habitualmente determinados periódicos y blogs de información porque se ajustan a nuestro punto de vista y nos permiten reafirmarnos en nuestra opinión o enfoque ideológico, tachando de sesgados y hasta manipuladores a los que defienden posturas diferentes u opuestas. Es relativamente fácil opinar cuando sabemos que no corremos el riesgo de que nos rebatan con argumentos directos que nos obliguen a fundamentar nuestra opinión en tiempo real. A la hora de enfrentarse a una discusión, bastantes prefieren medios digitales donde uno puede escribir tranquilamente y apoyarse en el anonimato.

A lo que no estamos acostumbrados es a enfrentarnos directamente a un grupo heterogéneo de gente, cada uno con sus propias ideas y opiniones arraigadas, a coger un micrófono y tratar de convencerlos con nuestros argumentos de cuál es el mejor camino a seguir. Este “yuyu” que muchos tenemos a participar con opiniones disidentes en asambleas provoca a menudo que se potencie el crecimiento de un pensamiento unificado y carente de crítica, que es casi siempre negativo. Seguro que alguna vez habréis escuchado “se les está yendo de las manos” o “esto que se está haciendo está mal, se debería hacer así y no asá” de boca de gente que no va a las asambleas, o va y no participa activamente, que acaba largándose desencantada y no vuelve.

Es precisamente esta gente con opiniones críticas la que más necesaria es dentro de un movimiento político y social emergente y en construcción. Si ellos no participan, los que quedarán serán “los de siempre”, los que llevan mucho tiempo en la movida y las multitudes no les asustan ya, los que han estado ahí desde el principio y por lo tanto se sienten más cómodos con las decisiones en las que ellos mismos han participado.

De todo esto quisiera hacer dos lecturas. La primera, que todos tenemos que aprender a ser más receptivos con las ideas que son diferentes o contrarias a las nuestras. En ocasiones vemos como alguien se atreve a lanzar alguna propuesta controvertida como podría ser “¿por qué la gente de 15M no forma un partido político?” y de repente le empiezan a llover los abucheos y los tomates, en lugar de lloverle jugosos argumentos por los cuales aceptar (o rechazar) esa propuesta. No se puede construir un movimiento político-social realmente inclusivo tan sólo apoyado en sentimientos viscerales y consignas incendiarias sin una reflexión detrás, que lo único que consiguen es espantar a la gente que más podría aportar.

La segunda, que hay que acostumbrarse y perder el miedo a discutir, y también a perder discusiones; un miedo quizá potenciado por la educación que recibimos en las escuelas, donde lo que prima es asimilar una serie de conocimientos y procedimientos y no tanto la reflexión crítica. Como ciudadanos responsables de nuestra realidad política tenemos el deber de darle forma a nuestro futuro si no queremos que, como siempre, otros tomen las decisiones por nosotros.

Alguien le arrancó la mano a Adam Smith

Es innegable para cualquier persona que la economía global es un sujeto complejo, incontrolable e impredecible. Una mala bestia que no se puede domar. Muchas economías ultra-intervencionistas han pretendido, sin éxito, alcanzar cotas de producción comparables a las de las economías capitalistas siguiendo el camino del control del mercado. El mercado es incontrolable, porque depende de miles de variables que nadie es capaz de enumerar, y mucho menos de modelizar. El sistema capitalista representa en este sentido una magnífica jaula de Faraday, que se adapta por si misma a los movimientos de la bestia, manteniéndola confinada, eliminando la necesidad de la domesticación.

Sin embargo, no hay que caer en la trampa de defender ciertos agujeros del sistema que tragan productividad y felicidad y no ofrecen nada a cambio. En este artículo, me propongo echar un vistazo rápido sobre los mayores agujeros del capitalismo, deteniéndome principalmente en los problemas de base originados por cualquier sistema monetarista como el nuestro. El objetivo no es negar la efectividad del capitalismo, si no hacer una crítica realista de los inconvenientes que presenta, en oposición a los predicadores del capitalismo que depositan toda su confianza en una mano invisible que quizá nunca haya estado ahí.

La hipótesis liberal

El capitalismo auto-organizado se basa en la asunción de Adam Smith [1] y su mano invisible. El enunciado es sencillo: “si en un sistema capitalista dejamos que cada persona busque y trabaje en la dirección de su propio interés, se llegará en poco tiempo a una situación de equilibrio que maximice la producción y la felicidad global” [2]. Smith simbolizó este efecto con una “mano invisible” que hacía que las cosas fueran por donde tenían que ir.

Este efecto es, en realidad, mucho más lógico que una mano invisible que reparte riquezas. La idea es que, en un mercado de competencia perfecta (aunque la realidad no sea nunca perfecta, se asemeja bastante a este escenario), una multitud de empresas ofrecen lo mismo a la misma muestra de clientes. El cliente, buscando su propio interés, comprará siempre a la empresa que ofrezca una mejor relación calidad-precio. Es aquí donde comienza la competencia, todas las empresas intentarán maximizar su relación calidad-precio, porque si una lo hace de forma individual, el grueso de clientes dejará de consumir en el resto. Entonces, el consumidor encontrará en el mercado siempre la mejor oferta.

Por supuesto, para que esto funcione, el gobierno tiene que imponer una serie de normas que garanticen que la competencia sea tan ideal como sea posible (como, por ejemplo, las leyes antimonopolio). Además, para garantizar que las empresas no mejoran el precio de sus productos a base de exprimir a los empleados, el gobierno introduce ciertas medidas que imponen unos ciertos salarios mínimos y unos ciertos derechos. Además, los empleados descontentos producen peor, y los sindicatos ayudan a globalizar los problemas de pequeñas minorías de forma que las empresas no puedan exprimir a unos pocos cuyo descontento no influya demasiado en la producción.

Los agujeros evitables

Con sus salvedades, el sistema funciona más o menos así. Naturalmente los sindicatos no son perfectos, y a veces dejan de lado a algunos sectores para perseguir el bien mayor; algunas empresas explotan a sus trabajadores hasta donde permite la ley, y muchas veces se consigue que los trabajadores rechacen sus propios derechos tentándolos con mejores salarios o amenazándolos con no renovarles el contrato. Son cosas que, en teoría y poco a poco, podrían corregirse del sistema capitalista actual, con un poco de solidaridad y buena voluntad.

Hay otros agujeros del sistema, que son más complejos de tapar. Algunos son, a mi juicio, problemas que siempre han estado ahí, pero salen a relucir más que nunca en el contexto del nuevo estilo de vida de la sociedad actual. Representan el tema principal de este artículo. Otros son prácticamente irresolubles, son problemas históricos y tienen que ver con las grandes diferencias económicas que hay entre los países desarrollados y los países pobres. Exponer aquí las consecuencias sociales a nivel global del capitalismo es una empres impracticable. Baste decir que nuestro ritmo de consumo es excesivamente alto para el ritmo de producción global, y que las leyes salariales que intentan proteger a los empleados locales no son aplicables fuera de nuestro país. El nuevo modelo de globalización permite a una empresa local explotar a los trabajadores de otras naciones en las que la ley no ofrece el mismo tipo de protección (a veces, valga el círculo vicioso, para atraer inversores extranjeros). Si una empresa da el paso a la explotación extranjera, es capaz de producir de forma más barata que el resto, y la propia ley de Smith obliga al resto a desarrollar procesos similares en orden de igualar la relación calidad-precio. Por supuesto hay mucho más pero, como ya he dicho, voy a restringirme a lo local.

Los agujeros inevitables

El problema padre que quiero resaltar, es un problema de concepto de cualquier sistema monetarista. Un sistema monetarista representa todos sus recursos y servicios con una moneda común: el dinero. Es mucho más razonable trabajar con dinero que con un sistema basado en el trueque directo. Sin embargo, tiene un efecto secundario terrible: el nuevo valor ya no son los recursos y los servicios, si no el dinero. Es decir, que el sistema pasa de querer producir recursos a querer producir dinero. Y cuando hablamos de productividad ya no hablamos de producir dos kilos de carne con menos recursos, sino de producirlos con menos dinero. Ni siquiera es importante producir dos kilos de carne, es importante lograr un producto con el que se obtenga la mayor cantidad de dinero posible. En el panorama actual, podemos encontrar una cantidad brutal de empresas que obtienen beneficios trabajando sólo dinero. No producen bienes ni servicios, sólo intervienen en intercambios de capital, que les proporciona un nuevo capital.

Se puede entender que estas empresas generan servicios empresariales, pero veremos que los casos problemáticos son los que crean una necesidad a la empresa a la que ofrecen el servicio y que su existencia no mejora en modo alguno la calidad de vida de los ciudadanos.

La banca como industria no productora

En esta línea aparece la banca, que da oportunidades de préstamo a los negocios emergentes y a los consumidores sin dinero. En realidad, en la sociedad actual, no sería necesario tener un gran capital para desarrollar un negocio, si no fuera por que existe la posibilidad del préstamo. Vuelve a aplicarse la ley de Smith: si ciertos negocios pueden ofrecer un producto a un coste bajo porque cuentan con capital suficiente como para permitirse un período de pérdidas mientras la producción es baja, los que no cuenten con esa financiación no podrán competir en el mercado. De hecho, la tendencia de la sociedad europea actual va en esa dirección. En los países con economías más fuertes los pequeños comercios están extintos, e imperan las grandes superficies que pueden permitirse costos de producción menores. Estamos ante un fenómeno económicamente más eficiente: genera más dinero, con menos dinero. La pregunta es, ¿genera más recursos?

Es obvio que, sin proteccionismo gubernamental, las pequeñas empresas emergentes no pueden competir contra las grandes empresas ya establecidas. Sin embargo, la posibilidad del préstamo, que genera así mismo la necesidad del préstamo, no permite que pequeños empresarios levanten ideas nuevas sin una gran inversión por debajo. Esta es una necesidad creada: los comerciales y las licencias tienen precios elevados porque los empresarios pueden conseguir el dinero necesario para costearlos.

El mismo fenómeno sucede con la vivienda, un ejemplo mucho más palpable. En una economía ideal todos los ciudadanos contarían con una vivienda propia, y la única razón por la que esto no es así debería ser que la oferta de viviendas es más limitada que la demanda. Construir una casa no es tan caro como parece, podemos darnos cuenta de ello comparando la evolución de los precios en los últimos veinte años [3]. La burbuja inmobiliaria ha sido una burbuja con todas las de la ley, podemos ver el crecimiento exponencial de los precios desde el año 2000. Cuando el precio máximo que una familia estaba dispuesta a pagar por una vivienda razonable no subía de los 12 millones de pesetas, los precios se mantenían estables. La ampliación de créditos, y las hipotecas a personas que sencillamente no podían permitírselo ha originado un disparo en la oferta que ha propiciado la subida de los precios. A partir de aquí es sencillo ver que, según los precios subían, la vivienda se convertía en un objeto perfecto para inversores y especuladores. El ciclo se realimenta como cualquier burbuja económica [4] hasta que nos hemos dado de morros con la crisis.

Sin la presencia de la banca los precios de la vivienda no podrían ser tan altos, y se mantendrían a un nivel moderado en el que las familias podrían permitirse adquirir un pisito razonable sin grandes sacrificios. Si los precios subieran más allá de lo que una familia media pudiera permitirse, la demanda caería y por fuerza los precios.

La banca es el mejor ejemplo de una entidad que saca beneficios sin producir nada a cambio. Juegan con la moneda, trasladándola e invirtiéndola, pero no producen nada. Podemos generalizar todos los ejemplos anteriores si nos damos cuenta de lo que es verdaderamente un préstamo. Hay una cantidad limitada de recursos en el planeta, y que un banco preste a un empresario el equivalente en dinero a cinco vacas no significa que haya cinco vacas más en el mundo. Es tan sencillo como eso.

No estoy proponiendo el cierre de la banca. Como ya he dicho, creo que en un sistema capitalista la banca es necesaria, porque si no, no podrían aparecer nuevos capitalistas. Pero su existencia abre una brecha entre la productividad de recursos y la productividad monetaria, que desgraciadamente no se puede evitar. La banca es una necesidad y uno de los agujeros del capitalismo.

El sistema de préstamos ha inducido además al aumento del consumo del ciudadano medio, que ahora puede adquirir más bienes de los que puede permitirse con su salario. Hay que tener cuidado en este punto para no confundir conceptos. Un ciudadano que no tiene dinero para satisfacer las necesidades básicas no puede optar a un préstamo. Se le denegaría. Al que se le concede es al que tiene una nómina fija, y sí tiene suficiente, pero quiere más. El consumo elevado es bueno para la economía capitalista, produce más capital que se puede invertir para producir aún más capital. Sin embargo, no estamos obteniendo una producción neta mayor, porque el consumo de los sectores que sí tienen lo suficiente es también mayor. Consumir más de lo necesario lleva, en primer lugar, al despilfarro de los recursos: si una manzana se pone mala basta con tirarla a la basura, el coste real es despreciable. El consumidor se acomoda y prefiere comprar dos kilos de manzanas, aunque se puedan poner malas, que bajar dos veces a la compra. Los grandes productores siguen esta linea, e intentan aumentar sus ingresos de forma natural (por razones que veremos en seguida) aumentando la producción para satisfacer unas demandas que no hacen feliz a un mayor número de personas.

Estrategias destructoras y no-productoras que generan dinero

Las medidas que toman las empresas para mejorar la productividad también cambian con el sistema monetario. Si antes un campesino pretendía obtener la mejor cosecha posible con la menor cantidad de hectáreas posible, ahora el empresario intenta recortar el gasto y maximizar el consumo. En este contexto, y sin regresar a la explotación de los empleados ni pasar por las estrategias ilegales (que también las hay), las nuevas tecnologías permiten medidas que eran impensables en los tiempos de Adam Smith. El principal componente de estas nuevas estrategias es la publicidad y el marketing, de los que hablaré más adelante. Hay sin embargo medidas mucho más rastreras, como inyectarle agua a la carne para disminuir el precio/peso, que creo que merecen un poco de meditación: inyectar agua a la carne es una estrategia que permite, empleando un recurso (la máquina que produce la inyección), aumentar los beneficios empeorando la calidad del producto. Es decir, se emplea un recurso para empeorar el producto final, y encima se produce un beneficio. Hay más ejemplos de dilución del producto, busca y encontrarás.

Las estrategias de marketing también emplean recursos para aumentar los beneficios, pero en su mayor parte al menos no estropean el producto final. La industria de la publicidad es tan grande, que sostiene toda la televisión privada gratuita de nuestro país. Una industria que no produce nada. Ni bienes ni servicios. Ni siquiera préstamos ni inversiones. Incluso podría argumentarse que frena el desarrollo, al popularizar productos que no tienen por qué ser necesariamente los mejores, y dando más recursos a las empresas que tienen más capacidad para publicitarse, en vez de canalizarlos en las que son más capaces de ofrecer una buena relación calidad-precio.

El mercado frente al mercado de valores: la doble competencia

Dicen que la economía es la ciencia que intenta maximizar la felicidad en un mundo en el que los recursos son limitados [5]. Ya hemos visto un par de ejemplos de cómo el capitalismo puede volverse en ocasiones contra ese objetivo maestro. Está claro que uno de los mayores problemas es la pretensión de las grandes compañías de aumentar constantemente sus beneficios. Creo que bien vale pararse unos segundos a intentar entender la motivación de esta gente.

El mecanismo no es demasiado complejo, vuelve a operar la ley de Adam Smith. En esta ocasión los consumidores son los inversores, personas que han invertido un cierto capital en una empresa a cambio de unos ciertos beneficios. Todos sabemos que la mayor parte de estas inversiones se hacen en la bolsa, un gran mecanismo centralizado que actúa a todos los efectos como un mercado en el que se venden oportunidades de beneficio. Los accionistas buscan, siguiendo los parámetros de Adam Smith, su interés propio: invertirán en la empresa que mayores beneficios produzca. Cuando una gran empresa amenaza con producir un beneficio inferior al de otra empresa, los inversores se deshacen de su participación en la primera y reinvierten su dinero en la segunda. Es un mecanismo razonable. Como el mercado de valores funciona bajo la ley de la oferta y la demanda, los valores de las acciones que nadie quiere disminuyen hasta que su precio convence al número suficiente de inversores y se equilibra. El director de una empresa tiene que mantener contentos a los inversores si no quiere, literalmente, hundir su empresa.

Adam Smith interpreta en sus escritos que el efecto del fenómeno de la competencia sería que los dueños de las empresas, los capitalistas, disminuirían sus beneficios al mínimo para maximizar la calidad-precio y poder competir en los mercados. Ahora podemos entender bien donde falla este razonamiento. El propio beneficio es parte del producto de la empresa, y tiene que maximizarse para que ésta sobreviva. Los objetivos relacionados con el producto están supeditados al beneficio neto, y el directivo cuenta con armas cada vez más eficientes para aumentar los beneficios sin tener que aumentar la relación calidad/precio de su producto.

La dirección de la economía capitalista y el dualismo liberal-progresista

Los intereses del capitalismo han dejado de ser los mismos que los de las personas. Sin escuchar a mi ideología, espero del mundo una mayor productividad en los recursos. Espero que cada vez más personas puedan beneficiarse de una alimentación de la mayor calidad posible y puedan acceder al conocimiento de la forma más completa posible. Espero que el aire esté cada vez más limpio, vivir más tiempo con una calidad de vida mejor, que las ciudades sean más agradables, poder transportarme de un lugar a otro cada vez más rápido y más barato (en cuanto a recursos). La jaula del capitalismo actúa de otra forma, no tiene intereses, es amoral. A veces necesita retrasar la llegada de un medio de transporte más eficiente, o verter más residuos, o inyectar agua a la carne, para mantener a la bestia confinada.

No he empezado a citar si quiera la cantidad de problemas sociales que origina el sistema económico actual. Pero tengo que reconocer, tristemente, que es muy posible que no tengamos todavía el conocimiento necesario para domesticar a la bestia y que se comporte del modo que queremos que lo haga. Los sistemas comunistas han fracasado en la libertad de los individuos, posiblemente porque necesitaban un sistema global para funcionar, y no han demostrado ser más productivos respecto a los recursos. Las medidas gubernamentales disminuyen la productividad a cambio de asegurar que no se comentan demasiados atropellos al medio ambiente o a los ciudadanos. Son claras muestras de que el capitalismo es insuficiente, que funciona mal, que funciona en otra dirección a la que marchan los intereses de los ciudadanos.

Y creo que es en este punto en el que la política económica tiene que empezar a regir. Ya que, por el momento, sólo tenemos esta vieja jaula oxidada, tenemos que utilizarla de la forma que nos parezca más adecuada. Es claro que una política económica exitosa es la que encuentra el equilibrio entre la productividad y el bienestar social, que en muchos casos son incompatibles. Sin embargo, estamos en la era de la mesura, y lo estamos haciendo bastante bien. Hay quien defiende el comercio libre y hay quien defiende la intervención gubernamental absoluta. Me parece bien. Sólo les pido una cosa a estos políticos que hacen una cosa o la otra. No neguéis las imperfecciones del sistema capitalista. Aceptarlas es el primer camino a parchearlas. Y con el tiempo, cuando un nuevo genio escriba una nueva “riqueza de las naciones” proponiendo un sistema más efectivo, una correa para nuestra bestia, tendremos la mente un poco más abierta y quizá nos atrevamos a abrir la jaula.

Referencias y notas

[1] – Adam Smith fue un filósofo del siglo XVIII al que se conoce como el padre de la economía política. “La Riqueza de las Naciones” está considerado como el primer libro moderno de economía, en el que Adam Smith explica los principales mecanismos del mercado capitalista.
[2] – Aunque el lenguaje es un poco antiguo, el lector muy interesado puede hojear los cinco tomos del tratado original de Adam Smith, “La Riqueza de las Naciones”.
[3] – Un documento muy completo que compara la evolución de los precios de las viviendas con el IPC desde 1987. Para un vistazo más rápido, la evolución de los precios pueden verse en este gráfico.
[4] – No conozco mejor forma de comprender el funcionamiento de una burbuja económica que el ejemplo de los tulipanes holandeses. Se puede encontrar la anécdota entera y en este contexto en el artículo de Wikipedia.
[5] – Aunque mucha gente considerará esta definición curiosa, se puede encontrar de la mano de un experto en el libro (en apariencia poco serio, pero bastante instructivo) “Economía para Dummies”.

Osama bin Laden: ¿enemigo militar o sospechoso criminal?

Si por algo se caracteriza el mundo es por ser complejo, y si hay algo que eleva la complejidad del mundo varios órdenes de magnitud, ese algo es el ser humano. Cuando varios de éstos se unen para formar una sociedad, la suma de sus acciones e intereses alcanzan una complejidad astronómica. Por eso, la evolución ha tenido a bien dotarnos de una capacidad ético-moral, de la que hemos derivado nuestros sistemas de derecho actuales: necesitamos una serie de normas que guíen nuestras acciones, que establezcan qué acciones son indeseables, y cómo (y por qué y para qué) castigar a quienes las realizan. Estas son normas arbitrarias y convencionales, como atestigua la diversidad de sistemas legales existentes en el mundo, pero sin embargo parecen imprescindibles para que una sociedad tan compleja funcione de manera predecible. Hemos creado leyes para la vida dentro de un estado, leyes que gobiernan las relaciones entre los estados e incluso leyes que rigen cuando dos estados intentan destruirse mutuamente.

El problema de establecer normas concretas para un sistema tan complejo es que mediante su aplicación estricta inevitablemente caeremos en contradicciones, cometeremos injusticias, o nos encontraremos con casos excepcionales nunca antes previstos. Este es el caso ante el que nos encontramos con la muerte de Osama bin Laden a manos de las fuerzas especiales de la Armada de los EEUU y todos los antecedentes que llevaron a ella.

Normalmente, cuando se sospecha que una persona ha cometido o conspirado para cometer un crimen, la mayor dificultad con la que se encuentra el sistema judicial de un país para llevarle a juicio es conocer su paradero para su detención policial. Cuando dicha persona se encuentra en un país extranjero, lo normal es que existan tratados de extradición que permitan la entrega del individuo. Aunque no existan tratados de extradición, es prácticamente imposible que el sospechoso pueda reincidir sin salir del país que le acoge. Finalmente, los crímenes de un individuo casi nunca tienen la escala de actos de guerra.

En el caso de bin Laden, tenemos a alguien que financió el asesinato de 62 personas en Luxor(Egipto) en 1997 y en febrero de 1998 co-firmó una fatwaque declaraba que matar estadounidenses y sus aliados era “la obligación de todo musulmán”. En marzo de ese mismo año Libia emitió contra él una orden de captura internacional a la Interpolpor el asesinato de dos turistas alemanes en 1994, y en junio se le encausó en EEUUpor la muerte de cinco ciudadanos estadounidenses y dos ciudadanos indios en Arabia Saudí. Bin Laden pasó a la lista de losDiez Fugitivos Más Buscados del FBItras los atentados contra las embajadas de los EEUU en Dar es Salaam (Tanzania) y Nairobi (Kenia), en agosto de 1998, que dejaron más de doscientos fallecidos en total.

Durante este tiempo, bin Laden estuvo bajo protección del Emirato Islámico de Afganistán, comúnmente llamado el régimen Talibán. Este estado no disponía de reconocimiento internacional por parte de las Naciones Unidas, y había mostrado habitualmente su desprecio por la legalidad internacional con actos comola tortura y asesinato del antiguo presidente afgano Najibullahen 1996 en el complejo de la ONU de Kabul, o el asesinato en 1998 de dos diplomáticos iraníes.El Emirato Islámico de Afganistán rechazaba cualquier posibilidad de extraditar a bin Laden para que fuera juzgado por los países que le reclamaban.

Clinton intentó combinar las vías militar y diplomática en respuesta a los atentados de África. Lanzó operación Infinite Reachde 1998, en la que atacó con misiles de crucero campamentos afganos y, muy sonadamente, una fábrica de medicamentos en Sudán que resultó no tener nada que ver con el entramado de bin Laden. También consiguió en 1999 que se estableciese un régimen de sanciones internacionales contra los Talibán con el fin de presionar hacia la entrega de bin Laden. Sobra decir que no lo consiguió.

Por tanto, ya antes del 11S, estábamos ante una persona acusada de financiar y promover el asesinato de cientos de personas, protegido por una facción rebelde sin reconocimiento internacional, y con la posibilidad de reincidir en sus ataques.

Es aquí cuando se plantea la complicación legal y moral. Si no es posible extraditar a un supuesto asesino, que se encuentra bajo la protección de un régimen no reconocido, y con la capacidad de continuar sus ataques, ¿qué vías nos quedan? ¿Es éste un asunto judicial o militar? ¿Consideramos a los Talibán como un estado que protege a un supuesto criminal en activo? ¿Son un estado que ha declarado la guerra a los EEUU y sus aliados por medio de bin Laden? ¿O son los Talibán una simple facción rebelde dentro del Estado Islámico de Afganistán (representado por la Alianza del Norte) que sí disponía de reconocimiento internacional?

Las distintas alternativas para el asunto bin Laden parten de cual de los supuestos anteriores demos por válido. Respetar la soberanía Talibán sólo dejaba como opción la imposición de sanciones internacionales, como intentó Clinton. Considerar que la alianza entre los Talibán y bin Laden es lo suficientemente profunda permitiría argüir que el Emirato Islámico de Afganistán había atacado a los EEUU, haciendo legal una guerra defensiva. Finalmente, si negamos cualquier soberanía a los Talibán, se podría solicitar a la Alianza del Norte la autorización para realizar operaciones de inteligencia y militares en su territorio de iureque condujesen a la captura o muerte de Osama bin Laden.

Desde el plano puramente ético y legal sin duda la tercera opción me parece la más razonable, aunque no tengo ni idea si es práctico o factible localizar a un individuo y realizar operaciones militares puntuales y quirúrgicas en un país controlado prácticamente por completo por una facción hostil. Si verdaderamente no lo es, ¿estábamos dispuestos a dejar libre al supuesto autor intelectual de la muerte de centenares de personas? Si la única alternativa era la guerra abierta, parece ser lo correcto.

Sin embargo, una mañana de martes, los centenares se convirtieron en millares. Lo que antes eran ataques de guerrillas sobre objetivos blandos en el exterior de los EEUU desembocaron en un ataque de escala bélica sobre la mayor ciudad del país y la sede de sus fuerzas armadas.

Pocos días después, el Congreso de los EEUU autorizaba el uso de fuerza militar contra objetivos terroristas. Tras nuevas negativas del régimen Talibán a entregar a Osama bin Laden, comenzó la guerra de Afganistán con la operación Enduring Freedom, que EEUU alegaba tenía carácter defensivo en base a la legalidad internacional. Para ello había que considerar al régimen Talibán y a bin Laden como un frente único, y considerar los ataques del 11S un “ataque armado”, definición que hay que tomar por los pelos para considerar un Boeing 767 como un arma.

Echando la vista atrás todos sabemos que la guerra de Afganistán tuvo consecuencias desastrosas, tanto para los civiles afganos, los soldados estadounidenses, el presupuesto federal y la imagen de EEUU en el mundo. Según varias estimas, han muerto casi 20 veces más civiles afganos que civiles (de múltiples nacionalidades) en el 11S. Ahora sabemos que la guerra no hubiese valido la pena, pero cuando la única alternativa parecía ser dejar a Osama bin Laden en libertad la decisión no resultaba tan sencilla.

Hace dos semanas murió Osama bin Laden. Una persona, una figura carismática para quienes comparten sus posturas y un individuo que financió, organizó y alentó multitud de ataques intencionados contra civiles. Bin Laden dispuso de la protección y del apoyo táctico y estratégico de una facción rebelde que controlaba de facto casi todo un país, y que sigue controlando varios reductos. Uno de sus ataques tuvo una escala nunca antes alcanzada fuera de la historia militar. Bin Laden vivía a caballo entre el país cuyo régimen le protegía y un estado prácticamente fallido, Pakistán, que se encuentra bajo la constante amenaza de sufrir el mismo destino que su vecino. ¿Era bin Laden un objetivo judicial o militar? ¿El ataque sobre su residencia en Abbotabad era una operación militar, más allá de la simple naturaleza de los operativos que intervinieron?

Se ha hecho mucho eco de dos hechos: en primer lugar, que Osama bin Laden no estaba armado en el momento de su muerte; en segundo lugar, un representante anónimo del gobierno estadounidense afirmó que los SEAL no tenían orden de capturar a bin Laden con vida. Según los detalles que han trascendido de la operación (que habrá que tomar con sano escepticismo) bin Laden fue tiroteado tras huir de los soldados hacia su habitación, sin hacer ningún ademán de rendirse.

Por tanto, si vemos a bin Laden como un criminal huido al que se debe llevar ante la justicia, esta operación no tiene pies ni cabeza. No se solicitó a Pakistán la detención y extradición de bin Laden tras conocer su paradero, no se le anunció intención de arrestarlo, y se le disparó estando desarmado. En este caso hablaríamos claramente de un asesinato de estado.

Por otro lado, desde el plano militar la operación se ha llevado a cabo limpiamente. No es lo mismo “no tener orden de capturar a alguien con vida” que “tener orden de no capturarle con vida”. Raramente se realiza una acción militar con la orden específica de capturar con vida a los combatientes enemigos, lo cual no quita que la Convención de Ginebra prohíbe la ejecución de prisioneros de guerra que se hayan rendido expresamente. Sin embargo, por lo que sabemos bin Laden no se rindió y tenía a su disposición armas de fuego. En una operación militar, un combatiente que no se ha rendido y que tiene capacidad de luchar sigue siendo un objetivo válido. En estos términos, aunque capturar a bin Laden con vida seguramente era posible, hubiese sido ofrecerle un trato especial sobre el de cualquier otro combatiente militar.

¿Quiero justificar con este artículo el operativo por el cual se ha dado muerte a Osama bin Laden? No, pero tampoco puedo condenarlo. El caso de esta persona ha sido excepcional en todos sus aspectos, a caballo entre la justicia y la guerra, y el tratamiento que se debió dar a su captura depende de si se trataba del más bélico de los criminales o del más criminal de los bélicos. Sinceramente, no sé la respuesta: como criminal se le ha asesinado ilegalmente; como combatiente bélico ha muerto en combate. Si por algo se caracteriza el mundo, es por ser complejo. A veces, demasiado.